El 3 de noviembre, los estadounidenses le quitaron a Trump el control del Congreso. Los demócratas ganaron mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado, y también conquistaron las gubernaturas de Georgia, Ohio, Iowa y Texas, estados que Trump ganó hace apenas dos años. En Texas, la victoria puso fin a más de tres décadas de gobiernos republicanos.

El resultado modificará el equilibrio del poder en Washington: a partir de enero, Trump tendrá frente a sí un Congreso opositor que controlará presupuesto, nombramientos y la facultad de investigar.

El cambio no es solo de partido; también es de rostro. Abdul El-Sayed, electo por Michigan, será el primer musulmán en ocupar un escaño en el Senado. Deb Haaland, integrante del pueblo Laguna, se convertirá en Nuevo México en la primera mujer indígena gobernadora de Estados Unidos, mientras Peggy Flanagan, perteneciente al pueblo ojibwe, será la primera mujer indígena en llegar al Senado, por Minnesota. Keisha Lance Bottoms será la primera mujer afroamericana en gobernar un estado, Georgia, y Hakeem Jeffries podría convertirse en el primer afroamericano en presidir la Cámara de Representantes.

Los dos estados más poblados de la Unión tendrán gobernadores de ascendencia mexicana: Gina Hinojosa, primera mujer latina electa gobernadora de Texas, y Xavier Becerra, de raíces jaliscienses, primer latino elegido por voto popular para gobernar California.

Hay un tema que no deja de ser interesante, Hinojosa y Becerra con fundamento en nuestra Constitución, son mexicanos. El artículo 30 reconoce como mexicanos por nacimiento a quienes nacen en el extranjero de padre o madre mexicanos.

Los resultados constituyen un revés político para el segundo mandato de Trump. A partir del 3 de enero, las principales iniciativas legislativas y presupuestarias deberán negociarse con una mayoría opositora.

El presidente reconoció los resultados, felicitó a los demócratas y ofreció colaborar, aunque también recordó su facultad de veto. Se abre así una etapa de gobierno dividido: un Ejecutivo que conserva importantes atribuciones en política exterior, seguridad y administración federal, frente a un Legislativo capaz de condicionar el gasto público y bloquear iniciativas. La parálisis es muy probable, y la carrera de 2028 empezó esta semana.

Estados Unidos avanza hacia una representación política más diversa, pero la diversidad de sus gobernantes no garantiza cambios en la política migratoria ni en el trato a nuestros paisanos.

Para el mundo, el resultado anticipa un Washington con centros de poder enfrentados. Para México, abre nuevos espacios de interlocución. Sería un grave error interpretar la derrota republicana como una victoria automática para nuestro país. Trump permanecerá hasta 2029 y conservará amplias facultades en materia comercial, fronteriza, migratoria y de seguridad.

Tampoco los demócratas son aliados incondicionales: sus posiciones proteccionistas, especialmente en materia laboral e industrial, pueden introducir nuevas tensiones en el T-MEC.

México debe responder con inteligencia institucional, no con entusiasmo partidista. Corresponde mantener una interlocución firme con la Casa Blanca y el Capitolio, con republicanos y demócratas; fortalecer la diplomacia parlamentaria y defender, con argumentos y capacidad de negociación, el interés nacional. La nueva correlación de fuerzas ofrece oportunidades, pero también incertidumbres. No es hora de festejos ni de revanchas. Los tiempos exigen mesura y templanza.

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