Opciones de cambio

Por Raúl Rodríguez Cortés

Desde 1997, después de las elecciones intermedias del sexenio de Ernesto Zedillo, ninguno de los presidentes ha tenido y dispuesto de una mayoría legislativa absoluta de su propio partido. Los últimos 13 años conforman así la era de los “gobiernos divididos”, presidencias inmovilizadas, de pronto hasta paralizadas, por la falta de una mayoría en el Congreso y de instrumentos legales específicos para construirla en coalición con otros partidos en aras de la gobernabilidad.

Los “gobiernos compartidos” o de coalición son propios de regímenes parlamentarios: Si el partido que gana las elecciones no alcanza la mayoría absoluta en el Parlamento, está obligado a construir con otros una mayoría, lo que llaman formar gobierno. No es el caso de México donde el régimen es presidencialista y el Ejecutivo había sido lo suficientemente fuerte (sobre todo con un partido hegemónico como lo fue el PRI durante 70 años) para disponer de una mayoría legislativa que lo acompañara en el gobierno.

Sin embargo hay experiencias de sistemas presidencialistas con instrumentos parlamentarios para construir mayorías de gobierno. Eso sucede, por ejemplo, en Argentina, con el jefe de gabinete; en Uruguay, con la moción de censura; y en Estados Unidos, con la ratificación del gabinete presidencial.

¿Requiere México alguno de esos mecanismos?

Todo indica que sí ya que lo que se vislumbra para 2012 es otro “gobierno dividido” en el que quien gane la Presidencia no tendrá, otra vez, la mayoría del Congreso. Y es  más, no son pocos los que piensan que el año entrante viviremos una reedición del conflicto postelectoral de 2006 sin herramientas suficientes para procesarlo constructivamente.

De ahí que llame la atención el planteamiento hecho la semana pasada por un grupo plural de académicos y políticos a favor de un gobierno de coalición. Entre los firmantes no sólo están los panistas Javier Corral, Santiago Creel, José González Morfín,  Diódoro Carrasco, Ernesto Ruffo y Francisco José Paoli; o los priístas Manlio Fabio Beltrones, Francisco Labastida, Pedro Joaquín Coldwell y Fernando Lerdo de Tejada; o  los perredistas Cuauhtémoc Cárdenas, Lázaro Cárdenas Batel, Manuel Camacho, Marcelo Ebrard y Armando Ríos Pitter. También están académicos y escritores como Carlos Fuentes, Jorge Volpí, Miguel Angel Granados Chapa, Rolando Cordera, Diego Valadés, Denisse Dresser,  José Antonio Crespo y José Woldenberg.

En total 46 firmantes que plantean que “si ningún partido dispone de mayoría en la Presidencia y en el Congreso, se requiere una coalición de gobierno basada en un acuerdo programático explícito, responsable y controlable, cuya ejecución sea compartida por quienes lo suscriban”.

Ojo: no se habla de coaligarse para ir a la elección (premisa a partir de la cual confrontaron posiciones Andrés Manuel López Obrador rechazándola, y Marcelo Ebrard respaldándola). Se trata de coaligarse para garantizar gobernabilidad después de comicios de los que resulta un “gobierno dividido” (premisa respecto a la cual la dirigencia del PAN opina que es mejor una reforma política más amplia con la opción de los gobiernos de coalición después de una segunda vuelta electoral; mientras que la del PRI no ha fijada una posición).

Sin embargo, hasta donde se sabe, la única iniciativa de ley existente al respecto (y presentada al Senado el pasado 14 de septiembre) es del senador Manlio Fabio Beltrones  y el grupo parlamentario del PRI.

Propone reformar los artículos 73, 76 y 89 de la Constitución para que el jefe del Ejecutivo posea, de manera opcional, la posibilidad de integrar un gobierno de coalición, esto es, una mayoría gobernante, en cuyo caso el Senado ratificaría a los integrantes del gabinete presidencial y ambas cámaras legislativas registrarían las políticas públicas convenidas para su observancia y seguimiento, aunque en todo momento el presidente mantendría la facultad de nombrar y remover libremente a los integrantes de su gabinete, lo que aseguraría la estabilidad del gobierno y la eventual solución de una crisis en la coalición.

Este parece ser el camino de los acuerdos y sobre todo de la reconciliación nacional, siempre y cuando tenga en la mira esos altos fines y no solo maniobras electorales dirigidas a bloquear personajes muy adelantados en las encuestas o verdaderas opciones de cambio.

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