Con un discurso irrelevante para la comunidad de naciones, el canciller de México, Roberto Velasco Álvarez, con maestría en políticas públicas por la Universidad de Chicago, se presentó ante la Asamblea General de la ONU el pasado 25 de septiembre.

Hay que admitir que tiene dotes de buen orador, aunque no le sirvieron para atrapar la atención de un público mayoritariamente ausente en la sala plenaria. Se valió de puros lugares comunes, sin metas ni sustancia. De nueva cuenta afloraron los empalagosos principios constitucionales en contra del intervencionismo, la autodeterminación, la negociación, la paz, la igualdad, etcétera.

Velasco defendió la soberanía, la prosperidad y la independencia en consonancia con el estribillo patriotero que Claudia Sheinbaum heredó de su mentor macuspano y que repite ad nauseam en cada arenga populista.

Es irrefutable que Sheinbaum propicia el desgobierno y la desintegración cuando entrega el país a los cárteles del narcotráfico y cuando encubre a los apátridas, asesinos y saqueadores. Eso sí equivale a una entrega de la facultad soberana.

Muchos nos preguntamos por qué la presidenta no se atreve a asumir la estatura que le corresponde a una verdadera jefa de Estado. Con el desmesurado poder que ostenta, estaría en condiciones para depurar al país y su movimiento político de las inmundicias que le heredó su antecesor; pero no lo hace, no se atreve, no da ese paso. Ella prefiere imponer leyes para acallar las críticas, a proceder contra quienes ensombrecen su administración.

La presidenta no ha tenido agallas para recuperar la gobernanza. Protege a presumibles hampones como Rocha Moya y el inefable Andy López Beltrán, en lugar de investigarlos. Prefiere colocar al país en zona de riesgo ante los señalamientos de Donald Trump, que aplicar el orden legal.

Sheinbaum cree que para defender la soberanía hay que amansar a la gente con dinero, dinero que obtiene a través de la contratación de deuda pública. Para pagar esa deuda, que ya es descomunal, cada mexicano tendría que aportar ahora mismo 148 mil 489 pesos, según estimaciones de la SHCP.

Décadas atrás, la voz del presidente mexicano era un referente en la ONU. Echeverría pretendió la creación de un nuevo orden económico internacional, López Portillo llamó a convertir el petróleo en patrimonio de la humanidad, Salinas proclamó a la globalización como un imperativo del liberalismo social y Calderón se pronunció a favor de combatir el terrorismo bajo cualquier faceta.

Nuestra presidenta, no obstante, ha preferido no asistir a la Asamblea General porque los foros internacionales la empequeñecen, la hacen sentirse ratona en medio de elefantes. Lo suyo es concentrar acarreados en el Zócalo a costa de insolarlos y obligarlos a escuchar sus peroratas; allí sí se siente dueña de la situación, no en el mundo de los estadistas. Ha preferido mandar a su pequeño Canciller a tragarse las palabras de Trump acerca de México, al que considera “el epicentro de la violencia de los cárteles”.

Roberto Velasco –famoso por su degustación de cacahuates– dijo que México atravesaba por una profunda transformación (así le llaman a la destrucción inmisericorde de la democracia y libertades), y que la política exterior (así le llaman a la supervivencia en el medio internacional) era fiel reflejo de esa transformación.

Enunció como objetivos del gobierno mexicano: generar bienestar, fortalecer la competitividad, desarrollar capacidades propias y decidir sobre el propio destino del país. Fue ovacionado. Las delegaciones presentes (la mexicana, aunque posiblemente también las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela), le habrán aplaudido hasta el delirio.

Solo que para generar bienestar y fortalecer la competitividad se necesita educación, un clima de libertades y prospectiva económica. Nuestro Canciller no podría presumir que México es competitivo al ocupar el penúltimo lugar de 38 países de la OCDE a los que se les aplicó la prueba PISA, la que mide los índices educativos a nivel mundial. Ocupamos el lugar 112 de 179 países en el índice de Human Freedom de respeto a los derechos humanos; nuestro rendimiento fiscal es bajo de acuerdo con la calificadora Moody’s, y además, despuntamos como uno de los países más inseguros del mundo.

¿Cómo explicarle al conjunto de naciones que pretendemos decidir sobre nuestro propio destino, si se elimina al órgano que garantiza transparencia en el acceso a la información? ¿Cómo explicar que desarrollamos capacidades propias cuando se entrega el sistema judicial a un conjunto de jueces ineptos, o cuando el crimen organizado quita y pone gobernantes, o cuando las autoridades electorales imponen obstáculos a la oferta democrática, como hicieron con el partido SOMOS?

“No vemos al mundo en términos de poder”, aseveró Velasco.

Hermoso anhelo. Lo cierto es que la variable determinante de este mundo es la dotación de poder (cualquier estudioso de las relaciones internacionales lo sabe), y que nuestro país también ha perdido en ese terreno. Tenemos 3,150 kilómetros de frontera con una de las potencias más grandes; eso podría empoderarnos, pero no, más bien nos vulnera cuando se convierte en tránsito de drogas a cambio de armas.

Nuestra dotación de poder la comprendieron todos los gobiernos del siglo XX, desde don Porfirio hasta los neoliberales. El realismo mexicano gestó una legión de diplomáticos que partían de una condición sine qua non: México está muy lejos de Dios y muy cerca de los Estados Unidos. Esa ha sido la realidad más pura y dura.

Quienes cursamos en la academia diplomática aprendimos, sin embargo, que sí es posible moverse en las esferas del poder mundial sin perder la dignidad. Es por eso una desgracia que nuestra mandataria y su Canciller se extravíen en la insignificancia, rehusándose a participar en los foros mundiales como sí lo hacen los representantes de Corea del Sur, India o Sudáfrica, países que nos han rebasado en los órdenes de poder gracias a la planeación y pericia de sus jefes de Estado.