Diez años de verificación periodística arrojan un balance que trasciende la anécdota partidista y se instala como estudio de caso sobre la erosión de la verdad pública. Daniel Dale, reportero de CNN, documentó en un artículo publicado este 27 de septiembre que comenzó a verificar las declaraciones de Donald Trump en 2016, cuando trabajaba para el Toronto Star, convencido de que sería un pequeño proyecto paralelo sobre un candidato improbable. Como mucha gente, pensó que Trump perdería las elecciones de 2016. Se equivocó.

Una mentira que se volvió sistema

El hallazgo más perturbador no es cuantitativo, aunque las cifras impresionan: hacia 2020, Dale había registrado más de 8,500 declaraciones falsas desde septiembre de 2016, al punto de verse obligado a abandonar el proyecto de verificar cada declaración por resultar física y profesionalmente insostenible. Lo relevante es la función política de la mentira: el reportero identifica un patrón según el cual mientras mayor es la crisis, mayor es el volumen de falsedades que el mandatario despliega, utilizando el discurso no como error circunstancial sino como herramienta deliberada de gestión del daño reputacional.

Esta hipótesis coloca a la mentira en un lugar distinto al que ocupa tradicionalmente en el análisis político. No se trata de un déficit de honestidad coyuntural, sino de una estrategia de comunicación que reemplaza la rendición de cuentas por la saturación narrativa. El propio Dale sostiene que Trump no es solo proveedor de información falsa, sino también consumidor de ella, lo que sugiere un fenómeno más complejo que el cálculo cínico: la posibilidad de que el emisor termine atrapado en su propia construcción retórica.

El terreno donde la mentira pierde eficacia

El informe distingue con precisión un matiz que merece atención analítica: no todas las falsedades tienen el mismo costo político. Dale argumenta que la mentira sobre precios y el costo de la vida constituye la categoría más dañina para el propio Trump, porque a diferencia de otros temas que exigen conocimiento previo para ser refutados, la economía cotidiana se verifica con la experiencia directa del ciudadano en el supermercado o la gasolinera. Cuando miente sobre precios, incluso sus seguidores más leales lo desmienten pasivamente con sus propios ojos cada día, señala el reportero.

Este contraste expone una fricción central del fenómeno: la desinformación funciona con eficacia asimétrica según el grado de verificabilidad empírica del tema. Sobre migración, criminalidad o política exterior, la ambigüedad de las fuentes permite sostener relatos alternativos; sobre el precio del huevo, no existe relato que resista la experiencia diaria.

La responsabilidad compartida de los medios

El artículo introduce una autocrítica poco frecuente en el gremio periodístico: Dale reconoce que el periodismo convencional no ha sabido gestionar adecuadamente la magnitud del fenómeno, atrapado entre la obligación de informar sobre el poder y el riesgo de normalizar, mediante la repetición neutral, un patrón de mentira sin precedentes. La tensión no es menor: verificar exhaustivamente puede terminar amplificando el mensaje original, mientras que omitir puede leerse como complicidad.

Dale cierra su balance con una conclusión que evita el sensacionalismo pero no la contundencia: las mentiras causan daño real, ejemplificado en episodios como el asalto al Capitolio o las muertes vinculadas a desinformación durante la pandemia. Las mentiras han deteriorado innumerables debates públicos sobre asuntos de política crítica, y la propia democracia estadounidense resulta más pobre por ello.

Una lección con alcance hemisférico

Para audiencias fuera de Estados Unidos, el caso Trump funciona como espejo de un problema estructural: la posverdad no depende de un individuo, sino de condiciones institucionales —fragmentación mediática, polarización, desconfianza en árbitros neutrales— que cualquier democracia, incluida la mexicana, puede replicar bajo otros nombres y otros liderazgos.

¿Qué ocurre con una democracia cuando la verificación fáctica deja de tener capacidad de sanción política sobre quien miente sistemáticamente?