(El impacto de los medios en los mexicanos)
Edgar Díaz Yáñez
¿Cuál es el impacto de los medios en los mexicanos? ¿Existe alguna manera de medir ese impacto? Las respuestas a esas preguntas, aun siendo fáciles, quedarán completamente sin respuesta, al parecer, si uno se atreve a visitar la exposición que da título a este comentario.
Era un sábado común y corriente, justo como cualquier otro, cuando decidí visitar la exposición. Llego vía el Metro, cuyos medios, ¿de comunicación?, invaden nuestras pupilas y oídos con anuncios comerciales. Salgo del transporte colectivo y me dirijo sobre Reforma al Museo de Antropología —es increíble la cantidad de anuncios espectaculares que, sobre dicha avenida, pululan-. Llego al Museo y me encuentro con dos filas superlativamente largas de personas —algunas con desayuno de McDonalds en mano—, cuya distancia puede medirse, para referencias más prácticas, de la entrada del museo hasta los puestos ambulantes de comida —para aquellos que han visitado el museo, sabrán el trecho al que me estoy refiriendo, y a los que no, pues tendrán que visitarlo para saberlo-. Durante la espera de 12 minutos para poder al fin ingresar al lugar —sólo al vestíbulo principal—, me pregunto si la afluencia de personas se debe en mayor parte a la leyenda «Entrada libre», no logro contestar mi duda: por fin entro. Ya adentro del recinto me dirijo, de nuevo, a otra línea prolongada de personas interesadas en la misma exposición que un servidor con el único propósito de formarme. Me formo. Una mujer muy joven, perteneciente al staff de esa exposición, se me acerca con el único fin de aclararme que la fila a la que me he integrado es para la exposición El impacto de los medios en los mexicanos. Respondo que no hay problema, que a eso he ido. Me aclara también que Toño Esquinca no va a dar su “conferencia” ese día, ¿no hay problema?, me pregunta. En ese momento comprendí cuál había sido la causa de tanta gente; la mayoría se ha ido al enterarse de esto. Respondo que no existe ningún problema. Los que se quedan, algunos desilusionados por no poder ver a tan popular personaje —de la popularidad del personaje me he enterado un día después—, miran resignados sus cuadernos —porque han sido mandados de la escuela—, o a sus hijos o parejas —un día familiar en un museo sin “celebridades”, ni modo—. La espera es mucho mayor que la anterior. Cronometro mi espera: 53 minutos para ingresar a la exhibición. Una vez dentro miro el piso, hay una línea cronológica serpenteante: «1878, se crea el transmisor eléctrico de imágenes (primer dato); 2010, el IBOPE empieza a medir los hábitos del internauta mexicano (último)». Aquí ya existe un problema, ¿por qué hasta el 2010 los hábitos del “internauta mexicano” empiezan a ser medidos, acaso no existía la internet antes, por qué tardaron tanto? De nuevo no existe respuesta —y nadie más de ese lugar puede darla; lo único para lo que han sido entrenados es para decir “En la página de internet viene, señor”-. Dejo a un lado eso y me interno al pasillo siguiente. En éste, distribuidas en ambos lados, puede uno ver once pantallas de plasma “Alta definición” —las conté—, donde lo único observable eran comerciales hechos, o cuando menos proyectados, en la década de los ochenta. No sé si haya sido gratuito incluir meros comerciales de esta década cuando todos sabemos que ésta fue una donde los avances tecnológicos y técnicos tuvieron mayor importancia y, por supuesto, una más fácil adquisición para el mexicano promedio —o quién puede negarme que es la década en donde podíamos ver películas sin necesidad de salir de casa gracias a la VCR, donde uno podía llevar la música, ya buena, ya mala, a donde uno quisiera gracias a los Walkman, ya originales, ya piratas; donde pudimos ver hacia finales el paso de los casetes al Compact Disc, etc.—, de cualquier manera las interjecciones nostálgicas no se hacen esperar al ver a Chabelo en su famosísimo comercial “Mucho ojo, cuate, mucho ojo”. La gente rememora esos días que pareciera fueron mejores. Ríen con Alejandra Guzmán y su canción de Sabritas. Suspiran, señalan, sonríen, pasan de largo por el corto pasillo. Debajo de la pantalla más grande, tampoco sé si la posición es gratuita, hay una leyenda que reza
«Los anuncios publicitarios seducen a las audiencias para vender productos o servicios y transmitir mensajes a través de historias que provocan emociones, siembran aspiraciones y crean necesidades. Para idearlos, se hace un análisis y se representa una historia que atrape e invite al público a tomar una posición o comprar.
La publicidad retrata los distintos momentos de la civilización moderna y postmoderna. Redescubrirla puede vincularnos con momentos memorables de nuestra historia personal»
Reitero, pasan de largo, y sonríen de nuevo al ver a Michael Jackson, joven y sobre todo vivo, anunciando Pepsi. La información ha quedado para el olvido; eso de no tener imágenes o movimiento o sonido es un lastre muy pesado. Me quedo un rato pensando en lo que acabo de leer. Los anuncios “seducen”, vaya palabra fuerte. “Provocan emociones, siembran aspiraciones y crean necesidades”, no es cierto, un celular con miles de aplicaciones, aunque no sepa qué es una aplicación o para qué sirve, sí lo necesito. Necesito el auto más nuevo para que en la oficina me tomen en cuenta. Mis pensamientos son interrumpidos por una mujer, que presumo trabaja ahí, quien me dice “Señor, todo eso está en internet”, le contesto que no tengo internet, que aunque el INEGI informa que 32.8 millones de mexicanos tienen internet, yo pertenezco a los otros 70.3 millones que carecen de él. Desisto de tratar de comprender, y de hacer comprender a la señora que no todos tenemos las mismas posibilidades económicas y continúo el camino. Lo siguiente son unas pobres representaciones, por década, de salas de estar de un hogar mexicano. No sé a qué hogar mexicano fueron porque puedo asegurar, ante quien se quiera, que nunca he tenido una sala como una de aquéllas. La sala que representaba la década de los 80 gozaba de un sillón de piel, un cuadro, imitación por supuesto, de Diego Rivera, un tocadiscos, una televisión a color de 16 pulgadas, aprox., walkman, piso de linóleo —un cuadro blanco, otro negro, etc.—, discos de Tatiana y Menudo, en fin, una sala de estar perteneciente a una clase media alta. La de los 90 sólo cambiaba la forma y el color de las cosas, ahora eran más modernas, por no decir más caras. La de la primera década del milenio cambiaba la televisión por pantalla plana, el walkman por el IPod, el estéreo por un microcomponente, etc. Lo que puede deducirse de esto es que los medios no han evolucionado en la manera en que uno cree, que lo único que ha ido evolucionando es qué tan caro puede llegar a ser ese algo, qué tan bonito se ve o qué tan elegante es. Las necesidades ya no importan, lo que importan es lo que creemos necesitar. No importa su funcionabilidad, lo que importa es su apariencia. Si es caro entonces debe ser bueno.
En penúltimo lugar me encuentro con que el marketing ha clasificado a los mexicanos según su “Perfil psicográfico”: Mujer alfa, Ecologista, Mamá gallina, Generación X, Generación Y, Metrosexual. Ahora no somos hombre o mujer, niño o niña, ahora somos o ecologistas o mujeres alfa o mamás gallina —háganme el favor— o metrosexual. ¿Cómo saber si soy una mujer alfa? Fácil, si te preocupas por el aspecto físico y gastas el doble que el resto de los mexicanos en productos higiénicos y cosméticos. ¿Cómo saber si soy mamá gallina? Más fácil, si las actividades que prefieres son coser, cocinar, resolver crucigramas, decorar el hogar y tomar clases de cocina (eufemismos puros), entonces ya lo eres.
Es increíble que una exposición tenga como título El impacto de los medios en los mexicanos, como si fuera necesario que alguien nos dijera el impacto que tienen sobre nosotros los medios. Como si fuera necesario que alguien nos dijera que somos uno de los primeros lugares en cuanto a consumo se refiere. Para qué queremos saber que los únicos días en la que la mayoría de mexicanos, aquellos que pueden gozar de una televisión, vieron más las noticias fueron el 11 de septiembre y el de la muerte del Papa; ¿para qué me sirve saber eso? ¿Para qué quiero saber que las transmisiones que los mexicanos más vemos son los partidos de la selección («el partido internacional más visto en 13 años (1998-2011) ha sido México-Brasil, final de la copa Confederaciones», «uno de los días en que los mexicanos prendieron más la televisión fue el 6 de junio de 2010, partido México-Sudáfrica»), para qué?
En fin, si lo que he visto en esta exposición, tal y como reza la información final de la misma, algún día formará parte de la temática del Museo Nacional de Antropología e Historia, y «los antropólogos del futuro nos mirarán con el mismo asombro con el que ahora vemos a las culturas ancestrales que dieron origen a esta nación», prefiero empezar a cambiar mis hábitos de internauta y los de televidente y los de radioescucha acaso por un poco más de lectura.
Se puede comprobar, del 22 de septiembre al 12 de octubre, en la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional de Antropología lo que he dicho. Si alguien logra encontrar las respuestas, basadas en esta exposición, a mis preguntas iniciales le agradeceré me lo informe. Por el momento yo agradezco, a quien tenga que agradecer, que Toño Esquinca no estuviera ese día y en su lugar poder escuchar, en la micro sección destinada al radio, a Nananina acusar a José Candelario, Tres Patines, y a Rudecindo Caldeiro por la estafa en la venta de un automóvil.
