Vicente Francisco Torres

Si a Xavier de Maistre Viaje alrededor de mi cuarto le permitió contar peripecias intelectuales y vitales, Claude Roy (1915-1997) hizo un viaje al mercado —para comprar pan y pescado— que pasaba por librerías de novedades y librerías de viejo. De aquí salió El amante de las librerías (José J. de Olañeta, Editor, Barcelona, 2011), un viaje ensayístico en donde el poeta reflexiona sobre las grandes bibliotecas que ha visitado para decir que prefiere las librerías porque se lleva los libros que él considera muy semejantes a las personas, porque los trata como amigos, que van con él a los viajes, a la cama, se acomodan en los bolsillos o permanecen plácidos sobre su mesa de trabajo. Tan vivos le parecen que, cuando pasa por una librería cerrada, cree escuchar una disputa entre Céline y Kafka, porque el primero le grita judío al segundo. Si en altas horas de la noche las tiendas están cerradas, ellos están siempre a su disposición.

Aunque las bibliotecas le imponen, las reverencia y las disfruta, suele advertir lo que no miran los visitantes comunes: “Saludo al combatiente de la investigación detrás de sus murallas de libros recomenzadas todos los días (…) En la Biblioteca del British Museum he esbozado una genuflexión ante el lugar habitual de un exiliado barbudo al que su madre le reprochaba que hubiera arruinado su vida escribiendo El capital en lugar de acumular un capital”.

Nada de fetichismo. Roy atesora los libros porque cristalizan el verdadero amor, el que no busca la utilidad, sino el puro placer de tenerlos con él: albergan “sentimientos, ideas, humores, una voz, un tono, y ese perpetuo asombro que nos inspiran los vivos y las obras, el asombro de no volver a encontrarles nunca iguales a pesar de esta apariencia que tienen de ser iguales a sí mismos”.

De este pequeño volumen, recogido en la colección Centellas, podemos obtener un nuevo aforismo: “El dinero no es la felicidad, pero sirve para comprar libros”. O un texto para esas placas que hacen nuestros artesanos a fin de ser colocadas en la puerta de las casas: “Muerta es la morada en la que no entran cada día un nuevo libro y un nuevo visitante, nuevos amigos”.