Rocío Barrionuevo

Perspicaz y atenta observadora de los conductas y desvelos contemporáneos, Margarita Peña habla del amor en la novela El amarre. Sin embargo, nos enfrenta al amor y a la vez a la necesidad de la realización personal; nos encara al amor, pero también a la vida cotidiana que lo devora. En El amarre hay amor, pero asimismo existe el deseo de autonomía. Sin duda alguna se halla el amor en las páginas de esta novela, pero convive con todo los amores del pasado; florece el amor, pero a la par de la fragilidad humana; está el amor, pero acompañado de los viejos imaginarios que siguen influyendo en las concepciones de los amantes; es decir, Margarita Peña realiza un inventario de las sutiles paradojas del amor en la época actual. Y el resultado innegable es una novela ágil, una inteligente mirada sobre la vida y el amor que, por momentos, consigue instalarnos frente a un espejo que parece devolvernos nuestros propios rostros
Me gustaría hablar brevemente de Miranda Domínguez White, personaje entrañable, en quien se encarnan con más saña estas contradicciones.
Tras trece años de castidad, Miranda se enamora de nuevo y es víctima de un bombardeo de fuertes emociones. Los placeres que vive con su amado y los años de soledad le impiden separarse de él y decide retenerlo a toda costa, aunque eso implique amarrarlo por medio de un rito santero hecho por su nana Carmen. Así empieza la historia de Miranda, protagonista de la novela, que sufre una dependencia desesperada de la figura masculina. Sin querer revivir la experiencia que la había convertido en “un cuerpo sin alma”- según sus propias palabras- cuando su primer amante la abandonó, queda atada al cuerpo de Alonso. El amarre le servirá a Miranda como coartada para vivir junto a Alonso soportando que la relegue a segundo plano, tolerando su falta de consideración e incluso su desamor; asimismo, el amarre le impide reconocer totalmente sus deseos lúbricos. Es la cárcel imaginaria que ha construido para no emprender el vuelo responsable hacía sí misma. El amarre representa la fatalidad de la pasión. Y mientras el poder del amarre sea poderoso, actuará en sustitución de sus actos.
Pero el personaje de Miranda evoluciona. Al principio, envuelta en el vórtice del furor amoroso, no podía aceptar la separación, quería un amor sin final, perpetuo, pero cuando la convivencia pasa a ser parte de la vida diaria, se decepciona. Miranda pretendió encarcelar a Alonso para lograr la continuidad, pero el cautivo se convirtió en carcelero, pues en el transcurso de un largo viaje que la lleva a Brasil, Londres, Venecia, Alemania, Amsterdam, Estrasburgo, Portugal y finalmente de regreso a México, Miranda comprende que Alonso se ha convertido en el celador que frena su aspiración de una vida más vasta. Él no está amarrado, es ella.
Percibe que es imposible ser libre como lo desea y a la vez sostener una relación con Alonso. A su lado, siempre sufrirá una mutilación existencial. Pero finalmente, ésa es una de las trágicas condiciones que el amor impone a sus devotos.
Al toparse con el proceder machista de Alonso, Miranda paulatinamente se da cuenta que nada dura para siempre y acepta su destino: abandona la búsqueda de continuidad amorosa para retomar su identidad perdida. Margarita

Peña describe admirablemente la conmoción sentimental que sufre Miranda cuando toma conciencia de que su amor por Alonso no sólo puede cambiar de objeto, sino que también puede obtener gratificaciones de todo tipo con el cambio, incluyendo el deseado amor de Alonso. Precisamente es el cambio de parejas lo que le permite experimentar a Miranda diferentes tipos de sentimientos amorosos. En este sentido cada uno de los amantes representa la esperanza de alcanzar todo aquello a lo que Miranda renunció para estar con Alonso: libertad, individualidad, autoestima, amor. Gastón, Mathew, Sandro y Kurt funcionan como catalizadores para que Miranda rompa con los vínculos simbióticos que la mantienen amarrada a Alonso. Miranda siente por este grupo de hombres un gran reconocimiento porque la han convertido en lo que es y han compartido su entusiasmo por la literatura, la pintura y el esoterismo. Digamos que la protagonista de El amarre recibe una reeducación sentimental, pues antes de amar a uno solo, saborea la diversidad, aunque después ya casada con el elegido sienta nostalgia por los arrebatados amores efímeros de sus viajes. Así es el amor: quiere permanencia sin dejar de añorar todos los universos que se dejan atrás cuando se concentra solamente en uno.
Y es gracias a la diversidad amatoria ensayada por Miranda que el lector puede apreciar la prosa utilizada para describir las escenas íntimas. Se nota que Margarita Peña sabe bien que el falso pudor desemboca en la falsedad de estilo, así pues sin hipocresías, pero también sin ostentación y sin reivindicaciones fuera de lugar, asistimos a la expresión literaria de las exigencias internas y las agitaciones lúbricas de Miranda. En esas
descripciones afortunadas, Margarita Peña conjunta un lirismo voluptuoso y un amable libertinaje, concediéndole al lector la dicha de saberse voyeur de un acto infinitamente repetido.
Con la independencia que le da a su cuerpo para el goce voluptuoso y el poder que puede expresar el alma por medio del cuerpo, Miranda adquiere identidad. Establece un centro de gravedad en torno a sí misma y construye una posición básica de ser en el mundo que la acompañara a lo largo de toda su vida, más allá de los ajustes y replanteos posteriores que su existencia pueda depararle, más allá de la desaparición del amado. Miranda arma con base en esa identidad un proyecto de vida que incluye vocación, ocupación, gustos sexuales definidos, un conocimiento acerca de quién es y qué necesita. Y a partir de ese momento traza su destino como participante activa en la vida de Alonso. Ya no sobrevive pasivamente ni en simbiosis con el amado. Ha logrado tomar las riendas de su vida, aunque también ha comprendido que no es posible gozar de la simbiosis con el otro a la vez que se sigue siendo dueña de la propia vida.
Y a pesar de que el amarre queda desecho al final de la novela, pues Miranda se construye una nueva cárcel imaginaria inmovilizando su propio cuerpo, castigándolo, el lector está seguro de que ha perdido el miedo a la soledad, sabe que se ha conquistado y al tenerse a sí misma, ha dejado de estar sola. El carpe diem que su oráculo laberíntico le da como respuesta al misterio de la vida y la muerte es le enseñanza que mejor aprendió Miranda.