Eugenia Revueltas
Una de las investigaciones más interesantes que se han realizado, en torno de la literatura popular y con ella de ciertas constantes de la conciencia y el imaginario colectivo, es la que realizó Vladimir Propp sobre la morfología del cuento folclórico. En ella, Propp ve cómo en esta forma literaria que es una, si no es que la primera de las formas de la narratividad humana, hay una serie de constantes que forman un núcleo invariable que nos remite a actitudes que son privativas del hombre. Dentro de estas constantes encontramos aquella que se refiere al encuentro del héroe con la encrucijada, este espacio simbólico frente al cual el hombre ha de elegir un camino; sabemos que todos los hombres, en algún momento de su vida, se encuentran frente a una encrucijada y la elección de un camino frente a las diversas opciones que la encrucijada ofrece, marca el destino de un hombre. En este trabajo, intentaré acercarme a tres de las grandes encrucijadas frente a las que se encontró Revueltas: la de la vocación, la del compromiso político y la del amor.
Pareciera que Silvestre Revueltas desde su nacimiento se vería enfrentado al reto de las encrucijadas. Nace la noche del 31 de diciembre de 1899 para amanecer el 1° de enero de 1900, final de un siglo, principio de otro; fin de un año, inicio de otro; fechas que dentro del imaginario popular nos remiten al inicio de una nueva
forma de vida, de la esperanza y de la realización de los proyectos. En México, fin de una época que todavía va a ir agonizando durante diez años más, pero cuya simiente será la del México de la Revolución.
Encrucijada de la vocación
Forma parte del anecdotario de Revueltas aquel fragmento autobiográfico en el que él narra cómo un día llegó a Santiago Papasquiaro una banda musical y quedó inmediatamente seducido por la música.
Era muy pequeño -tres años, me cuenta ella- cuando por primera vez oí música. Era una orquestita de pueblo que tocaba la serenata en la plaza. Yo estuve de pie escuchando largo tiempo y seguramente con una atención desmedida, pues me quedé bizco. Y bizco estuve por tres o cuatro dias. (Ahora, ¡desgracia mía!, ya no me quedo bizco ante los músicos.)
Cada día contemplo la imagen de aquella banda en un cuadro que Consuelo Revueltas pintó y que se llama La banda de Tucuchamona, y pienso que el destino de los sonidos de aquella banda que tantos y tan diversos sueños despertaron en él, fuera el llamado de una vocación que cada día se tornaría más exigente y que no acabaría
sino con su vida.
Una situación en la que no se ha hecho hincapié es el apoyo que recibió el niño Silvestre por parte de sus padres, que en lugar de poner el grito en el cielo porque su hijo quería hacer música, hicieron todo lo posible para que ese impulso artístico no se perdiera. El abuelo José puso maestro a su hijo, y tal vez debería yo para ser precisa y justa, a sus hijos, para que éstos recibieran una educación que antes como ahora, era de excepción, puesto que no sólo se reducía a la educación formal, sino más bien a que el interés de los padres se volcó hacia la educación artística de los hijos.
Cuenta la tradición familiar que por las tardes, cuando el severo abuelo llegaba a la casa, los muchachos acudían a saludarlo, y una vez que merendaban, se sentaban alrededor de los padres y escuchaban la lectura en voz alta que José o Romana hacían para sus hijos. Dostoievski, Pérez Galdós, Balzac, llenaron con sus voces la imaginación de aquellos niños, que nacieron en tierras durangueñas; tal vez la influencia más fuerte, la que podemos encontrar como influencia ética y estética más profunda, es la que Dostoievski ejerció sobre ellos, fundamentalmente en Silvestre, Fermín y José. Lo asumieron de tal manera que podemos encontrar en el carácter del héroe phármaco de José en Los días terrenales o en los osttinatos y adaggios del universo sonoro de Silvestre, como estructura sígnica la influencia del escritor ruso.
A partir de aquellos años, la familia Revueltas inicia su destino itinerante que los hace ir de Santiago a Lerdo, Durango, Colima, Guadalajara, la ciudad de México, siempre en busca de una vida mejor; don José, hábil comerciante, logra un bienestar económico moderado que le permite hacerse cargo de una enorme familia, puesto que se responsabiliza de la de la esposa. En México, y ya poseedores de unas bodegas y una casa en la colonia Roma, alcanza una bonanza que desaparecerá casi inmediatamente a su muerte.
Durante estos años que van de 1904 a 1916, el niño Silvestre estudia música con una especie de voracidad que llama la atención a sus maestros, hasta el momento en que siente que debe de buscar en otros lugares; y así es enviado por su padre a Saint Edwards College en Austin, Texas, y posteriormente a Chicago en el Musical College.
Fui creciendo y tocando.
Vine a México. ¡México! Hice versos inevitables y escribí cartas con puntos suspensivos. Mi buen padre se alarmaba…
Seguí estudiando música y fui poco aplicado. Desde muy temprano amé a Bach y a Beethoven. Me gustaba pasearme a grandes zancadas, con la melena alborotada y los brazos cruzados a la espalda, por las románticas avenidas de Chapultepec. Siempre tuvieron gran influencia sobre mí esas litografías y grabados que muestran al pobre de Beethoven con cara de pocos amigos desafiando un desatado tormentón. Yo no podía hacer menos.
He tenido muchos maestros. Los mejores no tenían títulos y sabían más que los otros. De ahí que siempre haya tenido muy poca veneración por los títulos. Ahora, después de muchos años, sigo estudiando, sigo teniendo maestros, escribo música, sueño con remotos países y a veces doy tamborazos en tinas de baño.
Durante los años de 1917 a 1920, su padre le ayuda a estudiar en los Estados Unidos; y es interesante observar, puesto que forma parte de esta elección de caminos que hemos venido subrayando, el hecho de que, en la búsqueda de un lenguaje sonoro que corresponda a su “música mental”; cuando un maestro le señala el hecho de que lo realizado por él en su clase de composición muestra una clara semejanza con el universo sonoro de Debussy, él decide no crear hasta que encontrara su propia voz: “resolví no componer jamás, sin crear mi propio lenguaje.” Esta búsqueda se va a prolongar en lo que podríamos llamar sus años norteamericanos. Años en los que al trabajo diario del atrilista, va a ir sumando el de la apropiación de los medios sonoros, de las líneas estéticas a partir de las cuales se irá irguiendo su obra musical.
La vida de Revueltas, como la de todo artista, no es fácil, ya que no se podrá dedicar íntegramente a la creación, puesto que ha de buscar “el pan de cada día”, lo que lo obliga a trabajar en lugares que detesta por el nimio horizonte que para la creación y la realización de sus proyectos, le ofrecen tales trabajos. Tal vez lo que se recuerda con más alegría de aquellos años, son los recitales que junto con Carlos Chávez y Lupe Medina de Ortega realizan tanto en México como en los Estados Unidos. Por ello, cuando Carlos Chávez, ya afincado en México, le ofrece el puesto de Subdirector del Conservatorio Nacional de Música, Revueltas acepta entusiasmado; ya que es el México de la post-revolución, preocupado por definir una política cultural que sea expresión de este México.
Mucho se ha hablado de Revueltas nacionalista, aunque si nosotros atendemos a su obra musical, veremos que en él se conjuntan varias vertientes musicales que lo alejan de un ñoño nacionalismo, folclorista y literal. Revueltas, en esta época que es la que va de 1929 a 1940, y que algunos han llamado “la década prodigiosa”, crea a partir de una búsqueda musical, que ya es expresión de madurez, y un encuentro con una voz con perfiles perfectamente definidos, que como señala Manuel Enríquez, no permiten pensar en algo inconcluso referido a la obra de Revueltas, sino que su obra es una obra en plenitud:
Tanto en vida de Silvestre, como después de su muerte, han existido gentes que al hablar de su música y con pedantería e ignorancia han dicho que sus obras son originales, atractivas, suenan mexicanas, etcétera, pero que carecen de técnica y de una depurada elaboración académica; al analizarlas debidamente y con un criterio desapasionado y profesionalmente sólido, saltan a la vista y de inmediato, partituras que desmienten aquel concepto, pues se trata de una música nacida desde otro punto de vista creativo, en la que el autor deliberadamente y con gran talento y habilidad evita referencias de formas y patrones tradicionales; no sólo estructuralmente, sino en cuanto a lenguaje armónico, instrumental y desarrollo temático.
La encrucijada política
Formado bajo la influencia de las lecturas dostoievskianas, el amor a los “humillados y ofendidos” de la tierra va a ser una de las constantes del perfil ético de Revueltas. La causa de los pobres, la contemplación de la injusticia, la lucha por la libertad, van a ser vectores de acción de Revueltas que van a cumplirse con plenitud durante los años 1936-1939, años de la Guerra Civil Española, con la que se va a comprometer no sólo política, sino existencialmente. La Guerra Civil, la causa republicana, no serán para Revueltas sólo enunciados o proclamas políticas, sino una causa que se va a asumir con toda plenitud y que cuando fracasa, el dolor que Revueltas padece, es de tal modo profundo que casi podríamos afirmar que es determinante para su temprana muerte.
Su compromiso con lo que podríamos llamar “la izquierda”, se empieza a dar desde sus años norteamericanos, a grado tal que las diferencias ideológicas con su primera mujer, van a ser determinantes para su divorcio: “…he llegado a la conclusión (lo que no implica un reproche ni que te quiera mal) de que, infortunadamente, aunque coincidimos en ciertas cosas, nuestros medios y forma de realizarlas son enteramente diferentes, y no sólo eso, sino que las cosas en las que aparentemente coincidimos son de una vana naturaleza exterior; en el fondo, profundamente, difieren del todo. Tu ideología se basa en las concepciones sociales y éticas de la burguesía que está dando su última batalla en todo el mundo. Mis ideas sobre los problemas éticos sociales tienen otro sentido y fuentes diferentes: proceden del pueblo, de los trabajadores, los oprimidos y los explotados, amos del futuro.”
Tal vez se podría pensar que esta visión de Revueltas no deja de caer en lo que se llamó el optimismo staliniano, pero no olvidemos que en esos años, y sobre todo en América Latina, socialismo, comunismo y anarquismo eran ideologías cuyo deslinde como praxis política frecuentemente no era muy claro, más bien podríamos hablar de que lo que predominaba era una especie de socialismo utópico difuso en muchos de los artistas y pensadores que no eran militantes, sino que más bien eran compañeros de viaje.
La Guerra Civil Española vendría a puntualizar y a definir estas actitudes. Frente al fascismo no eran posibles actitudes intermedias: se era fascista, o antifascista; de modo que Revueltas, junto con muchos intelectuales y artistas que formaron parte de la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revoluciionarios), se unieron sin cortapisas a la lucha del pueblo español contra el nazifascismo interior y exterior.
Nunca el rostro de Revueltas lució más entusiasta y alegre que en aquellas fotos de la partida hacia España; el puño en alto, la sonrisa abierta y la mirada clara, conforman la imagen de Silvestre Revueltas en su viaje a España. Sabemos que no todo fue así, tal vez el recuento más doloroso de este viaje es el que Elena Garro hace en su crónica: Memorias de España. La verdad puede ser la conjunción no sólo de estas dos visiones, sino de muchas más que forman parte de la información contenida en documentos, memorias, fotografías y sobre todo, en el caso de Revueltas, en la música.
Revueltas nos ha dejado un invaluable testimonio sobre la experiencia española en un epistolario que hace tiempo publicó la UNAM y que después será reeditado en Silvestre Revueltas por él mismo. La lectura de este material nos permite acceder al mundo interior de Silvestre Revueltas, ya que siendo unas cartas dirigidas a su esposa sin otra intención que la de la comunicación amorosa con una mujer, en ese momento distante y por ello mismo anhelada y amada, nos enfrenta a una interioridad atormentada y demandante que sólo se libera de la opresión amorosa en función del compromiso político; casi podríamos señalar dos vertientes en estas cartas: la de la soledad y la añoranza de la esposa y de la hija, y la del entusiasmo político.
Camaradas de México, amigos, hermanos de mi entrañable pueblo tan distante en este momento:
Yo quisiera llevar hasta lo hondo de vuestro anhelo, hasta lo íntimo de vuestra esperanza, el dolor erguido y el heroísmo abierto y luminoso de este pueblo español, hermano nuestro. Yo quisiera hacer llegar hasta vuestro corazón leal, forjado también en el dolor de nuestras luchas, todo el cariño, la admiración, la ternura radiante que este pueblo siente por el nuestro, para comprenderlo, para ayudarlo, para amarlo. Para construir juntos el futuro limpio y alto de nuestros hijos. Para luchar juntos, denodadamente; en las trincheras, en la cátedra, en el libro, en el poema, contra la oscuridad que sepulta las conciencias; contra la muerte que siembra cadáveres de niños y mujeres -muerte negra y despiadada, al servicio de los poderosos sin vergüenza y sin honra.
La encrucijada amorosa
Alguien ha dicho que para ser un gran creador, es necesario vivir como “desollado”; vivir con tal plenitud que no sea posible pasar la vida simplemente sin sentir, sin comprometerse, sin sufrir. Esa condición de vivir dolorosamente, de sentirlo todo, de estar “dado”, podría decirse que es el núcleo fundamental de Silvestre Revueltas.
En un trabajo escrito hace tiempo que llamé “Silvestre no tiene quién le escriba”, señalé cómo, desde sus primeros años, hay en Revueltas una necesidad imperiosa de amor y comprensión que ya de niño se muestra en esta solicitud que a manera de ritornello. aparece en sus cartas: escríbanme, por favor, escríbanme, petición que frecuentemente era desoída. Tal vez no por falta de amor, sino porque la respuesta moderada, convencional y escasa no correspondía a la intensidad del demandante.
Una vida amorosa muy compleja es la de Revueltas; su primer matrimonio se rompe por incompatibilidades ideológicas como ya lo hemos señalado; el segundo, por incompatibilidades en las edades, ya que su segunda esposa era unos quince años mayor que él, y la tercera diez años menor que él y con un carácter que, si al mismo tiempo lo seducía por ser precisamente su antípoda, lo sumía en la profunda desesperanza de sentirse viejo y no amado. Lo profundamente doloroso de esto, es que este hombre que a lo largo de los meses le pide a su mujer que le escriba, cosa que ella hace, pues escribe siete veces en siete meses, no es ni viejo ni no amado; pero tal vez el drama estriba en que ese amor no correspondía a sus exigencias amorosas. La aguda sensación de abandono y soledad permea los textos.
…Hay días abatidos, mi amor, como estos últimos días. Hago esfuerzos por sobreponerme a mi inquietud y a mi desaliento. Llueve incesantemente y me invade la tristeza húmeda y gris de la lluvia. Tengo frío y tedio.
…Pensaba escribirte una carta muy larga, decirte los menores detalles de las cosas, mis pensamientos, mis proyectos, mis ilusiones, todas las palabras que te dirijo a cada momento como si estuvieras junto a mí, pero es realmente imposible; todo me resulta frío, no es lo que quisiera decir, es mucho más, muchísimo más. Y no se puede escribir; nunca se encuentran las palabras adecuadas, y además las palabras no pueden expresar la sola presencia; una mirada, un contacto…
Tengo la extraña sensación de que te estarás burlando de mí, al leer esto. ¡¡Qué le vamos a hacer!! Riámonos juntos. Y para evitarlo, porque de todas maneras es desagradable reírse de lo que tiene uno de más bueno e íntimo, cortemos aquí esta luminosa carta.
Sin más circunloquios (!!!). No puedo vivir sin ti. Eso parece el título de una canción de nuestro Agustín. Si tuviera tiempo le pondría música. Como no tengo, la chiflo. ¿Me quieres? ¿No? Bueno. ¿No me quieres? ¿Sí? Bueno también.
Como ves, por inspiración no queda. La vida vale un cacahuate. ¡¡¡Olé Olé Olé!! Y yo también Olé Olé Olé. ¿Qué tal, eh? (No vayas a creer que he bebido.)
Como puede verse en los dos textos anteriores, Revueltas pasa de un estado de aguda conciencia de su abatimiento al de una especie de ironía y juego desesperado en el que amor y desconfianza, ironía e inseguridad son la materia prima de la carta. Esta carta escrita el 10 de noviembre de 1937 es una de las más complejas, psicológicamente hablando, de este epistolario y que por falta de espacio no podremos citar completamente. No ha recibido la ayuda de cien dólares que necesitaba para ir a Rusia, pues Rosaura no se la ha enviado; sus compañeros de viaje han partido, no tiene dinero, tiene frío, soledad y desamor, y aun así juega e ironiza.
Mi amor, mi amorcito, ¿no será una cosa ridícula que te quiera así? Yo creo que ya estoy chocheando…
Afortunadamente todavía me queda mi sonrisa y mi voluntad… Puedo fácilmente reírme de mí mismo y de todo lo demás. Pero a pesar de todo me duele un poco el corazón. Corazón mandria, ¿verdad?
El regreso de España y la derrota van a ser una especie de gota que derrama el vaso de su desesperanza que lo lleva a beber sin medida, a grado tal que va a necesitar ser internado en un sanatorio. El ”Diario en el sanatorio” va a ser escrito durante 1939; leerlo es como penetrar a un abismo al cual sólo se puede acceder o desde la indiferencia total para que no hiera, o desde el amor extremo para que hiriendo se pueda el lector comunicar con él. El diario expresa la última encrucijada a la que este hombre se enfrenta y en la que escogerá con los ojos abiertos y sin engaños el camino que lo llevará a la muerte.
Qué bella es la vida fuera, bajo las trincheras, en el fuego. En cambio, cómo se siente angustiado el corazón entre las paredes de una cárcel de gemidos, de manos extendidas, de vergüenzas ocultas y desesperadas.
Los terribles sentimientos que ya se avizoraban en su epistolario de España van a cobrar toda su plenitud en este texto.
¿Es una enfermedad llorar?
Porque si un médico te ve llorar, como no sabe ni puede consolarte, te pone una inyección. Es el concepto científico, naturalmente, y hay que inclinarse reverentemente. En efecto -dicen ellos-, es algo de naturaleza nerviosa; y te dan un calmante. Tus lágrimas se detienen, naturalmente (lo cual ya es creer en la eficacia de la ciencia), pero tu alma sigue tan desolada como antes.
La condición de alteridad del ellos y el yo, y la imposibilidad de comunicación entre ambos es definitiva. El hombre está solo con su propio dolor, y tal vez el único asidero a la vida, a la felicidad y al amor estará en el amor filial, que queda explícito en el texto final del diario.
¿Cuánto me quieres?, le pregunto a mi pequeña hija. “Como 27 kilómetros”, me contesta. ¡Qué enorme distancia para andarla a pie y con amor! Pero te compraré un automóvil de juguete y pronto los recorrerás. ¡27 kilómetros! ¿Te imaginas? Casi de aquí a la luna.
Y cuando seas grande, ¿con quién te casarás, tú tan negrita, seguramente con un güero, verdad? “No, con nadie -contesta-, o más bien sí, ¡con un zapato!”
“Oye papá, ¿sabes?, yo quisiera ir a aquella estrella. ¿Se podrá? Podremos ir sentados en una nube y cogerla, y luego caeremos en una de estas macetas.”
Parecen cosas de un loco, pero son de un niño.
Y luego. “¿Cuándo me comprarás el automóvil?” Mañana, contesto.
“Ay, papá, ya hoy es mañana.”
Silvestre Revueltas por él mismo: Apuntes autobiográficos, diarios, correspondencia y otros escritos de un gran músico. Recopilación de Rosaura Revueltas. México, Ediciones Era, 1989. Pág. 27.
Ibídem. Pág. 29.
Ibídem. Pág. 13.
Ibídem. Pág. 46.
Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios
Op cit. Pág. 107.
Ibídem. Pág. 131
Ibídem. Pág. 137
Loc. cit.
Op cit. Pág. 165.
Ibídem. Pág.173
Ibídem. Págs.176-177.
