Miguel Capistrán

Desde la primera clase comprobé que haber elegido a Antonio Alatorre como mi maestro de Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM allá por 1963 y cuando la carrera se denominaba Letras Españolas, fue verdaderamente afortunado, pues su manera de impartir la cátedra y su más que evidente dominio de la materia hacían del curso algo que rebasaba los meros requerimientos de la asignatura.

Su forma de exposición y, sobre todo, su conocimiento a profundidad del fenómeno literario, así como su manifiesta actitud de no ser un maestro convencional en muchos aspectos y que, además, no acudía a dar clases simplemente por inercia o por devengar un sueldo, era para mi un disfrute escucharlo durante la hora en que dentro del salón de clases impartía su enseñanza.

No obstante, ese personaje que era fascinante por las razones antes expuestas, al salir del aula se transformaba en un ser difícil, si no huraño, en alguien esquivo que en una palabra, huía del acercamiento que pretendíamos tener los alumnos con él, lo cual resultaba desconcertante  teniendo en cuenta lo atractivo que era su enseñanza intramuros.

La actitud del Alatorre de entonces me recuerda ahora, de cierta manera, la que Ramón López Velarde manifestaba cuando era maestro de literatura española en la Escuela Nacional Preparatoria; así, según la evocación que del poeta hizo en cierto momento Xavier Villaurrutia, en un punto de esa remembranza anotó:

“Salvador Novo y yo lo visitamos unas cuantas veces (…) Lo esperábamos a la salida del aula y cambiábamos con él breves y entrecortadas frases. Aún tengo la sensación de que los diálogos se acababan demasiado pronto (…) una curiosa turbación y un pudor infantil e inexplicable lo colocaban delante de nosotros en la situación de minoridad e inferioridad que lógicamente nos correspondía a Salvador y a mí.”

Sin embargo, una intervención mía en una de las clases operó el portento de que el esquivo maestro se acercara a mí y, sucedió, en fin, que en ocasión de aludir al tema de la originalidad de los textos en la literatura universal, Alatorre hizo referencia a asuntos célebres de diversos autores que habían tomado su argumento de otros escritores y entre ellos mencionó a William Shakespeare e hizo particular referencia a su celebérrimo drama Romeo y Julieta acerca del cual tuvo un momentáneo olvido y recurrió a nosotros, esto es, a los alumnos, con la finalidad de salir de esa inoportuna fuga de su memoria con respecto al autor que venía a cuento, fue entonces cuando, no sin cierta timidez, debido al silencio que dominó la clase enmudecida por la intempestiva pregunta, proferí el nombre de MatteoBandello, vale decir el monje dominico del siglo XVI, que en sus Novelas Cortas desarrolló la historia de los trágicos amantes de Verona. Alatorre no sólo me agradeció el auxilio solicitado sino que al mismo tiempo me inquirió sobre mi nombre.

Lo más sorprendente vino después, ya que fuera del salón, en el pasillo, el siempre huidizo maestro me abordó entonces, sonriente, e inició una primera conversación que comenzó con un comentario que nunca olvidaré: “a usted por lo que veo le interesa la literatura verdaderamente en serio, me parece”.

No recuerdo lo que le habré contestado, pero sí tengo muy presente que en el trayecto hacia el estacionamiento de la Facultad que recorríamos de manera despaciosa en virtud de que el maestro, además de reiterarme su gratitud por cuanto le ayudé a sobrepasar el breve e inopinado escollo durante la cátedra, descubrí a otra persona diferente a la de ocasiones anteriores, expresivo, ameno, que a partir de Bandello y de Shakespeare  iba ilustrándome con una casi abrumadora erudición pero que me resultaba tan atrayente como el más entretenido relato, toda la serie de conexiones y antecedentes que el drama de Romeo y Julieta tiene en el ámbito de la literatura europea y todo lo que ello supone con relación al asunto de la originalidad en el terreno literario. Durante una charla amplia, cuyo lapso abarcó algo así como una hora en las afueras de la Facultad, Alatorre me hizo saber de manera, sabrosa y diría que aproximada acerca de los prácticos orígenes del personaje Romeo en el Píramo que presenta Ovidio en sus Metamorfosis, y cómo aparece en el relato de Luigi da Porto y como es ya un personaje más definido en la serie de cortas narraciones del Novellino de Masuccio Salermitano colección de cuentos escrito en el siglo XV, de donde al parecer lo tomó Bandelloy la historia que también aprovechó Lope de Vega para el drama Castelvines y Monteses.

Hubiera querido yo que  esa conversación se prolongara más, habida cuenta que se presentaba ante mi un personaje fascinante, digno de aquel título de Valle Arizpe, la conversación en México y que resultaba, por esa circunstancia tan dispar con respecto a aquél que al término de su cátedra se transformaba en el ser inaccesible, de hecho que se apresuraba a retirarse  del lugar donde impartía sus enseñanzas.

Sus comentarios extra-cátedra fueron, por otra parte, un acicate para investigar y profundizar en un tema, que ya me llamaba desde hacía tiempo.En fin, de ahí en más, si bien no con demasiada frecuencia conversaba con él de esa manera amplia y fructífera para mí, como por ejemplo, cuando platicamos en torno al libro de Allen W. Phillips: Ramón López Velarde, el poeta y el prosista que era aún la novedad bibliográfica en torno al poeta de Jerez, aunque había transcurrido ya un año de su aparición.

No mucho tiempo después, junto con otros compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras fui invitado por Alatorre a formar parte del cuerpo de becarios del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del El Colegio de México, institución que dejé, dicho sea de paso, para integrarme como investigador a la Hemeroteca Nacional y aun cuando Antonio lamentó mi decisión, intuyó que mi camino dentro de las letras estaba señalado precisamente por el rumbo de la investigación como lo había advertido y me lo hizo ver, tras la publicación de la obra de Jorge Cuesta de cuya recopilación nos encargamos Luis Mario Schneider y yo.

Empero, como es bien sabido Alatorre, luego de un tratamiento psicoanalítico experimentó una radical transformación de su personalidad, uno de cuyos rasgos más notorios fue la gran locuacidad con la que insurgió aunada ésta a una total desinhibición.

Ya en esta etapa de su existencia el acercamiento al maestro fue no sólo más fácil sino menos espaciado y dentro de éste se dieron varias y muy especiales circunstancias, tales como el hecho de haberlo invitado a varios programas de televisión cuando me desempeñé como organizador de programación cultural, etapa cuyo final se vio frustrada por la cesación de las emisiones y en la cual estaba previsto un encuentro entre él y Carlos Santana el exitoso roquero que como Alatorre es oriundo de Autlán, Jalisco donde iban a hablar, desde luego, de su tierra natal y de sus respectivas experiencias; con motivo de los mil y un años de la lengua española y para conmemorar ese hecho aquí en México se plantearon –esto desde la televisión cabe advertir- diversas actividades las que incluían la edición de un libro sobre el asunto y que finalmente apareció en una edición de lujo patrocinada por una institución bancaria y para ello sugerí que fuese Alatorre el autor del texto que ahora con otra presentación circula con el sello del Fondo de Cultura Económica.

Otra de esas circunstancias que resultaron interesantes y extraordinarias para mí, ocurrió cuando fui director del Museo de la ciudad de Veracruz e incluí en alguno de los ciclos de conferencias que se dieron en ése lugar, un diálogo entre él, destacado filólogo y lingüista como fue Antonio. con Raúl Prieto, más conocido por su pseudónimo de Nikito Nipongo, el implacable Aristarco que vigilaba y corregía con rigor más académico que la propia Real corporación  y sus filiales hispánicas, la lengua hablada en la península y sus otrora territorios ultramarinos, espléndida ocasión aquella que instruyó y entretuvo por más de dos horas a un público numeroso y que estableció una cordial amistad entre dos notables estudiosos de nuestro idioma.

Más podría decir por supuesto de esa relación de discípulo con un maestro excepcional, del trato conun hombre tan singular y que en esta hora del recuerdo, con la nostalgia de ese tiempo que fue tan provechoso para mí en tantos órdenes, sin embargo no quiero excederme y procedo por otra parte,a modo de un póstumo y póstumo homenaje a una petición que él nos hiciera en aquel Colegio de México de las calles de Guanajuato en la colonia Roma, durante una clase en la que habló de su interés por los  sonetos producidos por los autores de lengua española y, en particular, por los sonetos sobre el soneto como el célebre escrito por Lope de Vega cuya primera línea enuncia: Un soneto me manda hacer Violante razón por la cual nos solicitaba que si en nuestras lecturas dábamos con una composición sonetística que versara sobre dicho tipo de poema se lo comunicáramos, lo cual, obviamente, nos agradecería profundamente.

Así, mientras revisaba el Diario de México, nuestro primer cotidiano que comenzó a circular en 1805,cuando iba yo en búsqueda de las presencias cervantinas en nuestras letras a partir del siglo XVII, dí con un soneto cuyas características encajan con los intereses expresados por Alatorre en aquella ocasión inolvidable en que nos lanzó su petición.

No sin pesar, dada la inconmensurable pérdida del Maestro doy, pues, cumplimiento apenas hoy a su encargo con la inclusión en estas páginas de un soneto carente de título que apareció en el antecitado Diario de México en su edición correspondiente al 12 de febrero de 1812.

Precedido de un exordio dirigido al “Diarista”, esto es al Director de la publicación que lo era entonces D. Carlos María de Bustamante, extraigo de ahí un fragmento que me parece necesario y seguidamente el poema, tal como apareció en dicho impreso con la advertencia de que se respeta la ortografía original:

“…vea Ud. cómo desempeñé la difícil composición de un soneto: desde luego pregunté a muchos que hacen versos, ¿de qué constaba este pequeño poema? Y casi todos me aseguraron, que de catorce versos de once sílabas, colocados y coladas en tal y tal forma; y aunque es verdad que me pusieron gran miedo tamaño numero de versos, tamaño numero de sílabas, y una colocación tan rigurosa, no por eso me desalentó, antes bien, animado con el exemplo de tantos que dicen haber superado tamañas dificultades, con heroyco valor puse manos a la obra, y escribí así:

   ¡Catorce versos! mas está el primero.

Pasemos al segundo: no va malo.

¿Y el tercero? Aquí es ella; mas lo igualo,

Y con el cuarto ya es quarteto entero.

   El quinto ¡qué primor¡ salió sin pero.

Síguese el texto: bien; si lo acabalo,

El séptimo sin pena me resbalo,

y concluyo el octavo placentero.

Respirémos en fin: el nueve es este,

tan fácil como el diez; y este tercero

acabe el once, y cueste lo que cueste.

   ¡Quien lo creyera! el doce está completo.

¿Y el trece…? ¡Apolo su favor me preste!

El catorce ¡oh placer! Ya está el soneto. (2)

¿Qué le parece a Vd., Sr. Diarista? ¿No es verdad que basta y sobra saber el número de versos que entra en un soneto, para desempeñarlo con la elegantísima perfeccion que tiene Vd. a la vista? A lo menos, así lo creen muchos…pero me voy alargando demasiado, y así concluyo reiterando que es servidor de Vd. y B. S. M. = Astanio, ó el aficionado.”

Resta únicamente añadir que su autor embozado como era la literaria usanza  del pseudónimo, característica de la mayoría de los colaboradores del Diario, vale decir, los miembros de la Arcadia Mexicana, no obstante, el enjundioso trabajo realizado por María del Carmen Ruiz Castañeda y Sergio Márquez Acevedo en su Diccionario de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias nos permite saber que ése Astanio o el aficionado autor de ése soneto acerca de la realización de un soneto, fue Anastasio de Ochoa y Acuña y firmó la composición aquí recogida con el semianagrama de Astanio que usó para esa ocasión, además de otras colaboraciones; fue uno de los más destacados miembros de la Arcadia Mexicana, además de sacerdote católico, poeta desde luego, novelista y pintor.

Si bien a destiempo pues no pude hacer llegar a sus manos este testimonio sonetístico pescado mientras rastreaba las huellas cervantinas en México, vaya, en fin, como una suerte de tardía muestra de admiración a un Maestro con mayúscula.