Turquía mira al Oriente

Carlos Guevara Meza

En la llamada “primavera árabe” parece asomarse un gran ganador internacional, y no es Estados Unidos cuyo papel ha sido muy cuestionado a pesar del apoyo que otorgó a las revueltas populares en contra de viejos aliados, debido a su posición en el problema palestino.
Turquía, en cambio, modificó la política de no entrometerse (que tan buenos resultado le había dado al partido gobernante) justo a tiempo para beneficiarse de los cambios de régimen en Túnez y Egipto, para posicionarse mejor ante el problema en Siria, y ha asumido una postura mucho más activa que el resto de los países musulmanes en relación con Israel y Palestina.
El cambio de política quizá tenga que ver con los magros resultados obtenidos hasta ahora en el proceso de integración plena a la Unión Europea (UE), en el que ha enfrentado objeciones de todo tipo por parte sobre todo de Francia y Alemania, los países que en este momento de crisis llevan la batuta en las decisiones de la Unión.
Desde cuestiones de derechos humanos (más de 60 periodistas encarcelados, más que en China, por mencionar sólo una,) hasta el temor a la influencia islamista (pues el partido gobernante se filia de esa manera, aunque es moderado) y al crecimiento de la migración turca hacia Occidente, por no hablar de la represión a los kurdos que buscan su independencia y el problema de la ocupación desde hace más de 30 años de una parte de Chipre (país al que corresponde la presidencia rotatoria de la UE en el siguiente periodo).
Por supuesto, el tamaño de Turquía tampoco hace fácil la integración, y algunos expertos estiman que, aún sin los problemas políticos, la pertenencia plena llevaría 15 años sólo por el tamaño de su economía y eso que la integración aduanera ya se ha realizado desde hace tiempo.
También tendrá que ver que en las pasadas elecciones (en junio) el partido gobernante obtuvo mayoría absoluta (aunque no la supermayoría que buscaba con el fin de emprender cambios constitucionales sin tener que negociar con la oposición), lo que le da una nueva fortaleza interna y más espacio de maniobra para realizar los grandes gestos políticos y diplomáticos que ha realizado, como enfrentarse con Israel a raíz del asunto del ataque israelí a la “flotilla de la libertad”, expulsando al embajador, rebajando el nivel de su representación diplomática en Tel Aviv y anunciando sanciones económicas (por no hablar del aviso de una mayor presencia naval turca en el Mediterráneo); de exigirle al presidente sirio el cese de la represión contra su pueblo, y de presentarse en Túnez, Egipto y en la Libia liberada para ser recibido como héroe y como el modelo a seguir de un régimen islamista que no pone en riesgo ni la democracia ni el laicismo del Estado, en un contexto en que Occidente manda todas las señales que puede para que las revoluciones árabes no se conviertan al extremismo religioso.
Para algunos gobiernos del Medio Oriente, este nuevo protagonismo turco tiene un inconfundible tufo “otomanista” en referencia a la etapa del Imperio Otomano que subyugó durante seis siglos una extensión que iba desde Argelia en el Oeste hasta el Mar Caspio en el Este (incluyendo el control de Túnez y Trípoli hasta Bagdad y Bakú), y desde Budapest en el norte hasta Zeila (la salida del Mar Rojo) en el sur incluyendo por supuesto Atenas, Damasco, Jerusalén, El Cairo, Medina y La Meca. Pero los que lo dicen son los gobiernos cuya hegemonía amenaza Turquía. Habrá que ver.