Por Carlos Jiménez Macías

El debate no es de ahora: macroeconomía versus microeconomía.

El presidente Calderón trata de disimular el fracaso de la gestión de la hacienda pública —de lo que usted y yo hemos aportado para crear la riqueza del país, claro está— con el juego de los grandes agregados. Vaya usted a tratar de convencer, puesto que él no lo hará, al ama de casa de Chimalhuacán que no logra ajustar su gasto a las necesidades mínimas —minimísimas— de su prole; al honrado trabajador que tiene que explicar a su hija que debe abandonar sus estudios porque no puede ya pagar las colegiaturas en alguna universidad patito, que no se apure, que son daños colaterales en el contexto de una brillante gestión de la economía nacional.

Un inteligente chascarrillo aparecido en días pasados en la columna Templo Mayor del diario Reforma muestra, como en una caricatura, la realidad que vivimos. Cuenta F. Bartolomé: “Gran sorpresa causó la designación de los estadounidenses Thomas Sargent y Christopher Sims como ganadores del Premio Nobel de Economía. Lo sorpresivo del anuncio fue que todo el mundo daba como seguro galardonado a Ernesto Cordero por su teoría de los seis mil pesos para vivir como rey…”
Y ese adalid de la economía, responsable de la cartera de Hacienda en el régimen de Calderón, aspira a ser nada menos que ¡presidente de la República! …

La ausencia de reformas estructurales, la debilidad acentuada del mercado interno, la dependencia de un solo mercado y el entreguismo a los dictados del Fondo Monetario Internacional, son algunos —hay muchos más— de los factores que explican el decaimiento de la economía y su feroz repercusión en los sectores sociales más desprotegidos.

El producto interno bruto en el sexenio de Felipe Calderón tendrá un crecimiento promedio de apenas 1.8%. Allá los economistas que expliquen al grueso de la población qué quiere decir eso, qué se esconde detrás de las siglas siniestras PIB. Pero en pocas palabras significa que nuestra economía estuvo muy por abajo del crecimiento de la población, que buena parte de la riqueza que todos contribuimos a crear se dilapidó en gastos suntuarios, en salarios exorbitantes, en obras públicas sobrevaluadas, en obscuros manejos de los fondos públicos… La corrupción, pues.

Claro, siempre hay a quien echarle la culpa para ocultar la propia torpeza: la recesión en Estados Unidos, que comenzó con aquel famoso catarrito, es un buen pretexto para explicar la ineficacia.

Una estabilidad financiera (otra vez, explíquele que quiere decir eso a la señora de Chimalhuacán), un tipo de cambio razonablemente devaluado y una supuesta sanidad de las finanzas públicas, no bastan para justificar un deterioro en la tasa global de crecimiento —mucho menos para explicar la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores— de aquéllos que sí tienen un trabajo estable. Los que aún no lo han perdido como millones de los mexicanos que figuran en las estadísticas como población activa, a diferencia de otros tantos que tratan de traspasar la frontera para escapar a la miseria a la que el actual régimen los ha condenado.

El gran problema de México es la impunidad. Y la corrupción. Pero, cuidado, el mal manejo de las finanzas públicas es una forma de corrupción.

Como tal deberá ser castigada…

cjimenezmacias@yahoo.com.mx