La noche electoral brasileña desmintió dos certezas del consenso demoscópico: que Lula llegaba como favorito y que el bolsonarismo estaba a la defensiva. Con 99.52% escrutado, Flávio Bolsonaro suma 47.13% frente a 45.04% del presidente, y ninguno alcanzó la mayoría absoluta, por lo que el balotaje se celebrará el 25 de octubre.
El oráculo vuelve a fallar
De catorce sondeos, diez daban ganador a Lula, según el conteo que circula entre analistas. La última medición de Datafolha le atribuía 45% de los votos válidos frente a 40% de Flávio. Entre pronóstico y resultado hay un desfase cercano a siete puntos en el margen, con la salvedad de que las bases de cálculo no son idénticas.
Lo grave no es el error, sino su reincidencia. En 2022 las encuestas más conocidas subestimaron a Bolsonaro en la primera vuelta, y en 2018 ya habían quedado por debajo de su votación real. Tres elecciones, el mismo sesgo y en la misma dirección. Eso sugiere un problema estructural, probablemente la reticencia de cierto votante a declararse bolsonarista, y no un tropiezo aislado. Sin embargo, la conversación pública sigue narrándose desde los sondeos, como si la lección no hubiera llegado.
El voto que no se vio
El avance no se limitó a la presidencia. De los al menos 13 gobernadores definidos en primera vuelta, 11 pertenecen a partidos de derecha o centroderecha, cinco al Partido Liberal. En el Senado, el PL conquistó al menos 16 de las 54 bancas en disputa. En la Cámara, Nikolas Ferreira y Lucas Pavanato rompieron el récord de votos para un diputado federal, y Michelle Bolsonaro y Bia Kicis ganaron los dos escaños del Distrito Federal. Sergio Moro, el juez de la causa que llevó a Lula a prisión, ganó la gobernación de Paraná por el PL con más de la mitad de los votos.
Conviene precisión. Las cifras sobre el Congreso son provisionales y el escrutinio no ha terminado, de modo que hablar de mayoría en ambas cámaras es anticiparse. Tampoco todo el mapa es del PL: Tarcísio de Freitas, de Republicanos, fue reelegido en São Paulo con 62.85%, un resultado que habla de una derecha plural, con ambiciones propias, más que de una maquinaria unificada. La cohesión de ese bloque se pondrá a prueba el día en que haya que repartir el poder.
¿Retrocede la izquierda?
La lectura regional es tentadora y parcialmente cierta. Argentina, Chile, Bolivia y Honduras han girado hacia la derecha en los últimos años, y Brasil podría sumarse. Pero la tesis del retroceso lineal tiene fisuras. La primera es que la derecha también gobierna y se desgasta, y el castigo al oficialismo parece operar con independencia del signo ideológico. La segunda es que México contradice el patrón: aquí la izquierda es hegemónica, lo que obliga a explicar por qué, en lugar de proclamar una ola uniforme.
Hay además un factor poco ideológico. Lula, de 80 años, busca un cuarto mandato. Parte de su desgaste puede responder a la falta de renovación del Partido de los Trabajadores y no solo a un cambio de ánimo ideológico. Distinguir entre ambas causas no es un matiz académico, porque de ello depende qué lección extraerán las izquierdas de la región.
Una segunda vuelta abierta
Terminar segundo no equivale a perder. En 2022 Lula encabezó la primera vuelta y ganó el balotaje por margen mínimo, y esta vez la ventaja de Flávio se achicó de diez a poco más de dos puntos conforme se contaron los estados del noreste, bastión petista. Además, los candidatos que siguen en la lista, Cury, Santos y Caiado, no superan 3% cada uno, así que la elección se decidirá entre abstencionistas, votos en blanco y electores sin alineación firme.
La pregunta incómoda es para el periodismo y para las casas encuestadoras: si los sondeos ya no logran captar al electorado, ¿qué instrumento queda para orientar la conversación pública? Con las elecciones intermedias de 2027 a la vista, México debería tomar nota.
