Carlos Olivares Baró
La ciudad habita a la mujer caminante que recorre las calles en busca de una huella. Portones con aldabas que se derriten en la calina de la tarde. Hay rostros, gestos, simulacros, olores, cosechas, voces, vapores, neblinas, ventanas, vértigos… El deseo es una inscripción en todos los zaguanes. El relente se cuela por las grietas: ventisca que humedece los ardores: aflujo de blandura: eternidad retadora: secuela de todos los silencios. Ciudad: atajo: amarradero: concurrencia: expectación: incertidumbre.
Suburbio: espejismo y azoro. Bestias que desbordan la cartografía calcada en los planos. Un jabalí merodea. La mujer conversa con los contornos: horizonte, mueca, maquillaje. La localidad se especifica por las embolias de sus hijos. ¿Cómo encontrar el muro en el que coincidieron los esplendores de la luz con la desolación de la sombra? Antílopes de mustios pasos, palomas de momentáneas acrobacias, niños desertando en velocípedos náuticos, ancianos de párpados cansados. Un jabalí se encarama en el barandal del cielo. Otoño desarropado y huérfano, prefijado por violenta canícula: sopor en medio del minuto interminable. La mujer embute en su bolsillo todas las recuas posibles. Hay un parque que la arrebuja. Hay unos árboles que la silabean. La villa, almanaque que cifra celajes.
Ciudad oculta ilustraciones de Zaida del Río- (Monarca Impresoras, México, 2011), de Minerva Salado (La Habana, 1945), cartilla en la que la Ville Lumière germina en la sima del azogue. Ciudad y abandono: espirales de orfandad galopante. Ciudad y destierro: trasposición de desnudez que dialoga con lo inexplorado. La ganadora del Premio Nacional de Poesía Julian del Casal de la Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos (Tema sobre un paseo, 1978) comparte con sus lectores el “secreto abierto” y desafiante de adentrarse y descubrir la topografía espiritual de una metrópoli desconocida. “El secreto yacerá en pedazos sobre las baldosas y la ciudad soñada, sus oquedades, sus palacios, su historia, habrá perdido el misterio”: vuelcos ensimismados: tarareos de un bolero introspectivo y prodigioso.
Especulaciones, rondas, impulsos, memoria suturada. La poeta caligrafía un itinerario de 17 acápites que bordan un lienzo de posibilidades azarosas: Presento, explico (Revelación de las razones del “viaje interior”); I (Ciudad entrañable, imaginada); II (Soledad y ciudad); III (Entresijos citadinos); IV (Eros y ciudad); V (Mujer desnuda/jabalí); VI (Tropeles y urbe); VII (Lasitud y refugio); VIII (Ciudad dormida); IX (Ciudad agredida); X (Inclemencia y ciudad); XI (Resaca de la lluvia); XII (Noche desnuda, cita); XIII (Deseo, silencio y precipitación); XIV (Amanecer en la ciudad); XV (Aparición del fantasma de La Habana. Alma mia); XVI (La Isla es el jabalí). Dietario, catálogo, carta de relación, apuntes cautelosos, miradas calculadas, memorándum esencial… La ciudad traza una ruta para cada peregrino. Ciudad oculta, testimonio de los derroteros que París hilvanó para una poeta curiosa. Ciudad, parábola del convidado.
Jardín de silencios y algarabía: impronta de celliscas cautelosas. Álbum de vestigios intactos: el cementerio de Montparnasse y sus cuarzos rociados por la llovizna; Saint Germain, Montmartre y las muchachas en bicicletas; Tzara susurra nuevas vocales entre los mármoles; París y “Un cuerpo desnudo en medio de la noche”; el Moulin Rouge descalza las iniciales en Pigalle; les champs Elysée: crucial espacio para catalogar el último renglón de Archivos del Norte de Yourcenar; cruzamientos, afluencias: intersecciones en las que se asoman visos de La Habana. Briznas, coplas, salmos, Alma mía, soleras, corredores, tranqueras…: “El deseo es un fantasma que habita en el silencio y la lluvia”.
Rememoración: la tinta de Zaida del Río teje un pañuelo de minúsculos pespuntes. Hay un jabalí que punza en cada ojeada. La mujer muerde los sabores de la intemperie. Urbe atribulada de impredecibles mareas naufragantes. Ciudad oculta: espacio agasajado. La autora de Herejía bajo la lluvia (2000) ha escrito un incitante texto de lenitivas resonancias: París, retumbo de gozosas confluencias. El jabalí se abalanza sobre los paisajes del sueño. Minerva regresa tatuada por el pliegue del “oscuro tinte de la noche”. Poeta en plenitud: instigadora de las seducciones ocultas en todos los enigmas.
