Legal, en los países más desarrollados del orbe
Por Guadalupe Loaeza
Uno de los capítulos que conforman el libro El proceso de despenalización del aborto en la Ciudad de México se intitula “La derecha y sus expresiones”. Al leerlo en seguida recordé la reacción de este sector de la sociedad ante varios de mis textos en apoyo por la despenalización del aborto. Recordé la incapacidad de participar en una discusión que se quería civilizada sobre temas que se habían convertido en hipersensibles para el sector más conservador de la sociedad: ¡el aborto!
Era evidente que los grupos que abanderaban esta posición hubieran recurrido a lo que siempre recurren: al tremendismo verbal, la movilización, la amenaza y a otros recursos reminiscentes de las Cruzadas del Medioevo. Era así que empleaban las palabras —transformadas en epítetos— de siempre: asesinato, sangre, muerte, pecado, descomunión, egoísmo.
La práctica del aborto es legal en la abrumadora mayoría de los países más desarrollados del orbe. En 1971, en Francia se inauguró el Movimiento de Liberación Femenino. Este movimiento realizó campaña por la conquista del derecho del aborto, mediante medios sumamente novedosos y superando las prácticas tradicionales.
En el diario Le Monde, se publicaron dos páginas con un manifiesto firmado por 343 mujeres, conocido bajo el nombre de las 343 “Sinvergüenzas”, que reconocían públicamente haber abortado. Periodistas, artistas, obreras, intelectuales, amas de casa, activistas, escritoras, entre otras tantas, salían de la esfera privada a partir de su pública reivindicación política.
Hubo igualmente firmas de mujeres destacadas por su trayectoria que provocaron un fuerte impacto a esta estrategia de visibilidad: Simone de Beauvoir, Christine Rochefort, Delphine Seyrig, Catherine Deneuve, Giséle Halimi, Micheline Presle, Jeanne Moreau, Marguerite Duras y Françoise Fabian.
Estas mujeres habían provocado un gran escándalo pero tuvieron el mérito de haber hecho reflexionar a las autoridades. Exigían una ley para acabar con la hipocresía. Cuando Valery Giscard d´Estaing tomó el poder como presidente electo de Francia, una de sus prioridades era resolver el problema del aborto. Buscó mujeres para llevar a cabo su política de reformas, su primer ministro, Jacques Chirac le propuso el nombre de la secretaria general del Consejo superior de la magistratura.
Así fue como Simone Veil se convirtió en la segunda mujer ministro de la historia de Francia. Valérie Giscard d´Estaing había escogido a la mujer que se necesitaba para defender el proyecto de ley sobre el aborto. Simone Veil supo encontrar los argumentos justos pero, también, le valieron, durante el interminable debate para lograr la ley Veil de la interrupción voluntaria del embarazo que cambiaría la vida de millones de mujeres en Francia, una hostilidad impresionante por parte de algunos diputados, en su mayoría, hombres de derecha, quienes no se detuvieron ante nada para insultarla. Por ejemplo el diputado Jean-Marie Daillet, la acusó de mandar a los bebés a los hornos crematorios. La nueva ministro de la Salud es judía, y había sido sobreviviente del campo de concentración.
El caso de Baja California y San Luis Potosí, renuentes a la despenalización del aborto, nos recuerdan una vez más el enorme conservadurismo social que aún persiste en nuestro país, avalado por el Episcopado y naturalmente por el PAN. Que Dios nos agarre confesados…
