Las delegaciones políticas, debilitadas
Por Carlo Pizano Salinas
A Marcelo Ebrard no le gusta compartir el poder. No le gusta que le digan qué debe o tiene que hacer. Las anteriores afirmaciones están sustentadas en distintos hechos y acciones que han caracterizado la administración de casi cinco años a cargo del discípulo de Manuel Camacho Solís. Debió haber sido difícil para el carácter autocrático del jefe de Gobierno, la IV Legislatura de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal.
Aunque el PRD tenía mayoría absoluta, el predominio de la corriente de los “Chuchos”, bajo el liderazgo de Víctor Hugo Círigo, significó distintas alianzas con los diputados del PAN que significaron un verdadero contrapeso a las demandas de Ebrard. Todo eso cambió a partir del otoño del 2009 con la distinta correlación de fuerzas del PRD en el órgano legislativo de la ciudad. Al perder los Chuchos y los Círigos la posición dominante, Marcelo Ebrard supo formar una mayoría a modo con un costo muy bajo, salvo los chantajes coyunturales de los diputados conducidos por el oscuro René Bejarano a quien por cierto sus discípulos le llaman “profesor”.
¿Cómo afectó a la ciudad la visión de gobierno de Marcelo Ebrard? En una frase: alejó el gobierno del ciudadano. Y lo hizo de distintas maneras pero principalmente debilitando a las delegaciones. Hay que recordar que el Constituyente Permanente buscó fortalecer las delegaciones otorgando a los capitalinos el derecho de elegir a los jefes delegacionales a partir del año 2000.
El mandato que se descubre es el de avanzar en la municipalización de la ciudad de México, o al menos el fortalecimiento de la instancia de gobierno más cercana a los problemas de más de ocho millones de capitalinos y otros 12 millones de ciudadanos que viven alguna parte de su vida en dicha megametrópoli. Ebrard no coincide.
En la propuesta de reforma política que las distintas fuerzas políticas en la ciudad aprobaron en el 2010, el Gobierno del Distrito Federal no estuvo de acuerdo en fortalecer a las delegaciones como el PAN proponía. Es más, no sólo no se han robustecido las delegaciones, sino que se han debilitado. Menos de dos pesos de cada 10 del presupuesto lo gastan las delegaciones. Del total del presupuesto de la ciudad de México en 2011 sólo el 17.19% lo ejercen las delegaciones. El mismo porcentaje en 2007 era del 20.74%.
En contra del principio de subsidiariedad la facultad de verificación que correspondía a las delegaciones se ha centralizado en un Instituto de Verificación que ha resultado ajeno a la realidad local. Es cierto que había un problema de corrupción, pero crear una nueva institución sólo supondrá que las prácticas de soborno se posterguen unos cuantos meses. La medida de consolidar todas las compras de los insumos de las delegaciones aunque parece una decisión económica sensata ha representado que la acción de gobierno delegacional sea lenta e inoportuna ante las demandas de los ciudadanos de buenos servicios urbanos.
Lo anterior es explicable, Marcelo Ebrard aprendió a hacer política bajo las presidencias omnipotentes de López Portillo, Miguel de la Madrid y especialmente de Salinas de Gortari, presidencias que le dieron vida artificial al sistema autoritario priísta. Ebrard “el liberal” se siente más cómodo en el centralismo tipo siglo XIX.
