No hay evidencia de un guion común. Sin embargo, el recuento de TResearch y Mitofsky, con corte al 20 de octubre, contabiliza 38 conflictos sociales activos en cuatro continentes, de Bruselas a Antananarivo y de Guadalajara a Yakarta. La coincidencia no prueba contagio, pero describe un clima: ciudadanías que, ante instituciones percibidas como lentas o sordas, deciden hablar con el cuerpo.

La economía manda

Veinte de los 38 conflictos tienen raíz económica: combustible, salarios, recortes, vivienda. Diez se atribuyen a mal gobierno y corrupción, otros diez a reclamos de democracia y derechos, y nueve al futuro de la juventud. Un mismo conflicto puede sumar varias causas. El diésel boliviano subió 83%, el gobierno belga busca un ahorro de 10 mil millones de euros y el precio de la vivienda portuguesa se duplicó desde 2017. Es el mismo malestar con distintas etiquetas.

Una protesta sin ideología fija

La primera fricción con el relato cómodo es que la inconformidad no distingue colores. Alcanza a gobiernos conservadores (Meloni, Merz, Kast, Milei, De la Espriella, Trump), a Sánchez en España, a la 4T, que enfrenta en México tres frentes (Jalisco, IMSS, CNTE y productores de maíz), y a regímenes cerrados como Irán y Cuba. Trump tiene 31% de aprobación y Kast 30%, su mínimo. Prabowo pasó de 81% a 44.5% en un año.

Pero protestar no equivale a ser mayoría. De la Espriella conserva 48.7% de aprobación pese al primer paro nacional en su contra, y Vučić encabeza las encuestas serbias con 48.6% frente a 37.1% de la Lista Estudiantil, a pesar de dos años de movilización.

El discurso y la práctica

Veinte de 38 gobiernos respondieron con policía o medidas de excepción y sólo seis ofrecieron concesiones. Las contradicciones son visibles:

  • Meloni afirmó que manifestarse es un derecho y que incendiar ciudades no, mientras en Milán hubo cargas, gas lacrimógeno, unos 50 detenidos (la mitad menores) y 25 heridos.
  • Sheinbaum distinguió entre contener y reprimir, pero el estudio clasifica la respuesta en Jalisco como represión policial, con 39 detenidos y 28 policías lesionados el 11 de octubre.
  • Rama, en Albania, ofrece diálogo y culpa a «manos extranjeras» mientras la policía usa balas de goma por primera vez.
  • Francia suma más de 6,800 detenidos, toques de queda en cuatro ciudades y unos mil policías heridos en una sola jornada.

Los gobiernos sostienen que separan la protesta legítima de la violencia. La pregunta que ninguno responde es quién traza esa frontera y con qué criterio.

Entender la causa no es aplaudir el método

Las encuestas muestran una ciudadanía que separa diagnóstico y método. En Francia, 62% considera justificada la movilización, pero 68% rechaza la violencia. En Chile, 52% apoyó la marcha estudiantil y 74% rechaza la violencia como forma de protesta. En España, 55.7% señala la vivienda como principal problema y 47% respalda los decretos que el Congreso rechazó, pero sólo 38% simpatiza con las protestas.

Un movimiento puede ganar el debate y perder la calle si se radicaliza. También un gobierno puede ganar la calle y perder el debate si reprime.

De la calle a las urnas

El estudio señala que Serbia (25 de octubre), Estados Unidos (3 de noviembre), Sudáfrica (4 de noviembre) y España (29 de noviembre) votan «con la protesta encima». Vučić dejó la presidencia para encabezar la lista de su partido y Sánchez adelantó los comicios. Las urnas funcionan como válvula de salida.

Esa válvula tiene su propia paradoja. En India, una revisión borró unos 130 millones de nombres del padrón. En Georgia se pide prohibir a cinco partidos de oposición. En Turquía, İmamoğlu sigue preso desde 2025. En Pakistán se exige la libertad de Imran Khan. Donde la elección misma está en disputa, la calle deja de ser complemento de la democracia y se convierte en su sustituto.

Para reflexionar

Hay dos lecturas en tensión. La primera ve en la protesta un termómetro que ofrece a los gobiernos información barata sobre el desgaste social. La segunda, la de los gobiernos que hablan de «violencia organizada» o «manos extranjeras», la ve como amenaza.

Conviene además cierta cautela metodológica. La clasificación de los 38 casos es de las consultoras y varios gobiernos combinaron respuestas. Las cifras de asistencia divergen de forma extrema: en Madrid, 500 mil según los organizadores contra 70 mil según la cifra oficial; en París, 800 mil contra 550 mil. Cuando ni siquiera se acuerda cuánta gente salió, el desacuerdo sobre lo que quiere decir es casi inevitable.