Mary Carmen Sánchez Ambriz

Atendiendo a una definición dada por Emmanuel Carballo, María Luisa Bombal (Viña del Mar 1910-1980) es una narradora rara, inclasificable. Para Carballo pertenecen a esta estirpe los escritores que, sin importar el género que practiquen, al publicar un primer libro ofrecen una obra madura, irrumpen en la escena literaria al inaugurar y consolidar su creación con voz propia. Dos novelas breves bastaron para que Bombal se consagrara entre los valores más sobresalientes de la narrativa latinoamericana del siglo XX: La última niebla (l935) y La amortajada (l938). Sus novelas fueron significativas principalmente por un par de razones: primero, porque aparecieron en un momento en que el criollismo enfrentaba una evidente decadencia; y segundo, porque el “estilo poético”, al que se refirió la crítica en esos años, no era, en el fondo, producto de repentinas innovaciones sino de un vínculo naciente que venía a relacionar estos dos libros con una forma de novelar ya probada en la literatura.

En La última niebla se esfuma la modesta epopeya del paisajismo criollista. El campo del sur de Chile deja de ser un marco rígido hecho a la medida de anécdotas regionales y pasa a ser, como en la nouvelle de Bombal, una zona sin fronteras o, concretamente, un pueblo, una plaza, un dormitorio, envuelto en su totalidad en la niebla. Dos seres se acercan, se unen, se separan, comprueban que también los límites sociales impuestos desaparecen como esas fronteras neblinosas y, con ellas, los convencionalismos y prejuicios. Hay en esta novela una nítida correspondencia de fondo y forma: espacios de una realidad proyectada en los planos del inconsciente, ambientes de cosas imprecisas, secretos y misterios que nacen de la rutina común, signos de una pasión sin desenlace. La novela se basa en la posibilidad de una posesión, en la incertidumbre de lo que pudo haber ocurrido o fue un sueño.
Es poco probable que María Luisa Bombal se formara exclusivamente en la tradición de la novela poética chilena. Más seguro es que durante los años que vivió en Europa se impregnara de la narrativa de Próspero Mérimée; que durante su estancia en Estados Unidos  penetrara en la escritura de Sherwood Anderson; o que se consagrara a la vez como eterna discípula de Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. En la biografía escrita por Agatha Gligo, la propia María Luisa reconoce su apego a estos autores. Habría que añadir, como refiere Lucía Guerra en el prólogo de las Obras completas de Bombal, que las páginas de Christian Andersen (infancia), Selma Lagerlöf (adolescencia) y Knut Hamsun (madurez), en las distintas etapas de la vida, tuvieran resonancias en su escritura.

Senderos que se acompañan

Juan Rulfo, al igual que María Luisa Bombal, es autor de una obra corta, pero sobresaliente en lo que se refiere a profundidad. Su temática aborda, en apariencia, el realismo naturalista, y a la vez consigue mostrar una atmósfera mágica, onírica, sombría. Esto lo relaciona de manera directa con la obra de Bombal. Entre el mexicano y la chilena prevalecen múltiples afinidades textuales, se profundiza en el yo individual, en espacios existenciales del ser humano: se enfatiza, por ejemplo, en el tema de la soledad y la muerte. Ambos narradores son fieles ejecutores del monólogo interior (creado por Edouard Dujardain), de la simbiosis entre fantasía y realidad (heredada del expresionismo), del juego verbal hecho metáfora pura (adoptada del futurismo) y seguidores de narradores como Joyce, Faulkner, Kafka, Woolf y Hamsun.

Los caminos de la prosa de María Luisa Bombal conducen a la narrativa de Juan Rulfo y viceversa. José Bianco, en Ficción y reflexión, reconoce algo que literariamente estaba implícito, pero que nadie había puesto por escrito: la influencia de Bombal en Rulfo: “…conversando con un escritor mexicano de gran talento, menor que María Luisa, menor que yo, y autor de una obra tan breve como admirable, me dijo, creo recordar, que La amortajada era un libro que lo había impresionado mucho en su juventud. Ese escritor es Juan Rulfo. Quizás en Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, podríamos discernir alguna influencia de La amortajada”.1

En la época en que Rulfo escribió Pedro Páramo, era su vecino Emmanuel Carballo y vivían ambos en un edificio de la colonia Cuauhtémoc; además, eran compañeros en el Centro Mexicano de Escritores. Carballo cuenta: “…estaba corrigiendo para el Fondo de Cultura Económica ese famoso breviario de Historia de la literatura hispanoamericana, de Enrique Anderson Imbert, y cuando llegué a donde hablaba de la escritora chilena María Luisa Bombal, autora de una novela que se llama La amortajada, bajé corriendo al departamento de Rulfo y le dije: Mira, Juan, lo que acabo de encontrar: lo que tú estás haciendo es lo que hizo María Luisa Bombal”.2

En cierta ocasión Gabriela Mistral, alojada en casa de Victoria Ocampo, conoció a María Luisa Bombal. Tiempo después la poeta escribe: “No abunda —apenas asoma— la sutileza en cuanto hicimos o hacemos ahora. Por eso Darío, Herrera  y Reissig o Jorge Luis Borges o María Luisa Bombal nos hicieron y nos hacen mucho bien al auxiliarnos en la penuria de esta gracia y al afilarnos el hacha medio roma de la criollidad”. Quizás el único lazo común que une a ambas autoras es la conciencia de la soledad, en ellas siempre está latente un vacío que se intenta cubrir de diversas formas: en Gabriela Mistral es el rostro de la madre frustrada y en María Luisa Bombal es el de la mujer abandonada por el hombre que más amó. Mistral entabla un diálogo personalizado con Dios, del que reniega y riñe frecuentemente, mientras que Bombal se propone debatir algunos dogmas de la fe católica; para ambas sus obsesiones se traducen en gritos soterrados que, constantemente, intentan liberarse de las ataduras que la sociedad ha impuesto.

La empatía de Elena Garro con María Luisa Bombal reside en dos aspectos, específicamente. Por un lado encontramos las voces de los personajes después de la muerte, como puede leerse en Un hogar sólido, de Elena Garro y en La amortajada en el caso de Bombal. Lo que en Garro se convierte en un interesante y curioso diálogo de ultratumba, en Bombal es un monólogo de corte intimista.  Por otra parte, el cuento más antologado de Bombal es “El árbol”, título que comparte con Elena Garro (autora que también tiene una obra de teatro con ese nombre). Tanto la narradora chilena como la mexicana han optado por ver al árbol como un nicho donde la mujer deposita su conciencia: una especie de confesionario que resguarda felicidad y pena, esperanza y llanto.

La vida y la obra de María Luisa Bombal mantienen una estrecha relación. En un esbozo autobiográfico que incluye Lucía Guerra en el tomo de Obras completas, la escritora confiesa una relación entre ella y uno de sus personajes. Ya había escrito Bombal “El árbol” cuando un día entró por primera vez a la casa de su amiga Nina Anguita y se maravilló al ver un gomero que era como el que ella había descrito: “Había sido la imaginación la que se había adelantado a la realidad… Por eso le dediqué el cuento a Nina… ¿Te das cuenta lo que es la imaginación? Después a mi hija le puse Brígite, por Brígida en el cuento. A mí antes me gustaba mucho la música clásica, con mi marido en Estados Unidos pasábamos horas escuchando música clásica y ahora no la puedo oír, porque me pone demasiado triste…”.

El 8 de junio de l9l0 nació María Luisa Bombal. Ella confiesa que “aun cuando con los ojos vendados me pasearan por el mundo entero tratando de perderme por sus caminos, con los ojos vendados me bastaría respirar todo, tan sólo una vez, para saber que me encuentro en Viña del Mar”.3

1 José Bianco, Ficción y reflexión. FCE, México, l988. p. 241.
2 Guillermo Cuevas: “Rulfo, uno de mis descubrimientos”. (Entrevista con Emmanuel Carballo) Punto y Aparte 352, Jalapa, Veracruz.
3 Ágata Gligo, María Luisa Bombal. Andrés Bello,  Santiago de Chile, l985.