El presidente del Consejo Coordinador Empresarial, José Medina Mora, hizo un anuncio por demás comprometedor: dicho organismo definirá una agenda de trabajo para los próximos cincuenta años, a fin de identificar los nuevos desafíos del sector privado, y definir las estrategias para integrar los pequeños negocios a las grandes cadenas de proveeduría nacional, con el propósito de fortalecer la competitividad de México. Sin embargo, en las condiciones que vivimos los mexicanos tal previsión no tiene sentido: es tiempo perdido planear a tan largo plazo, cuando no se cuenta con bases para planificar un presente incierto que exige firme compromiso social y esfuerzos sobrehumanos.
Por principio de cuentas, el régimen tiene planes distintos en los que no caben proyectos ajenos al suyo. Esto debieran saberlo en la cúpula empresarial, y si aún tienen desconocimiento de algo tan básico más les vale adecuarse a la realidad, no forjarse ilusiones que se irían desvaneciendo rápidamente. Tal parece que en el CCE se mantiene la idea de que se puede dialogar con el Ejecutivo como en el pasado. Los tiempos han cambiado radicalmente, no para bien de la nación sino para apuntalar un sistema donde no tiene cabida la negociación como método de relaciones entre gobernantes y gobernados. La posibilidad de avances democráticos, por mínimos que sean, hoy es objetivamente inviable.
Con todo, en este fin de una etapa y principio de otra no hay que hacerse ilusiones vanas: la democracia en México es una utopía, como lo son las así declaradas instalaciones del gobierno capitalino cuyo propósito es hacer creer a la población marginada que se le ofrecen alternativas de desarrollo social. La cúpula empresarial podrá tener una idea muy clara de su estrategia organizacional, e incluso hacer creer a sus afiliados que sus propuestas serán atendidas por el Ejecutivo, pero la realidad se impondrá de inmediato: no se cuenta con la fortaleza suficiente para negociar con un gobierno decidido a imponer su proyecto transexenal.
La correlación de fuerzas ha cambiado radicalmente: el grupo en el poder se impuso a la sociedad mediante la destrucción de las instituciones que tantas luchas y esfuerzos le costaron a la sociedad. ¿Acaso no se han dado cuenta de ello? El país que conocieron los fundadores de los organismos empresariales, en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, no existe más; ni habrá de revivir, como es fácil admitirlo con un análisis serio de la realidad nacional. Se acabó la democracia en México, o cuando menos los asomos de ella en los años en que el régimen brindaba condiciones elementales para una estabilidad sostenible entre gobernantes y gobernados, siempre bajo reglas negociadas con los dirigentes empresariales, sindicales, de la sociedad civil e intelectuales orgánicos.
Tal sistema se acabó, a partir de que López Obrador aprovechó condiciones de fuerte desgaste estructural del neoliberalismo que le permitieron llegar al poder con amplio respaldo popular. Lo razonable hoy es partir de esta realidad para buscar tácticas y estrategias idóneas que permitan frenar los avances de un férreo autoritarismo que apenas está mostrando sus dientes. Para lograrlo contará mucho la participación de la cúpula empresarial, con un proyecto viable y sustentable en la realidad, no con sueños y “utopías” para auto engañarse y hacer creer a sus agremiados que aún existen posibilidades de revertir un sistema excluyente, depredador, corrupto y dispuesto a todo con tal de mantener su hegemonía.
Es preciso partir de esta circunstancia para concretar acciones gremiales que no le hagan perder tiempo a nadie y le den margen al régimen de continuar su labor de zapa. Es preciso partir de un hecho indubitable: no hay tiempo para perderlo en sandeces. Sí lo hicieron, de lo que pronto se arrepintieron, los magnates que llevaron a Hitler al poder; no les quedó otra opción que quedar bajo su férula, que a final de cuentas los llevó a perderlo todo, hasta la vida a los que eran de ascendencia judía. Conviene recordarlo como una advertencia histórica sobre las consecuencias de la falta de juicio.
No se trata de un símil hiperbólico, sino de una realidad histórica que ya hemos visto en América Latina y que se pretende instaurar en nuestro país. Desgraciadamente, las estrategias para transformarla no han sido las adecuadas, pues de una realidad estrujante y dolorosa se ha pasado a otra que a final de cuentas llega al mismo punto de partida.
Los principios del populismo obradorista han tenido resultados más dramáticos que los del modelo neoliberal con todo y asistencialismo, como lo constatamos actualmente. Este desenlace lo previó el caudillo tabasqueño, de ahí que actuara sin ambages en contra del Estado democrático, que lo era en cuanto que las instituciones políticas mantuvieron su orden jerárquico, que le permitieron entonces seguir gobernando con el apoyo negociado de las élites. En la actualidad, aún suponen los empresarios que pueden seguir con las componendas cupulares, sin valorar las consecuencias de su falta de discernimiento, creyendo ingenuamente que no habría cambios de fondo en el proyecto nacional. ¿Lo seguirán creyendo al extremo de suponer que se puede mantener tal estrategia medio siglo?
