Lo que el tiempo se llevó

Por Carlos Jiménez Macías

¿Y  yo por qué?, preguntó Vicente Fox con cara de mustio, cuando se le impidió ingresar al recinto de San Lázaro a rendir su Informe de Gobierno a causa de sus desafortunadas declaraciones sobre el proceso electoral de 2006. Lo único que consiguió fue polarizar al país, dejando tras de sí una presidencia altamente cuestionada.

Así la tomó el presidente Calderón, quien sin ocultar temores solicitó se dispensara al mandatario de la obligación constitucional de asistir al Congreso para rendir el informe anual de su administración. De ahí que el 15 de agosto de 2008, el día del presidente haya llegado a su fin; ahora sólo le basta enviarlo con un propio desde el calor de su hogar, pues toca a sus secretarios defenderlo.

La decisión no fue la más afortunada, forzoso es admitirlo, pues además de cancelar un instrumento de rendición de cuentas del presidente ante el Congreso, ahora se hace uso indebido de esta reforma para organizar eventos de promoción a su figura y a su gestión.

En eventos a modo, el presidente dirige su mensaje dizque a la nación —ante su partido y sus más cercanos amigos y allegados—, con lo que asegura el éxito de su intervención ante un público sumiso y aplaudidor.

Estamos conscientes de que el formato ya había caducado, pues no respondía a la realidad de un país necesitado de un auténtico mecanismo de diálogo institucional entre poderes, pues en los hechos el presidente ocupaba la tribuna sólo para enaltecer los logros de su administración, sin entablar ningún tipo de comunicación con los legisladores.

Por todas esas razones, el pasado 11 de octubre presenté una iniciativa ante el Senado, cuya finalidad es modernizar, de forma y fondo el formato de Informe Presidencial, a partir de una visión innovadora que permita mejorar el esquema vigente, con acciones para alcanzar un ejercicio de gestión pública apegado a principios de transparencia y rendición de cuentas.

Propongo que además de presentar su informe por escrito ante el Congreso, el presidente sostenga un diálogo republicano con los legisladores federales sobre el estado que guarda el país, por supuesto, con estricto apego al respeto institucional y sano equilibrio entre poderes.

Para ello, deberá entregarlo a más tardar el 15 de agosto de cada año, por lo que sería la Comisión Permanente quién recibiría y llevaría a cabo, en principio, el estudio y análisis del mismo. Así también se aprovecharían al máximo las dos últimas semanas del segundo receso legislativo.

Con este mecanismo, el legislador contaría anticipadamente con información sustentada, objetiva y suficiente para formular preguntas al presidente el día del informe, que seguiría siendo el 1° de septiembre de cada año. Qué mejor que este ejercicio se haga ante el Congreso, máxima representación popular de los mexicanos.

De esta manera, al término de su discurso el presidente permanecería en el recinto para responder las preguntas de los diputados. He propuesto que sea sólo un diputado por cada fracción parlamentaria representada en la Cámara, para evitar pronunciamientos extensos, tomando en cuenta la solemnidad y circunstancias del acto. Las respuestas del presidente procederían inmediatamente después de que el diputado haya formulado su cuestionamiento, las cuales se formularían con base en la información que el Ejecutivo haya proporcionado en el informe escrito.

Aclaro que esta propuesta no busca implementar un mecanismo de sometimiento de un poder sobre otro, sino establecer un método claro y respetuoso de diálogo entre el Ejecutivo y el Legislativo, que dé a conocer de manera fehaciente, pública y comprensible los resultados de las políticas públicas aplicadas para el desarrollo y crecimiento del país.

México lo merece. Lo merecemos todos. Que no le tiemblen las corvas, señor presidente…