Luiz Inácio Lula da Silva ganó la segunda vuelta presidencial de Brasil y obtendrá un cuarto mandato. Según el Tribunal Superior Electoral, con 99.76 por ciento de las secciones totalizadas, Lula obtuvo 64,069,621 votos (51.75 por ciento) frente a 59,725,698 de Flávio Bolsonaro (48.25 por ciento). La ventaja es de 4.34 millones de votos y 3.5 puntos, y el tribunal marcó la elección como definida matemáticamente. Será el primer presidente del país que accede a un cuarto mandato, el segundo consecutivo.
El resultado sorprende por su contexto. Tres semanas antes, Flávio había ganado la primera vuelta con 56,104,503 votos frente a 53,879,538, es decir, 47.03 por ciento de los válidos contra 45.16. Lula, que llegaba como favorito en casi todas las encuestas, admitió entonces que el desenlace fue inesperado. Los sondeos fallaron en una dirección el 4 de octubre y en la contraria el 25, lo que sugiere un problema de medición del electorado y no un sesgo constante.
El contraste con la última fotografía es nítido. El promedio de cinco encuestas de TResearch y Mitofsky daba a Flávio 50.9 por ciento y a Lula 49.1, y Datafolha y Quaest lo ubicaban 51 contra 49. Contra el resultado oficial, Lula superó su promedio en 2.65 puntos, y la diferencia entre candidatos se invirtió en más de cinco, de una ventaja de 1.8 puntos para Flávio a una de 3.5 para Lula. Es una desviación mayor que el margen de error individual de las encuestas. Para ser justos, el análisis de ambas casas advertía que la tendencia favorecía a Lula y asignaba a la remontada una verosimilitud casi igual a la de su escenario base. Acertó en la dirección, no en el ganador de su escenario central ni en la magnitud. Datafolha, que medía 50 a 50, fue el sondeo más cercano.
Los números del TSE permiten una lectura comparada con la primera vuelta. Lula sumó cerca de 10.2 millones de votos y Flávio unos 3.6 millones, de modo que Lula absorbió aproximadamente tres cuartas partes del incremento neto. La comparación tiene límites: no distingue entre quienes votaron por terceros candidatos, quienes dejaron de abstenerse y quienes cambiaron de bando. Pero apunta a que el crecimiento vino sobre todo del lado de Lula. Además, el análisis de TResearch y Mitofsky identificaba a los 33.4 millones de abstencionistas como la reserva del presidente; los votos válidos de la segunda vuelta (123.8 millones) superan a los de la primera, aunque sin datos de participación por región no puede afirmarse que esa movilización fuera la causa.
Los votos sin dueño también cuentan. Los votos nominales válidos son 96.76 por ciento de los 127.9 millones emitidos, por lo que blancos y nulos suman unos 4.1 millones, más de 3 por ciento. Esa franja habría bastado para alterar un resultado reñido, y su tamaño recuerda que la polarización no agotó el rechazo a ambas opciones.
¿Qué lo explica? La lectura inicial apunta a los debates y a la corrección de errores de campaña. Hay indicios: la prensa señala que Lula modificó sustancialmente su estrategia en los 21 días de campaña de la segunda vuelta. Pero la atribución a los debates requiere cautela. La tendencia a favor de Lula ya se observaba desde el 8 de octubre, antes del cara a cara de Globo, y los especialistas lo describieron después como un empate o una ventaja por puntos, no como un golpe decisivo. Es más sólido afirmar que la campaña corrigió el rumbo desde inicios de octubre y que el debate no la frenó.
El contraste con 2022 es útil para dimensionar el resultado. Entonces Lula ganó con 50.9 por ciento frente a 49.1, una diferencia de unos 1.9 millones de votos según la prensa de la época. Ahora la ventaja es más del doble en votos y supera a las proyecciones previas. El mandato es más holgado de lo previsto, pero Brasil sigue partido casi por mitades: un Nordeste que respalda a Lula y un Sur y un Sudeste evangélicos que favorecen a Flávio.
Queda la prueba democrática. En el momento de redactar este informe, no se encontró una declaración de Flávio Bolsonaro reconociendo el resultado, y su reacción será el primer indicador de si la oposición acepta el veredicto sin disputarlo. La segunda será la capacidad del gobierno para gobernar sin una mayoría abrumadora, frente a un adversario que conserva un caudal de casi 60 millones de votos.
