Democracia constitucional

Por Carlos E. Urdiales Villaseñor

Más allá de la disciplina priísta para no destapar antes de tiempo a nadie y montar foros regionales que pretenden discutir el proyecto de país que ese partido político convertirá en plataforma primero y, en caso de ganar, en programa de go­bierno, subsiste una discusión de fondo entre dos ma­neras de ver y entender el ejercicio del poder desde distintas ópticas.

La aparición del manifiesto por una democracia constitucional que firman académicos, analistas y políticos de distinto signo partidario se suma al debate que de priísta pasa a ser nacional, o al menos debería. Dos pistas que parecen ir en paralelo cruzan sus propuestas. Argumentan con la realidad que hemos constatado desde 1997, go­biernos federales divorciados del Congreso que no logran operar ni cambios ni mejoras sustantivas. Gobiernos divididos, enfrentados e ineficientes.

Con la llegada del tripartidismo a nuestro país, donde cualquiera de los tres principales partidos puede ganar, se da el incentivo perverso de querer esperar un turno al poder a partir de que al ganador inmediato le vaya mal y donde la colaboración se sataniza porque corre el riesgo de dar réditos al contrincante que pudiera dar resultados y por lo tanto refrendar la posición de poder que los otros esperan. Natural, legítimo y mezquino. En ésas hemos andados y así nos ha ido.
No se plantea en el manifiesto la idea de una coalición electoral entre antípodas para ganar por ganar, sin el sustento de una coherencia mínima de orientación

ideológica y programática. No. Se trata de que quien gane convoque desde su posicionamiento a los demás actores y contrincantes partiendo de la sencilla y al mismo tiempo compleja premisa de que se puede ser rival sin ser enemigo. Pensar que sí es posible caminar sobre coincidencias concretas y no sobre generalidades que no pasan de promesas que jamás se cumplen. Ir sobre los cruces de interés común que por cierto, deberían ser muchos.

No es dato menor que entre los firmantes del manifiesto por una democracia constitucional estén Manlio Fabio Beltrones, Marcelo Ebrard y Manuel Camacho. No lo firma Enrique Peña Nieto.

No tendría por qué, toda vez que él ya se ha decantado por una cláusula de gobernabilidad que devuelva el poder al centro del poder, que quite ese dique de sobrerrepresentación en el Congreso que, por ejemplo, hoy le habría permitido al PRI ser mayoría simple por sí mismo. Ese tope para que, aun ganando más votos, no se pueda tener esa representación. Y es que en el origen se buscó garantizar la entrada y permanencia de pequeños adversarios políticos tan necesarios en ese entonces, como inútiles hoy en día. Eso quiere y piensa Enrique Peña Nieto, que la cláusula de gobernabilidad le devolvería eficiencia al ejercicio del poder, y por supuesto a quien lo ejerza, que supongo pensará será él.

Ese es el fondo del debate y de la propuesta por go­biernos de coalición, los que sí y los que no. Las cartas sobre la mesa. A la propuesta le hace falta tiempo y maduración pero suena viable y sobre todo necesaria.

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