Ricardo Muñoz Munguía

Diversos instantes cubiertos bajo la atmósfera del verso aparecen en diferentes escenarios, que son fragmentos de la realidad o de los sueños. Así, la pasión cobra color al rojo vivo, la locura desata sus brazos, la muerte abre sus grietas, el amor toma una forma tímida pues finalmente es opacado por el mínimo encuentro con el otro, el dueño de los celos y de la desesperanza.

El poemario de la joven escritora Ana Carolina Apodaca Monge (Chihuahua, 1983) le da paso a la memoria, desde donde el recuerdo dicta; aunque puede tratarse del mismo presente, pero por su condición de ser efímero, en todo momento aparece como el recuerdo y qué mejor sustento para ello que la edad de la autora. Con este principal elemento, la memoria busca y entre lo hallado están las insatisfacciones amorosas “Mi mente es un abismo de recuerdos inconclusos./ Mientras enveneno mi cabeza con peróxido/ la noche refleja una prisión en el espejo.// Estoy amando ya al hombre que habla, ríe y no me mira”. Por otro lado, el erotismo es una constante pero no consigue abrir su cuerpo, hasta cierto punto la voz se retrae aunque el lector puede alcanzar a ver la intención: “Despierto/ hay fuego en mi cuerpo y fin en tus manos”. O “Entre los rumores del ambiente veo pasar los desnudos del tiempo.// Quiero conocer más de tus manos,/ compartir.// Hablar de sueños/ y verdad”.

Una mirada, un silencio, un cuerpo son sepultados en el terreno de la noche y desde ahí Ana Carolina siembra su voz por “todas ellas, las que nunca volvieron a casa”. Sí, nombra la sal del desierto, el único testigo de las asesinadas en Ciudad Juárez “Se escucha el canto de la muerte/ las campanas gimen de alegría/ mi niña descansa/ sobre la arena/ lejos de casa”. Una voz poética, la de una joven, preocupada por ella y por más mujeres, se suma al doloroso panorama que se vive, y se muere, en el norte del país.

Ana Carolina Apodaca Monge, A la sombra del gigante. Solar / Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 100 pp.