Memoria póstuma de un panista
Por Raúl Rodríguez Cortés
Ahora que el PAN recién cumplió 72 años de vida, que cumplirá once al frente del gobierno nacional y que busca, desesperadamente, en medio del desencanto producido por su caótica gestión, mantenerse en el poder, es pertinente leer el libro de reciente publicación La mancha azul: del PAN al NeoPAN y al PRIoPAN.
Por el título cualquiera se imaginaría que el autor es un furibundo opositor a Acción Nacional, acaso un desplazado priísta o un incondicional seguidor de Andrés Manuel López Obrador. Mas no es así. El autor del libro es un panista de raigambre, formado por los fundadores de ese partido, curtido en la lucha política librada durante años contra la aplanadora tricolor y finalmente un renegado que junto con otros panistas de abolengo renunciaron al partido en 1992 cuando su desviación doctrinaria llevó a los dirigentes de aquellos años a pactar con el PRI y legitimar la fraudulenta elección de Carlos Salinas de Gortari, a cambio de acceder cada vez más y más posiciones de poder y de gobierno.
Me refiero al recientemente desaparecido michoacano Jorge Eugenio Ortiz Gallegos (1925-2010) quien deja en esta especie de memoria póstuma, testimonios y reflexiones de una etapa reciente de la historia política de México que arroja luz sobre los problemas de gobernación que vivimos actualmente.
Ortiz Gallegos, por ejemplo, no duda en señalar que Felipe Calderón ha pasado a la historia como uno de los panistas más pragmáticos, influenciados y dirigidos por grupos empresariales asociados a quienes han sido gobernantes del PRI.
Ortiz Gallegos remite esa proclividad a los tiempos de Luis H. Alvarez, personaje al que sitúa como eje central de la idea de “flexibilizar” la doctrina panista, en aras de un pragmatismo que les permitiera acceder al poder, lo que implicó —sobre todo después de las expropiaciones agrarias de Luis Echeverría y la nacionalización bancaria de José López Portillo— abrirse a grupos empresariales que nunca renunciaron del todo a sus vínculos con el oficialismo priísta y a grupos de la ultraderecha.
De hecho define al neopanismo (del que Ortiz Gallegos se desmarcó junto con otros panistas ilustres como Bernardo Batiz, Pablo Emilio Madero y Jesús González Schmall) como la tendencia política marcada por unos tres mil empresarios que durante una década “fueron orientados e instruidos para apoderarse del PAN, por el Instituto de Promociones Estratégicas patrocinado por la Coparmex” y que además fue apoyado con dinero de empresarios estadounidenses y del Partido Republicano.
En ese contexto, el libro La mancha azul: del PAN al NeoPAN y al PRIoPAN muestra a Luis Felipe Bravo Mena, entonces analista de la referida organización patronal, como el panista de más alto rango que en 1987 permitió que se consumara el control de la organización nacional del Yunque sobre el panismo poblano.
Del ex candidato presidencial blanquiazul Manuel J. Clouthier se refiere como un representante de lo que llama el “golpe cupular” que permitió a los empresarios apoderarse del PAN.
Pero Ortiz Gallegos va mucho mas allá al relatar el paso del neopanismo a lo que llama el PRIoPAN:
Bajo la dirigencia de Luis H. Alvarez (1987-1993) “se desdibujaron los propósitos superiores (del blanquiazul) y las estrategias se redujeron a una convulsa prisa por el poder”. El encabezó, agrega, la era de la concesión de puestos de poder, la era del disfraz y el ocultamiento, las llamadas concertacesiones (por medio de las cuales se negociaron gubernaturas como Guanajuato o San Luis Potosí) y los convenios a escondidas con los mandos superiores del gabinete presidencial tanto en el gobierno de Miguel de la Madrid como en el de Carlos Salinas de Gortari.
Y Felipe Calderón, parte del grupo que había tomado el control del PAN, profundizó en esa estrategia. Ortiz Gallegos lo llama, por esas razones, un “desmemoriado o falsificador” que jamás invocó, siquiera, el pensamiento de su padre, don Luis Calderón Vega, “cofundador y artesano de la obra del PAN durante sus primeros 40 años”. Y lo acusa: “se traicionó a sí mismo en ambivalencias y entreguismos al régimen oficialista”.
¿Cómo creer entonces el argumento de que Calderón, desde Los Pinos, hace y hará lo necesario para evitar que al término de su gestión, el Revolucionario Institucional regrese al gobierno nacional?
Nos lo recuerdan Ortiz Gallegos en esta memoria póstuma editada por Grijalbo y López Obrador en su tozuda interpretación de la realidad política del país: para efectos prácticos el PAN y el actual PRI (que no el histórico) son lo mismo y representan a los mismos, son el PRIoPAN o el PRIAN, como usted lo prefiera.
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