Aunque los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001 tuvieron lugar en el centro neurálgico de Estados Unidos de América, la ciudad de Nueva York y las cercanías de la capital del imperio, Washington, las consecuencias de los mismos repercutieron en todo el mundo. Los ataques perpetrados por la red islámica Al Qaeda reconfiguraron la seguridad aérea en todo el planeta, las políticas migratorias y la geopolítica en el último cuarto de siglo. El rimbombante siglo XXI había comenzado con mal pie. Quienes lo vivieron en carne propia, y todos los que lo testimoniaron por cualquier medio no lo olvidarían. Propios y extraños. Sin duda, estos actos terroristas habían roto cualquier precedente.
Sin embargo, pese a todos los malos augurios que los pesimistas adelantan —“lo que mal empieza mal acaba”—, la memoria de las 2,977 personas que perdieron la vida en los cuatro atentados (2,753 murieron en el complejo de las dos torres del World Trade Center de la Gran Manzana incluyendo 343 bomberos de NY y ciudades aledañas), más 10,000 personas —datos proporcionados por el September 11 Victim Compensation Fund y por el World Trade Center Health Program— que han fallecido en 25 años por las enfermedades producidas por la inhalación del polvo tóxico que provocaron el choque de los aviones comerciales en los edificios, obligan a desear la convivencia pacífica de los seres humanos en la Tierra. Ese martes 11 de septiembre de 2001 jamás se olvidará. No pasó inadvertido.
Aquella trágica jornada septembrina vivió dos horas y media de terror. En los atentados del 11/9 de 2001, tomaron parte cuatro aviones comerciales secuestrados por terroristas. Dos se impactaron contra las Torres Gemelas (Twin Towers) del World Trade Center (WTC); primero la norte, el Boeing 767 de American Airlines 11, conducido por dos pilotos y miembros de la tripulación, con 81 pasajeros, cinco de ellos terroristas que en pleno vuelo asesinaron a dos azafatas, una de ellas alertó del secuestro a la torre de control aéreo, y tomaron el control del vuelo. Degollaron a un pasajero y amenazaron al resto a retirarse al fondo del avión. El choque se dio a las 8.42 horas (tiempo de Nueva York).
La segunda colisión, a las 9.03 horas (TNY) contra la torre sur fue del Boing 757 de United Airlines 93, conducido por dos pilotos y cinco miembros de la tripulación, con 37 pasajeros, cuatro terroristas.
A las 9.37, el Boing 757, de American Airlines 77, se estrella contra el Pentágono, conducido por dos pilotos y cuatro miembros de la tripulación, con 58 pasajeros, cinco de ellos terroristas. Finalmente, a las 10.03 horas, el Boing 767, de United Airlines 175, cayó en un campo de Pennsylvania, conducido por dos pilotos y 7 miembros de la tripulación, con 56 pasajeros, cinco de ellos terroristas que armados con cuchillos y gases pimienta se hicieron con el control del avión 175 e irrumpieron en la cabina de mando.
Veinticinco años más tarde, en el sitio donde estaba el complejo del WTC, se construyó un nuevo complejo que incluye un memorial (dos enormes piscinas artificiales subterráneas donde están grabados los nombres de las 2,977 víctimas), un museo y el Freedom Tower, el One World Trade Center, el edificio más alto del hemisferio occidental que mide 1,776 pies (541.4 metros) en honor al año 250 de la Independencia de Estados Unidos de América, que recién se celebró en el pasado mes de julio.
Al transcurrir un cuarto de siglo, EUA recuerda el vigésimo quinto aniversario de la catástrofe con nuevos sistemas de seguridad que alteraron las reglas de uso en los aeropuertos, las fronteras y la relación entre el Estado y la privacidad de los ciudadanos, una “evolución” que el presidente Donald Trump ha profundizado en la dirección de un mayor control migratorio. Política que, en esencia, va contra los orígenes de la Unión Americana: un país de inmigrantes, cuyo símbolo más importante es la Estatua de la Libertad, regalo de Francia al pueblo estadounidense.
El ataque provocó reacciones de la administración de George Bush Jr. En lugar de calmar a una sociedad en choque y prometer que los autores del crimen —Osama Bin Laden y sus seguidores serían llevados a la justicia, algo que no se logró aunque el 2 de mayo de 2011, diez años más tarde de los atentados, el presidente Barack Obama, el primer presidente afroamericano en la historia de EUA, anunció al país que Bin Laden había sido capturado, y muerto en Pakistán, cuyo cadáver había sido lanzado en una bolsa negra en el mar Arábigo para evitar una tumba que se convirtiera centro de peregrinaciones por sus admiradores, algo que hasta la fecha ha motivado muchas suspicacias—, el presidente Bush Jr., clamó venganza condenando al pueblo de Afganistán (donde Bin Laden había encabezado la lucha de resistencia contra el ejército invasor de Rusia) a una invasión que causó en los siguientes años cientos de miles de muertos, para finalmente regresar al poder los talibanes a los que habían expulsado. En un año, desde el 11-S, los crímenes de odio contra los musulmanes se dispararon en un 1,600%.
El 26 de octubre de 2001, 45 días después de los actos terroristas que ahora cumplen 25 años de haber ocurrido, Bush firmó la Ley Patriot, que autorizó la vigilancia masiva, intervenciones telefónicas y detenciones sin cargos de cientos de hombres de origen árabe o musulmán. Las miles de imágenes filtradas en 2004 de soldados estadounidenses torturando a presos tras de la invasión de Irak, no solo escandalizaron al mundo por la revelación de las cárceles secretas de la CIA, sino que opacaron las del 11-S.
Lo sucedido el 11-S de 2001 en territorio estadounidense tuvo repercusiones profundas en el futuro de EUA. Sobre todo en el campo político, no podía ser menos. Antes que nada en siete años, el Tío Sam perdió la hegemonía de la población blanca en la Casa Blanca. Con la excusa de la “Guerra contra el terrorismo”, y con la evidencia de que EUA cometía crímenes de guerra impunemente el viejo sistema no resistió la presión y se quebró la “unidad entre los estadounidenses”, lo que dio pie a un creciente rechazo del statu quo, especialmente entre los jóvenes. Surgió a la palestra, el senador Barack Obama, cuyo rechazo a la guerra de Irak fue clave para su victoria presidencial en 2008. Y, el 2 de mayo de 2011, el primer mandatario afroamericano en la historia de EUA, anunció a sus gobernados que el terrorista Bin Laden había caído en manos de las fuerzas especiales de EUA: lo ejecutaron y dentro de un saco mortuorio se le lanzó a las aguas del Mar Arábigo, para evitar peregrinaciones a la tumba del cerebro que dirigió los ataques terroristas del 11-S. Claro que esta decisión ha suscitado muchas conjeturas que con motivo del 25 aniversario han vuelto a circular.
Así como los actos terroristas islámicos de hace 25 años abrieron la posibilidad de que llegara a la Presidencia de EUA un negro, las secuelas del derrumbe de las torres gemelas del WTC y el ataque al Pentágono —centro del poder militar estadounidense—, también sirvieron para que el outsider y magnate neoyorquino, Donald John Trump capitalizara los resultados del crack de 2008, el cansancio popular de la guerra de Irak para hacer lo propio, dispuesto a devolver al “patriotismo blanco el poder y la gloria”, reavivando la islamofobia y agregando un “nuevo enemigo”: los inmigrantes, haciendo a un lado su propio origen y a las clases sociales más desprotegidas. Copia un lema de Ronald Reagan y populariza su versión: Make America Great Again (MAGA: Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande).
Desde su primer mandato (2017-2021), y su retorno a la Casa Blanca, en 2025, Trump ha sido polémico, por decir lo menos. El regreso, en 2025, es una deriva autoritaria sin que nadie le ponga freno, polarizando, como nunca, a la aletargada sociedad estadounidense. Una de las consecuencias de su gobierno de extrema derecha (que en ocasiones llega al absurdo), ha sido el despertar de la reacción opuesta, facilitando el triunfo del primer musulmán, de izquierda, como alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Socialista y además musulmán. Casi, casi, sal en la herida de la comunidad neoyorquina, la ciudad de origen de Donald Trump. En suma: veinticinco años más tarde, dos guerras fallidas, un viraje autoritario y miles de vidas después, Nueva York ha completado un ciclo histórico imprevisto.
Suman docenas los libros que se han escrito con motivo de las presidencias de Donald Trump. Uno de los más recientes es Regime Change. Inside the Imperial Presidency of Donald Trump, escrito al alimón por dos avezados reporteros de The New York Times: Maggie Habermann y Jonathan Swan, y publicado por la famosa editorial Simon & Schuster. En una de las entrevistas incluidas en el libro, el magnate dice a los entrevistadores: “Then I have an Article 2, where I have the right to do whatever I want as President. But I don ´t even talk about that”. No necesita traducción.
Un cuarto de siglo ha transcurrido y la herida sigue abierta. La ciudad de Nueva York no olvida, como tampoco se olvida en el resto del país y el mundo. La tradicional ceremonia civil —donde se ha impedido que los gobernantes hagan de las suyas aprovechando la tragedia razón por la cual más de uno ha hecho mutis—, en la Zona Cero, contó con la presencia de varios de los supervivientes y de las familias de las víctimas. En esta ocasión, hicieron acto de presencia todos los expresidentes de EUA, George W. Bush, Bill Clinton, Barack Obama y Joe Biden, acompañados de sus respectivas esposas, solo Donald Trump y consorte decidieron acudir a su propio acto en el Pentágono, en Virginia, desde donde justificó su decisión de lanzar la guerra contra Irán, y pidió que los “siguientes 25 años nos muestren el poder aun mayor del espíritu estadounidense de prevalecer y ganar”. Como se dice popularmente “el negrito en el arroz siempre se encuentra”.
En representación del presidente Trump acudió el vicepresidente J.D. Vance. La verdad nadie lamentó la ausencia del magnate, quien, por cierto, el 11-S de 2026, pocas horas después del derrumbe de las Torres Gemelas, en una entrevista con una televisora local comentó que su edificio en el número 40 de Wall Street era, ahora, el más alto de la zona sur de Manhattan. Trump es Trump, antes y ahora.
En día tan memorable los sentimientos están a flor de piel. El propósito era evitar tintes políticos pero, desde días antes, una petición para que el nuevo alcalde neoyorquino, de origen musulmán, Zohran Mamdani no acudiera reunió miles de firmas. Uno de los impulsores de la petición, el ex alcalde Rudolph Giuliani, que en su encargo le tocó la contingencia, pidió públicamente que no asistiera “por respeto a las familias de las víctimas”. El joven Zohran no cedió. Mal hubiera hecho si se ausentara. Asistió. Se encontró frente a frente con un trastabillante Giuliani que solo atinó a decir “que era muy difícil gobernar y que oraba por él”. Se estrecharon las manos y fin de la historia.
Como colofón de este reportaje, cito algunas líneas del excelente artículo de Edwin Heathcote “Manhattan conquista el cielo”: “La ciudad —escribió Elwyn Brooks White, el ensayista estadounidense ya fallecido—, por primera vez en su larga historia, es destructible”. En este pasaje inquietantemente profético de Here is New York (1948), continuaba: “Una sola formación de aviones, no más grande que una bandada de gansos en vuelo, puede acabar rápidamente con esta fantasía insular: incendiar las torres, derribar los puentes, convertir los pasajes subterráneos en cámaras mortales y reducir a cenizas a millones de personas. La noción de mortalidad forma ya parte de Nueva York: en el ruido de los aviones que sobrevuelan la ciudad y en los titulares de la última edición”.
“En esos días, Nueva York era una ciudad vertical de optimismo arquitectónico, de fe en la tecnología (estructuras de acero, ascensores, aire acondicionado) y en su capacidad para definirse a través de la construcción”…”El Empire State Building se diseñó con una estación de atraque para dirigibles en su cúspide…Convertido en un edificio emblemático tan pronto como terminó su construcción en 1931, el Empire State desempeñó un papel protagonista en la película King Kong (1933), en la que el gran simio era trasladado a la jungla de asfalto para escalar a este nuevo símbolo”.
“El crítico arquitecto Michael Sorkin escribió en 1988: ‘El rascacielos neoyorquino surge en la intersección de la codicia y la cuadrícula urbana…la genialidad de Nueva York como ciudad de rascacielos no reside en ninguno de sus monumentos, sino en su conjunto’”. Tenía razón. Aunque sus rascacielos se vuelven cada vez más genéricos y sus torres residenciales ilustran gráficamente una desigualdad extrema y aunque otras ciudades del mundo levantaran más torres para parecerse a Manhattan, la ciudad permanece unida, sentimental y congénitamente, a su propicia imagen: la de una urbe que siempre aspira a alcanzar el cielo”. VALE.
