Pável Granados
El siguiente texto es un fragmento del capítulo “Manuel Rodríguez Lozano: en el reflejo de su reflejo”, incluido en el catálogo Manuel Rodríguez Lozano. Pensamiento y pintura, 1922-1958 (MUNAL, 2011). La muestra más completa de la obra de este pintor cercano a los Contemporáneos, a Antonieta Rivas Mercado y al arte popular mexicano, se puede visitar en el Museo Nacional de Arte (Tacuba 8, Centro histórico) hasta los primeros días de octubre.
Manuel Rodríguez Lozano viajó a Argentina, en 1925, a presentar su obra y la de algunos jóvenes. Aunque fue una exposición apreciada, según Alfonso Reyes, a Buenos Aires no llegó lo mejor de su obra. Al regreso conoce a Antonieta Rivas Mercado. Desafortunadamente no tengo elementos para hablar de esa relación, ni de la importancia de Rodríguez Lozano en la relación de Antonieta con los jóvenes poetas que invitó a hacer el teatro Ulises en 1927. Sé que Rodríguez Lozano presentó a Antonieta con ellos, y que se sentía una especia de guía para ellos. Pero ni Villaurrutia ni Novo ni Owen ni Cuesta tenían esa admiración que él suponía. Él mismo quedó en segundo plano en el trabajo de Ulises, y lo fueron relegando. Lo miraban como un oportunista que manipulaba a Antonieta, que fomentaba el enamoramiento de ella para tener acceso a su dinero. Algo más debió de encontrar Antonieta en el presunto oportunista. Era una especie de confianza ciega, la necesidad de un artista que la entendiera, o quizás un interlocutor, una inteligencia que podía hablarle en sus mismos términos. No sé, tampoco tengo medios para entrar a esa relación. Pero sé que Antonieta no quiso ver la homosexualidad del pintor, que lo visitaba en su estudio y que pretendía no entender la presencia de los jóvenes discípulos que vivían con él. Esos jóvenes tampoco entendían el carácter de su relación con ella. Bueno, también me lo supongo. ¿No he venido diciendo que no se sabe nada, que nada nos deja suponer algo concreto? Se supone que Abraham Ángel, el joven pintor discípulo de Rodríguez Lozano, se suicidó desesperado de que su maestro le prestara atención a otro joven pintor, Julio Castellanos. A los 19 años, el 27 de octubre de 1924, se suicidó por una sobredosis de droga. O no. Quizá no. ¿No decía el doctor Fournier, quien hizo el acta de defunción, que murió por problemas cardiacos? Pero entre sus discípulos era mucho más encendido el afecto por el maestro que entre los poetas. “El pintor niño”, como le decían a este joven que era hijo de un minero, dejó pocos cuadros, sólo unos veinte. Nuevamente, Alfonso Reyes escribió: “Aconteció el meteoro, brilló y se extinguió el niño predestinado, Abraham Ángel. Y ya estaba logrado el prodigio”. Y luego, él mismo le dedicó este pasaje de un poema:
Érase un niño. Pintaba
con su tierra mineral.
La tierra, como leal,
dicen que se le entregaba…
No me explico que Villaurrutia le dedicara a Rodríguez Lozano el poema “Nocturno amor”. No creo que existiera un romance entre ellos, como a veces se supone. Tampoco debió de existir una completa ruptura aunque fue Rodríguez Lozano el que convenció a Antonieta para que no continuara financiando el Teatro Ulises. Se dio entre ellos una enemistad que con el tiempo quizá se suavizó. No con Novo, quien prácticamente lo ignoró en sus crónicas a lo largo de los años.
Con Antonieta fue distinto. Primero, la vida de ella tomó otro rumbo, comprometió su vida con Vasconcelos y terminó matándose en Notre-Dame, en 1931. Rodríguez Lozano llegó a París apenas una semana más tarde, cuando ya no podía hacer nada.
En su taller de la calle de Mina 77 pegó un decálogo. No lo citaré. Sólo diré que su ideario giraba en torno a ciertas ideas fijas: el hecho de no gustar como un triunfo sobre el presente degradado; producir pintura como el árbol los frutos: espontáneamente; hablar el lenguaje de las formas, cobrar por pintar, libertad para el arte y para la vida: “Con nuestra vida y con nuestra obra, hacemos lo que se nos dé la gana”. Es la insistencia en purificar la mirada, en deleitarse en la autocontemplación. Este programa lo inculcó entre los jóvenes que se acercaban a él, a esa vida de exquisitez que gustaba de mostrar en los barrios pobres en que vivía. Ah, es que vivía espléndidamente entre los pobres, una manera de atraer a los jóvenes a quienes idolatraba. Eso me cuentan, todavía muchos lo recuerdan así. Ahí destruyó la vida de Abraham Ángel –si se le cree a la leyenda–, ahí envidió a sus propias creaciones –si se le sigue creyendo. Yo no tengo ningún motivo para creer esto. Ni para desmentirlo. Pero es bella la imagen de ese pintor, bello ángel caído en el paraíso proletario. Narciso enamorado. Pigmalión que dio vida a sus creaciones. Prometeo que trajo el cubismo. Orfeo que bajó a los infiernos carcelarios. ¿Cayó en el lago embelesado con su propio reflejo? ¿Encarnó plenamente su mito? No diría que lo “encarnó”, al pie de la letra, sino que de su vida se extrae una serie de lecciones, de símbolos, de moralejas, y también de historias sin sentido… Parece que hubo, sobre todo, un descenso. Pero quiero que se entienda bien qué es un descenso; no sólo: un castigo; también un naufragio, la sensación de caer en uno mismo. Hundirse. Todo lo pondré en términos míticos, porque así lo quiero. Es un descenso el que permite conocer, como le ocurrió a Orfeo, descender para saber. Pero también existió lo contrario, subió al Olimpo para bajar el fuego, prometeico. Y subió alado, por el cielo, como Ícaro, como un ángel de alas endebles cuya cera se derrite. ¿Qué pretendo yo con estas ideas pegadas con cera, las cuales no me dejarán elevarme muy alto? No pretendía volar tanto, sólo quería decir que son tantos los significados que bien pueden pegarse y formar un esperpento, una colección de historias para acercarse al hecho artístico. Que el hombre y sus cuadros se plieguen a ciertas ideas preconcebidas para ser comprendidas por aquel que viene a interrogarlos. Y él, con sus palabras y sus trazos se manifieste en una infinidad de sentidos, hable con sus textos y con sus cuadros, diga más cosas de las que esté dispuesto a decir. Sí, agarrar cualquiera de sus sentidos y no dejarlo ir, ¿eso es tener el arte entre las manos?, como si en el fenómeno halláramos la revelación, tuviéramos cautivas las verdaderas intenciones; cuando me pregunto si no será más bien que la finalidad de la “expresión artística” es ocultar las intenciones.
Entre 1932 y 1933, el mecenas Francisco Sergio Iturbe le encargó una serie de cuadros sobre la muerte de santa Ana, la abuela de Cristo. Desde el siglo XV se representa su muerte en presencia de su hija y de su nieto. Quizás el encargo se debió a la reciente muerte de la madre de Iturbe, Hélène Idaroff, y se le quiso hacer un homenaje fúnebre. Iturbe fue coleccionista notable, mecenas generoso, protector de pintores, pero especialmente de Rodríguez Lozano. La serie de Santa Ana muerta es misteriosa, una especie de suma de reflejos enigmáticos. Nadie lo sabe. Otra vez, el “nadie lo sabe”, o el “nadie lo consignó en su momento”. Otra fuente de dudas. Quizás sea esta serie un depositario de la biografía íntima del pintor, de las mujeres muertas de su vida, de la androginia, de los espacios vacíos e indiferentes. El apoyo de Iturbe fue constante, mientras quiso pintar el artista. Escribe Elena Poniatowska (La Jornada, 19 de agosto de 2007): “Sin embargo Paco Iturbe también sabía ser grosero. Lo fue con Manuel Rodríguez Lozano, como contó Carito Amor de Fournier, quien alguna vez lo acompañó a la casa de Puente de Alvarado que Paco le había prestado a Rodríguez Lozano para que pintara. Manuel debía enseñarle a Paco su último mural y le pidió a Carito, fundadora de la Galería de Arte Mexicano, que fuera juez y parte. Después de examinar el mural, Paco le tendió una moneda a su protegido y le ordenó: Vaya usted a la tlapalería a comprar pintura blanca y cúbrame todo esto”.
