Francia volvió a llenar sus calles con llamas, odio y furia. Estudiantes, docentes, madres y padres de familia, sindicatos y chalecos amarillos marcharon contra el alza del costo de vida y contra las propuestas de recortar pensiones, retrasar la edad de retiro y encarecer las colegiaturas universitarias.
No es un caso aislado, lo mismo está pasando en España, Alemania, Bélgica, Grecia e Italia, quienes han elevado su gasto en defensa al 5% del PIB hacia 2035, y para financiarlo han optado por congelar pensiones, reducir el empleo público y recortar la salud.
Los recortes llegaron para las escuelas y los hospitales, pero no para las armas. Europa, cuna del Estado de bienestar, está desmontando la arquitectura social que le dio estabilidad durante casi ocho décadas.
Esto no es un mal humor, es la respuesta a décadas en que el mercado se expandió sin límites y el Estado renunció a corregir sus excesos. La vivienda se volvió un activo financiero y dejó de estar al alcance de la gente; el empleo se hizo precario; la educación y la salud se encarecieron.
Mientras tanto, la riqueza se concentró hasta el punto de que el 10% de los millonarios europeos acumulan cerca del 60% de la riqueza del continente, lo que genera la indignación de millones de personas que sienten que el sistema funciona solo para las élites.
México tomó otro camino, y lo hizo con dos herramientas que se complementan. La primera es la política salarial. En los gobiernos neoliberales, el salario mínimo fue paupérrimo e insuficiente para vivir. Con la llegada de la Cuarta Transformación pasó de 88 pesos diarios en 2018 a 315 pesos en 2026, un incremento histórico del 250%.
La segunda herramienta son los programas sociales que entre 2018 y 2024 han contribuido a reducir la pobreza multidimensional que bajó de 41.9% a 29.6% de la población, y 13.4 millones de personas salieron de ella.
La Presidenta, la Dra. Claudia Sheinbaum lo dijo con claridad: “Es una nueva manera de entender al Estado, no como espectador de las desigualdades, sino como instrumento de justicia”. Mientras Europa recorta, México amplía.
La exclusión nunca deja un vacío y hoy en Europa ese espacio lo disputa la ultraderecha, que ofrece culpables en lugar de soluciones: el migrante, el diferente, el vecino. Si no se le pone límite al capitalismo de casino con instituciones democráticas firmes, con Estados que vuelvan a hacerse cargo de su gente y con políticas que incluyan en lugar de expulsar, lo más probable es que tengamos un mundo más fragmentado, más armado y más violento.
La experiencia mexicana demuestra que existe otra vía. La justicia social no es un lujo de tiempos de bonanza; es la mejor política de paz que una nación puede tener.
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