Juan Antonio Rosado
“Cuando alguien me dice que las cosas son así y sólo así, despierta mi sospecha”. Contra la idea fija y el prejuicio, se rebela esta frase, conclusión de la premisa de la que parte: si la ley de la gravedad de Newton no es universal, puede ser que la teoría de la relatividad de Einstein tampoco lo sea. Así se inicia el libro de ensayos Centro de gravedad, de Marco Lagunas, estudioso de la tradición literaria en lengua alemana (desde Von Kleist hasta Günter Grass), lector de Montaigne, Cyrano de Bergerac, Lewis Carroll, Italo Calvino, Borges, Bertolt Brecht y Juan Vicente Melo, entre otros muchos guías de la cultura literaria occidental.
El primer ensayo es una puesta en espejo: el autor confronta, pone frente a frente la ciencia y la literatura (Newton y Cyrano), pero no permanece allí; cada uno de estos escritores se refleja a su vez en un sinnúmero de fuentes o antecedentes, de modo que el texto da una sensación de vértigo o, mejor dicho, de caída, de verticalidad, de profundidad. El influjo de la ciencia en las letras es una de las preocupaciones de Lagunas, quien se halla consciente de la necesidad de un constante intercambio de ideas, ya que éstas no pertenecen a nadie.
La imaginación y cultura del ensayista vinculan al suicida Heinrich von Kleist con López Velarde. En un solo párrafo, el lector encuentra de forma natural gran cantidad de nombres, evocaciones, llamadas, como si el autor estuviera conversando. No se trata de citas academizantes o forzadas, sino de la reiteración de un ánimo, de la pasión por un juicio, de la ilustración de una idea, del énfasis en la demostración. Esto distingue al ensayista del académico a ultranza, a quien suele interesarle más el aparato crítico que el despliegue de la subjetividad y la imaginación, si bien ambos ingredientes jamás se ausentan del todo en ninguno de los extremos.
Una de las partes más lúcidas del libro gira en torno a El tambor de hojalata (1959), de Grass, y a su personaje central: Oskar Matzerath. No sólo se nos recuerda la génesis de la novela y de su protagonista, sino que también se le compara con obras ya clásicas, en las que se ha detectado el deseo de no crecer, ese mundo infantil en contraposición con el mundo adulto; ejemplos claros son Peter Pan, Alicia en el país de las maravillas y El principito. En este sentido, no se trata de novelas de formación. En el caso de Oskar, se trata de alguien ya maduro desde que aparece, como el protagonista de La isla del tesoro. Un caso contrario es el de La obediencia nocturna, de Melo, obra en la que el desencanto, la desilusión proviene de la huida de ese mundo infantil.
Entre otros temas, Lagunas aborda el marxismo poetizado de Bertolt Brecht, así como un leit-motiv que recorre el volumen: la idea de un apocalipsis ahora como síntoma de los tiempos posteriores a la Segunda Guerra. Esta idea se repite en el último ensayo, sobre el cine en torno al muro de Berlín. Pero el verdadero centro de gravedad del libro es la imaginación, el arte de seleccionar y combinar, la magnífica prosa, la clara exposición y sutileza en el tratamiento de los temas.
Marco Lagunas, Centro de gravedad. Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2010, 125 pp.
