Calderón se excusa y culpa a sus enemigos
Jorge Carrillo Olea
Sostengo que en México, hoy, no hay terrorismo. Lo sostengo si por terrorismo, a la clásica, entendemos que significa “violencia premeditada motivada políticamente contra objetivos no militantes y que es consumada por grupos clandestinos. Puede ser de origen extranjero o nacional”. Sin embargo cada nación y para cada momento tal definición puede y debe ser adaptada.
No está fuera de esta ambigüedad el siempre presente interés político. El terrorismo es un acto eminentemente político. Para la paranoia de Estados Unidos existe una red universal permanente en contra de ellos. Así se victimiza y justifica operaciones reprochables ante la opinión pública. Léanse la Irán-Contra y la guerra contra Irak, dónde tales fueron las aberraciones para alcanzar un fin inconfesable que los dos presidentes Reagan y Bush Jr. terminaron metafóricamente sentados en el banco de los acusados, exhibidos como políticos hipócritas.
La palabra tiene una fuerte carga emocional que facilita el usufructo de sus actos por reales o supuestas víctimas y otros involucrados. Como lo ha hecho Calderón en su desesperación, es normal el uso de la palabra por parte de gobiernos para excusar debilidades, culpando de ello a sus enemigos.
La debilidad de Calderón recientemente ha anunciado su existencia sin meditar en que es una forma de declarar su derrota en materia de inteligencia y operación y justificar que a futuro serían ya propios los agravamientos de la situación.
Una revelación presidencial de ese tipo alienta en la sociedad el sentimiento de miedo, de inseguridad y de derrota. Después del terrorismo sería ya poco lo imaginable, salvo que se tuviera en mente alguna forma de caída del gobierno. He aquí una muestra más de la ignorancia política de la cumbre del gobierno calderonista.
Sin que el crimen organizado haya levantado banderas políticas, en México sus acciones conjuntadas con los errores del gobierno han acabado por producir estupor. A ello abona la opereta creada por Estados Unidos para sus propios intereses de vincular un juego de terrorismo adjudicando a un zeta mexicano la responsabilidad de un asesinato político.
El gobierno mexicano, tan necesitado de medallas, con grandes sonrisas de agradecimiento, reconoció su calidad de súbdito en el cuento de que, gracias a él, Estados Unidos se salvó casi de librar una guerra. Cómo agrandamos la noticia del beneplácito de Obama. Si hoy el jocoso tema desapareció de los medios, no es por poca monta del delirio de Calderón sino porque estamos en una borrasca noticiosa en la que hoy no existe el escándalo de ayer.
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