Eran exactamente las 11.30 pm

Por Guadalupe Loaeza

Eran exactamente las 11.30 pm, cuando Enrique y yo entramos al elevador. Una vez que la puerta se cerró por completo, en ese preciso instante, se fue la luz. “Chin…!”, exclamó el doctor. Estaba furioso. Si algo hemos padecido desde que nos cambiamos, hace más de cinco años, a la colonia Roma, han sido precisamente los apagones, de ahí nuestro hartazgo respecto a algo tan vital como es la electricidad.

Sin embargo, nunca nos había sucedido en el interior del elevador y menos a esas horas de la noche.

De inmediato, Enrique tocó la alarma. El timbre se oía lejano; no era de extrañar, nos encontrábamos en el sótano. Los minutos pasaban y nosotros seguíamos a oscuras.

Mientras mi marido daba de golpes a la puerta, yo insistía en llamar desde mi celular a alguien para que viniera a salvarnos.

Era inútil, ni las llamadas ni los mensajes salían. “Estamos enterrados en vida…”, dije nerviosamente. Nunca lo hubiera dicho; mi comentario enfureció aún más a mi compañero de vida. Los minutos pasaban y nadie venía a nuestro auxilio.

Aunque la situación resultaba por demás alarmante, por extraño que parezca, yo me encontraba bastante tranquila. No estaba sola, Enrique estaba ahí y eso me bastaba para sentirme segura, incluso, el hecho de encontrarme encerrada en un espacio tan reducido y completamente a oscuras, me parecía una aventura, además de romántica, divertida. Pero el que no estaba nada divertido, era Enrique, mientras con una mano seguía con el dedo pegado al botón de la alarma, con la otra daba de manotazos fortísimos contra la puerta. Para entonces ya eran las doce de la noche. Mientras insistía en marcar, una y otra vez, en mi celular, le propuse quitar el techo del elevador tal como suele suceder en estas situaciones en las películas de James Bond. Seguramente mientras nosotros estamos en el elevador hay un ladrón robando el departamento.

La posibilidad me pareció aterradora. ¿Había sido entonces un ladrón el que había quitado la luz para robarnos? A partir de ese momento, empecé a imaginar una cantidad de situaciones, unas más insólitas que otras, como por ejemplo que nos encontraran abrazados sin vida. Imaginaba algunos titulares de los diarios: “Pacto suicida”. “Murieron por el monóxido de carbono del escape de un coche que se les olvidó apagar en el estacionamiento”. “He allí una historia de amor y muerte”. “Muere, asfixiada, bien abrazada a su marido”. “Víctima de un apagón en la Roma, muere pareja de ancianos”.

Y entre más imaginaba estas notas, más me ponía en manos de la Providencia y en las de la Virgen de Guadalupe. Como Enrique no cree en la Providencia, ni en la Virgen, continuaba tocando la alarma y pateando la puerta. Ahora con mucho más energía y más consumo de oxígeno.

“Cálmate, ¿por qué no me platicas acerca de tu infancia?”, le propuse con una voz entre maternal y sicoanalitica. “Que, quéee? ¿Crees que es el momento? ¡Qué cosas se te ocurren! ¿Por qué carajos nadie nos escucha?”.

Finalmente, gracias a un vecino que nos escuchó, vinieron la policía y los bomberos. Después de darles las gracias de 1o más efusivamente tanto al vecino como a su mujer, los cuatro subimos las escaleras, en silencio y a oscuras. Esa noche, Enrique y yo dormimos tomados de la mano. Las dos horas en el elevador nos habían unido como nunca…