César Arístides
Se acerca, no toca a la puerta, entra en nuestra habitación con el mismo aplomo con el que se acomoda en nuestra sangre y en nuestros pensamientos, no le preocupa si es invocada o temida, si los más muertos aún no se quieren despedir, si se aferran a la ventana o al ensueño, es nuestra única certeza, el umbral y el horror, la fabula de la niñez que nos duele y el sosiego de los días lapidados, su licor es la lluvia el viento su respiración, acomoda su aliento en los cuerpos y una navaja filosa de instantes queda al fin ciega y muda, candorosa en el rostro de un niño, iracunda en la tragedia, y si lo desea sus ojos son nuestro rostro, sus manos la negrura más intensa de la tumba, más allá del amor y de la rabia, más cerca de nuestra ansiedad la muerte sólo habita en los vivos, por eso los rezos y delirios, las angustias y evocaciones, por eso los retazos de vida, los pedazos de amargura las moronas de ilusión, los jirones de alba, los fragmentos de poemas…
¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!
Tu agitada alegría,
que agitaba columnas y alfileres,
de tus dientes arrancas y sacudes,
y ya te pones triste, y sólo quieres
ya el paraíso de los ataúdes.
Vestido de esqueleto,
durmiéndote de plomo,
de indiferencia armado y de respeto,
te veo entre tus cejas si me asomo.
Se ha llevado tu vida de palomo,
que ceñía de espuma
y de arrullos el cielo y las ventanas,
como un raudal de pluma
el viento que se lleva las semanas.
Primo de las manzanas,
no podrá con tu savia la carcoma,
no podrá con tu muerte la lengua del gusano,
y para dar salud fiera a su poma
elegirá tus huesos el manzano.
Cegado el manantial de tu saliva,
hijo de la paloma,
nieto del ruiseñor y de la oliva:
serás, mientras la tierra vaya y vuelva,
esposo siempre de la siempreviva,
estiércol padre de la madreselva.
¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla
cuando menos se espera su turbia cuchillada.
Miguel Hernández, “Elegía primera” (fragmento)
Abandoné a mis muertos,
me sorprendió verlos tan confiados,
satisfechos tan rápido de estar muertos, tan justos,
tan distintos en su reputación. Tú, tú sola,
retornas; me rozas, te desplazas, perduras
al tropezar con algo que vibrando
te revele. No me quites
lo que lento asumo. Tengo razón, yerras
cuando conmovida añoras.
Trasmutamos todo;
no está aquí, lo reflejamos hacia adentro
desde nuestro ser en cuanto se reconoce.
Te creía mucho más alejada. Me desconcierta
que precisa vengas y te equivoques,
tú que cambiaste más que ninguna…
Rainer Maria Rilke,
“Réquiem para una amiga” (fragmento)
A media noche, ojos fijos, la almohada negra
En el cuarto catastrófico… más allá de la
(desesperación
Como un violento instinto. ¿Qué desea?
Pero esto el hombre que piensa no lo puede
(saber
De lo absoluto, sin cuerpo, una
(cabeza
De labios gruesos de gritos de
(disturbio y rebelión.
La cabeza de uno de los
(hombres que cae, colocada
En la almohada para reposar y
(hablar,
Hablar y decir las inmaculadas
(sílabas
Que pronunció al hacer sólo lo
(que hizo.
Dios y todos los ángeles, esto fue su deseo,
De quien yace aquí con su cabeza desvaneciéndose, y por
(esto murió.
Sabor de sangre en sus martirizados labios,
¡Oh pensionados, oh demagogos y pagadores!
Esta muerte era su fe aunque la muerte es piedra
Este hombre amó no el cielo sino la tierra, lo suficiente
(para morir.
El viento nocturno sopla sobre el soñador, inclinado sobre
Las palabras que son la voluble expresión revelada de la
(vida
Wallace Stevens, “Los hombres que caen” (fragmento)
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!
Federico García Lorca
“La cogida y la muerte” (fragmento)
Odio los testamentos y odio los sepulcros;
y mejor que pedirle al mundo alguna lágrima,
preferiría, vivo, invitar a los cuervos
a sangrar cada extremo de mi inmunda carcasa.
¡Gusanos! Compañeros sin ojos, sin oídos,
hasta ustedes llega un muerto alegre y libre;
¡engendros de la podre, vividores filosos,
a través de mis restos caminen sin pesares
y díganme si aún existe una tortura
para un cuerpo sin alma, ¡un muerto entre los muertos!
Charles Baudelaire, “Un muerto alegre” (fragmento)
Cuando yo muera,
cuando yo me marche innoblemente, como todo
(el mundo,
por aquel camino cuya idea no podemos encarar de
(frente,
por aquella puerta a la que aún pudiéndose asomar nadie
(se asoma,
por aquel puerto que el capitán del Barco desconoce,
que sea en esta hora digna de los tedios que tuve,
en esta hora mística y espiritual y antiquísima,
en esta hora en que tal vez mucho antes del tiempo
(que parece
en sueños vio Platón la idea de Dios
esculpiendo cuerpo y existencia netamente plausibles
dentro de su pensamiento exteriorizado como un campo.
Que sea en esta hora cuando me lleven a enterrar,
en esta hora que no sé cómo vivir
ni qué sensaciones tener o fingir que tengo,
en esta hora cuya misericordia es torturada y desmedida,
cuyas sombras vienen de cosas que no son las cosas,
cuyo pasar no roza con su ropa el suelo de la
(Vida Sensible
ni deja perfume en los caminos del Mirar…
Álvaro de Campos (Fernando Pessoa)
“Dos fragmentos de odas” (fragmento)
A tus pies
se abren las tumbas de los muertos,
cuando reposas la frente en las plateadas manos.
Callada mora
en tus labios la luna otoñal,
ebria de jugo de adormidera del oscuro canto;
flor azul,
que leve resuena en amarilleada roca.
Georg Trakl, “Transfiguración” (fragmento)
