Alejandro Alvarado
El cuento, género poco socorrido por la literatura, es pasión en la mayoría de sus creadores. Mónica Lavín es una de ellos, y lo reafirma en esta charla que se dio a propósito de su volumen Pasarse de la raya (Mondadori), en el que reúne algunos cuentos anteriormente publicados.
—No quise hacer una antología de mis cuentos ni nada por el estilo sino jugar con algún tema que los hermanara, y eso es la transgresión. Pasar un límite, rebasar una raya, es una temática que estaba en muchos de ellos. Bajo esa óptica hice como un ejercicio lúdico, de revisión, de vuelta a traer al presente a la cuentista que soy, de permitirle a mis antiguos cuentos que habitaran otra casa, pues para mí el libro es una casa. Sin embargo, el cuento no nació para una casa, sino para andar solito, de vagabundo; aunque de repente nos empeñamos en reunirlos todos en un libro.
—¿Qué es lo que le interesa o la empuja para entrar en un cuento nuevo?
—Me gusta su efecto; no en el sentido efectista sino encontrar en un cuento lo que yo espero cuando leo. Quiero que me envuelva en esa red de palabras. Me gusta la creación de atmósferas a la manera chejoviana, en las que lo pequeño se puede ver magnificado. De Chéjov eso me gusta: que lo aparentemente trivial lo podamos suspender. En la escritura hay un efecto de matamoscas; das el golpe a algo y lo puedes mirar con detenimiento dentro del caos y el flujo de la vida. Para mí es la posibilidad de fijarse en lo invisible, ver en lo aparentemente pequeño, y tener ahí algo donde todos podamos estar o encontrarnos en nuestra fragilidad. La fragilidad es en la condición humana el aspecto que más me importa. Todo lo que hacemos es una especie de protección, de estrategia, de manera de eludir nuestra condición de frágiles.
—La presencia de la mujer en la literatura cobra cada vez más su justa importancia…
—Hice una antología en 1990 de cuentistas mexicanos nacidos en los años cincuenta, para una editorial estadounidense, y habían muy pocas mujeres. Hasta hace veinte años los hombres daban más batalla en la literatura; nosotras, digamos, llegamos después. Ahora las mujeres ya han estado en talleres y en escuelas de creación literaria, ahora sí hay muchas más voces femeninas y, además, voces muy distintas. Las mujeres cuentistas que leo, afortunadamente, no están preocupadas en escribir desde la condición de ser mujer, sino que tienen una mirada interesante, manejan el género en esta brevedad y tensión que se necesita; en el ángulo desde donde se capta algo con mucha fortuna y no hay una búsqueda de subrayar la condición de mujer. Pienso que en los cuentos de Inés Arredondo o de Rosario Castellanos, nuestras antecesoras, sí estaba presente la condición de ser mujer en muchas de sus historias. Ahora escribimos desde el hombre y desde la mujer.
—Usted ha mencionado que el género del cuento ha estado muy relegado…
—Existen muy pocos espacios donde se publica cuento, y hay muy pocos suplementos culturales. En Estados Unidos hay una gran tradición de incluir este género en revistas. Hay medios periodísticos que permiten crear lectores. Los lectores de cuento deben topar con él; así como tienen que toparse con la poesía. Se piensa que seduce más fácil la narrativa que la poesía, la cual tiende a lo abstracto. Lo que sí es claro es que le faltan espacios. La Internet va a hacer muchas cosas por el cuento. Hay páginas que lo están promoviendo notablemente. Revistas como la de Edmundo Valadés ya no existen. Carlos López ha tratado de editar en Praxis puro cuento, pero no tiene periodicidad; por eso Internet va a dar la batalla en ese sentido, creará lectores. Lo que sí tenemos son muchos concursos de cuento en este país. Luego hacen intentos, que a mí me parecen fabulosos, copiando una idea estadounidense de publicar los mejores cuentos del año. Lo hizo la editorial Planeta y estaba dando resultado pero los resultados son lentos, pausados, acumulativos, no son grandes éxitos de ventas.
—¿Cómo ve la situación del escritor en México?
—Es difícil vivir de la escritura. Uno siempre quiere estar dedicado a sus lecturas y a sus obras, lo cual es muy difícil, pero eso es algo que ocurre en todo el mundo. Hay que combinar la escritura con otra actividad para sobrevivir económicamente y buscar espacios, que sí hay, donde publicar. Cuando yo empezaba costaba trabajo el primer libro y pasaban muchos años para que te aceptaran otro pero ahora se le da más atención a los jóvenes. Hay estudiosos de la narrativa de los nacidos en los setenta y, además, los escritores jóvenes son atractivos para los editores. Lo que es difícil, quizás, es lo que decía Capote: cuando ya te cae el látigo de que escribir es arte, cuando se está satisfecho con lo que uno escribe y se logra una altura estética, es una batalla. A veces nos podemos decir: qué insensata tarea, por qué me dedico a esto. El autor no sabe si va a terminar de escribir una novela o si lo va a convencer o, lo peor, si la va a leer alguien. Eso es complejo, pero es adrenalina; es vital. Uno no puede dejar de hacerlo. No sé si es así con todas las pasiones en general pero si se camina en la dirección de esa pasión con perseverancia, o simplemente porque lo desea, pueden pasar cosas buenas.
—¿En su caso cómo fue enfrentarse a la literatura?
—Me gustaba contar historias y… porque soy curiosa. Siempre he querido saber más de lo que es mi circunstancia, ¿qué hay detrás de tal persona? y ¿cómo vivirán esos de allá? Esta curiosidad de ver detrás de lo que es permitido me llevó a contar historias y, principalmente, porque me interesan las pasiones humanas.
