Mientras gran parte del mundo endurece su juicio sobre las plataformas digitales, México mantiene una de las posturas más indulgentes. La encuesta de Actitudes Globales de Pew Research Center, levantada entre febrero y mayo de 2026 y publicada el 1 de octubre, indica que 69% de los mexicanos considera que las redes sociales han sido más bien benéficas para la democracia, mientras 26% opina lo contrario. La mediana de las 37 naciones estudiadas es de 55% y 35%. El veredicto mexicano es, por tanto, más favorable que el promedio planetario.

Un aval que se erosiona

El respaldo ya no es el de antes. En 2023, 77% de los mexicanos aprobaba el efecto de las redes sobre la democracia y 20% lo rechazaba. En tres años, la valoración positiva perdió ocho puntos y la negativa ganó seis. México no figura entre los doce países con mayor variación, que encabezan Alemania, Japón y Hungría. Aun así, el rumbo coincide con una tendencia mundial: en 16 de los 26 países con datos comparables creció la proporción que ve daño. Los Países Bajos pasaron de 54% a 70% de opinión negativa en cuatro años, y superaron incluso a Estados Unidos, estancado en 64%.

El ciudadano que se contradice

El hallazgo más revelador está en los detalles. Los mexicanos reconocen a la vez beneficios y perjuicios. Un 81% cree que internet y las redes los han vuelto más informados, cuatro puntos por encima de la mediana global. Pero 75% afirma que facilitan la manipulación con rumores e información falsa, y 64% que dividen políticamente a la gente.

La contradicción es incómoda. ¿Cómo puede una sociedad sentirse mejor informada y más manipulable al mismo tiempo? Una explicación plausible es que “informado” se entiende como acceso, mientras que “manipulado” alude a la calidad de lo que se recibe. Esa distinción, sin embargo, rara vez aparece en el debate público.

También llama la atención la promesa de empoderamiento. Solo 57% cree que las redes dan más voz política a la gente, tres puntos menos que la mediana, y uno de cada cuatro (25%) sostiene que no han tenido efecto alguno. La plaza digital se percibe como un espacio para enterarse, no necesariamente para incidir.

Uso intenso, juicio benévolo

La indulgencia mexicana puede leerse de dos maneras. La optimista sostiene que, donde muchos se sienten sin interlocución con las instituciones, la plataforma funciona como micrófono. La crítica advierte que la aprobación podría reflejar más dependencia que confianza.

Los datos de uso dan argumentos a la segunda. Facebook alcanza 81% de los adultos, frente a 75% en 2023. TikTok pasó de 41% a 62%, un salto de 21 puntos, y Instagram de 42% a 50%. Casi la mitad (48%) usa tres o más de las cinco plataformas consultadas, y solo 16% ninguna. El informe señala que quienes usan más plataformas suelen valorarlas mejor, por lo que quien habita el entorno digital tiene menos incentivos para condenarlo.

Hay otro detalle significativo. X, la plaza predilecta de políticos y periodistas, retrocedió de 30% a 24% en México. El debate público de las élites se desarrolla, así, en el espacio que menos mexicanos frecuentan, mientras la ciudadanía migra hacia plataformas de video y entretenimiento, donde la política llega mezclada con todo lo demás.

La brecha generacional

La edad pesa. Entre los mexicanos de 18 a 34 años, 74% califica de buena la influencia de las redes en la democracia, y entre los de 35 a 49, 72%. Entre los de 50 años o más baja a 59%, una diferencia de 15 puntos. Pew añade que los jóvenes perciben a la vez más beneficios y más daños, es decir, no son ingenuos, sino que conviven con ambos.

Los límites de la lectura

Conviene la cautela. La encuesta mide percepciones, no efectos comprobados. Pew advierte que los mayores, las personas con menos estudios y quienes no usan redes tienden a opinar menos, de modo que el silencio también forma parte del dato. Además, México aparece por debajo de lo que su ingreso per cápita haría esperar en la opinión negativa, lo que sugiere que la relación entre riqueza y crítica no es destino.

La pregunta de fondo queda abierta. Una sociedad que reconoce ser manipulable, pero absuelve a la herramienta, enfrenta el riesgo de que la crítica llegue tarde. Con las elecciones intermedias de 2027 en el horizonte, el desafío no es decidir si las redes son buenas o malas, sino quién gana cuando la mayoría admite que el engaño es fácil y aun así sigue conectada.