(Segunda y última parte)
Ricardo Muñoz Munguía

Los ensayos que integran Juego y Revolución son acercamientos a la narrativa, a la poesía, al arte, y abordan una amplia muestra de la labor creativa y de aspectos culturales que forman un compendio de la mirada de Juan Antonio Rosado ubicada en una década y, principalmente, en autores que él admira. Por ello, este libro consigue abrir nuevas miradas para acercarse y tener una reflexión de numerosos tópicos de la literatura mexicana.

Así como un buen soneto, que tiene que nutrirse de alcances que transforman al que lo percibe y ajustándose a su métrica y número de versos; así el libro de Juan Antonio, el que consigue adentrar una década, la de los sesenta, en un libro que se distingue con la medida exacta y, sobre todo, con el excelente trato narrativo, por llamarle de algún modo, a la invitación que hace el autor para que el lector no sólo se adentre, sino también se ilumine con una década imprescindible.

El volumen de Rosado, en su segunda parte, completa las piezas temáticas que pertenecen a los sesenta. Ello lo hace centrarse en Juan Miguel de Mora, en seis facetas: lo entrevista sobre la guerra de Vietnam; en otro punto aborda sobre la Plaza de las tres culturas y el movimiento del 68, así como las versiones de la historia oficial que caían en omisiones, mitos y mentiras; por otro lado, se encarga del libro El hombre que no había nacido, así como La medicina en la antigua India y, cierra la sexta faceta, en un mexicano en la Guerra Civil Española, sobre el testimonio de Juan Miguel de Mora, el que contiene “la importante participación de mexicanos en el frente, combatiendo y arriesgando su vida a cada instante”. De Emmanuel Carballo revela su labor desde Diógenes, la revista que fundaría y las diversas travesías que vivió en esa publicación. Más adelante aparece Inés Arredondo; Farabeuf, de Salvador Elizondo, la revista masculina Caballero y sus líneas eróticas 41 años después. En otro ensayo, Juan Antonio dedica un apartado a la obra y muerte del compositor, Juan Antonio Rosado Rodríguez, su padre, por supuesto. Sobre Juan Vicente Melo abunda en la novela nihilista La obediencia nocturna. De Juan García Ponce se encarga de La invitación, libro que abunda en el tema mítico-iniciático con el político; el erótico-intimista con el realista y, por último, muestra a Carlos Valdés, a veinte años de su muerte.

Samuel Ramos, en su libro El perfil del hombre y la cultura en México, del que también hace mención Juan Antonio, apunta con gran acierto que “Cada auténtica generación que pasa, deja tras de sí una huella perdurable que se suma al acervo cultural y contribuye a formar la tradición de cada país”. La de los sesenta dejan la suya, indeleble.

Juego y Revolución. La literatura mexicana de los años sesenta se convierte en un libro necesario para ilustrar una década que es, por igual, vértice de las distintas líneas que enmarcan un enorme panorama de nuestras letras. Así pues, el trabajo de Juan Antonio, el de orfebre de la pieza sesentera, es trasluz con este volumen que ha sido ambicioso proyecto que ahora se expone como huella indeleble que habrá de conocerse para poder continuar, y entender, el camino de la literatura.

Texto leído en la presentación del libro Juego y Revolución
(Octavio Antonio Colmenares y Vargas, México, 2011; 168 pp.)
el pasado 4 de octubre de 2011 en la Casa Lamm.