Bernardo Esquinca

Por Vicente Francisco Torres

Durante más de veinte años mi trabajo periodístico se centró en los libros de escritores noveles. Fui testigo privilegiado del surgimiento de Jesús Gardea, Luis Arturo Ramos, Enrique Serna, Daniel Sada, Ignacio Solares, Mauricio Molina, Alberto Ruy Sánchez y una docena más. Pero de pronto advertí que libros elevados a las nubes por la publicidad “ya no eran para mí”, según expresión de Jorge Luis Borges. Así que dejé la narrativa mexicana contemporánea por la paz.

Sin embargo, en varias ocasiones me topé con bellas ediciones de libros de Bernardo Esquinca. La tentación era grande pero al ver la edad del autor prefería seguir de largo en virtud de los desencuentros anteriores. Hace unas semanas, en un tianguis, me salió al paso Belleza roja y lo compré. Ayer, que buscaba en la calle de Donceles un libro de Bruno Estañol, me asaltó Los escritores invisibles (Fondo de Cultura Económica, 2009), que por su bella edición adquirí y llevé a mi casa. Por la noche, después de leer su primera página, no pude abandonarlo hasta terminar. Como dice el poeta español José María Álvarez, “el azar es una oscura servidumbre”.

El mundo que habita Bernardo Esquinca ya no es el mío, pero la calidad de su novela supera los tiempos, los intereses y las experiencias. Los escritores invisibles, por la calidad de su hechura, me trae de vuelta a la narrativa mexicana de hoy y me hace pensar que nuestra prosa artística está de vuelta.

Jaime Puente, el narrador que es escritor, replantea el lugar común que reza: si tu infancia y adolescencia no te dieron material literario, estás perdido. Él busca con denuedo publicar su primer libro en una editorial de prestigio y narra su aventura en busca de editor. Para dar intensidad a su vida que no tiene grandes episodios, recrea las existencias de autores que sí los tuvieron: Ballard, James Ellroy, Chuc Palahniuk, Paul Auster, Barry Gifford, Bret Easton Ellis.

Lo que el autor creía y nos hacía creer sobre su vida anodina, se empieza a llenar de detalles interesantes que ya no son tan pálidos frente a los escritores comentados: va en busca del original de un profesor que todas las editoras transnacionales se disputaban porque iba a ser una amenaza para ellas, ¡y todo porque era un buen libro, distinto de las sosas obras que dan pingües ganancias!

Con una ambientación excelentemente lograda, el autor nos traslada a un pueblecillo cercano a una ciudad importante, en donde encuentra a un conjunto de amas de casa que escriben, pero no publican, obras pornográficas para su exclusivo placer; sacan la narrativa del letargo exitoso y la proyectan en busca de caminos vitales. El comentario de las obras que el narrador va leyendo se convierte en un verdadero acierto formal y le sirve a Esquinca para plantear un asunto que es de su interés porque en él trabaja: la pornografía. Las novelas de las amas de casa que bordan sobre coitos con embarazadas, exploración de distintas cavidades, fluidos corporales, catálogos de perversiones y el intento de un cineasta por hacer cintas con encuentros sexuales tomados de la realidad, sin fingimientos de actores profesionales, lo enfrentan a un estigma que ve en la literatura de éxito: la simulación.

La calidad de la invención y la originalidad del planteamiento central de esta novela (los buenos escritores no trascienden porque son invisibles, porque no circulan en el gran mercado, porque el éxito es de los insustanciales), son notables y éste, al final, tiene un vuelco: cuando Jaime Puente ve su libro en una vitrina descubre, ¡oh paradoja!, que también él es del montón de escritores visibles.

Los escritores invisibles no tiene lirismos, pero su prosa es tersa y atrapa como una planta carnívora. ¿Habrá que insistir acaso en sus aciertos de escritura? Aquí va una muestra: “Supongo que localizar a alguien perdido no debe ser muy distinto a escribir una novela: las palabras y las frases van surgiendo mientras se tantea en la luz cegadora de la página en blanco”.

Una observación final: el trabajo narrativo de Esquinca, me parece, encuentra su par en la obra de Mauricio Molina.