Carlos Ortiz Tejeda

“Antes de que caiga el telón…” (Reforma, 13/10). “Esta es la última vez que nos encontramos…” (Reforma 14/10). Así, con estas escuetas, crípticas expresiones, iniciaste y diste fin a tu (nuestra) “Plaza Pública”, los días mencionados

Mi desconcierto inicial ante lo inconexo de estas palabras  y los textos completos de tus artículos, se tornó en desazón y angustia cuando  entendí, de golpe, la manera discreta, sobria, elegante de escribir tu despedida: nada de quejumbres ni lamentos, nada de sermones o proclamas a los que, por otra parte, tenías derecho más que ganado.

Dijiste adiós con el mismo talante con el que durante tantos años escribiste o hablaste en todos aquellos medios que fueron capaces de aceptar tu, cada día probada independencia, valentía, iracundia y aún tus, justificados o no, reclamos y denuncias.

Se que pediste que tus últimos momentos sólo fueran compartidos por tu gente más cercana, esposa e hijos, y que los inevitables actos fúnebres se desarrollaran con la mayor discreción e intimidad. Ahora si que: “genio y figura hasta…”

De lo que si no te vas a salvar es de la cascada de nuevos, inimaginables, inéditos amigos. Igualito que a Monsi, van a brotar como hongos todos los que te admiraron, apoyaron, compartieron tus ideas y convicciones, pero que por sesuda estrategia permanecieron en el anonimato, hasta que su osada solidaridad no les causara riesgo alguno. Con adeptos así hasta la gubernatura en Hidalgo hubieras ganado.

Estrujones emocionales como tu despedida, son capaces de neutralizar el Alzheimer más galopante y abrir alguna hendedura a los añosos recuerdos: a dos o tres de ellos voy a referirme.

A mediados de los sesentas, gracias al  proselitismo cristiano /erótico/amoroso y rumbero de Froylán López Narváez trabé relación con el grupo de editorialistas de Excelsior integrado por ti, otros dos hidalguenses ilustres, Ricardo Garibay y Samuel del Villar, tu tocayo López Azuara y Pedro Ocampo Ramírez.

Nos reuníamos con regularidad y aunque  comida y bebida eran vastas y suculentas, los comentarios, críticas y confidencias off the record, (entonces se llamaban pláticas entre cuates), eran no sólo lo más importante sino también más seguras que secretos de confesión.

La nómina de aquellos con quienes colaboramos, es un indicador que habla con claridad de nosotros mismos. Tú lo seguiste haciendo con Julio Scherer, tan solidariamente como con Manuel Buendía Benjamín Wong, Luis Javier Solana. Pares contigo, todos ellos, en cuanto a inteligencia, profesionalismo, verticalidad y hombría de bien. Tu desarrollo profesional y prestigio iban a la alza, inversamente proporcional a mi descenso burocrático, lo cual jamás menguó tu trato cordial, pese a los incidentes que paso a relatar.

El primero, acabo de recordarlo con un testigo libre de toda sospecha: el doctorcísimo Arnaldo Córdova, el pasado sábado, gracias a la anfitrionía  ejemplar de Chema y Lilia Pérez Gay.

En el Hospicio Cabañas de Guadalajara, se llevó al cabo una reunión sobre medios de comunicación tema que, absurdamente, se había omitido dentro de la campaña electoral de Miguel de la Madrid. Allí estábamos los sobrevivientes de mil reuniones iguales e inútiles. La mesa la presidía Pepe Carreño y dentro de los buenos sobresalían Arnaldo y tú. Televisa había  mandado a sus mejores cuadros: Miguel Sabido, al que todos estimábamos y reconocíamos, por su talento y dedicación a la difusión de la cultura, tanto clásica como mexicana, el gordo Alcaraz y Félix Cortés Camarillo, quien formado en alguna prestigiada universidad del mundo socialista ahora, con una inteligencia y cultura que lo obligaban a militar en la trinchera  del lado izquierdo, por razones nunca conversadas, se ubicaba en la de enfrente. Las discusiones de la etapa matutina fueron verdaderamente feroces, pero respetuosas.

Poco antes del corte para comer, se me ocurrió la malhadada idea de enviarte por medio de bella edecán, un falso, cáustico y provocador mensaje de paz, firmado por Cortés Camarillo. Al reanudarse la discusión, éste inició su intervención en un tono bastante violento, lo que te pareció una flagrante violación al  supuesto pacto de no agresión que te había remitido horas antes. Te levantaste de inmediato y comenzaste a reclamarle su, desde tu punto de vista, incongruente actitud. Dijiste palabras por demás fuertes que ni Felix, ni nadie más de los presentes lograba explicarse. Yo comencé a gritarte desde el otro lejano extremo del salón, pero ante el alboroto, como ni me oías ni registrabas, tuve que subirme a la silla y luego a la mesa, para llamar tu atención y a señas, tratar de confesarte la torpe gracejada que estaba punto de dar al traste con la reunión. Por fin te fijaste en mi, que convertido en un Marcel Marceau, bastante ineficaz, ciertamente, con toda clase de gestos procuraba explicarte lo acontecido. De pronto tu cara de asombro y furia, ahora dirigida a mi, me hicieron ver que habías encontrado el origen del desaguisado. Rechinando los dientes dijiste: “les ruego a todos me disculpen, creo que he sido víctima del negro humor de un amigo”. Nadie lograba explicarse lo que había sucedido. Todos los asistentes y sobre todo los reporteros te pedían alguna declaración, a la que firmemente te negaste. Todavía agradezco tu discreción. Yo, entonces,, realicé un acto de escapismo

Hombre de furias  inmediatas, jamás diste cabida al resentimiento ni el rencor. Al poco tiempo no sólo me perdonaste, sino que ya contabas lo sucedido en el Hospicio Cabañas esa tarde, aunque agregando eso sí, algunos adjetivos sobre mi persona, bastante merecidos y, por otra parte, amigablemente  moderados

Millonésima reunión en la secretaría de Gobernación para tratar sobre la siempre inconclusa cantaleta de  los medios de comunicación. Preside  Fernando Gutiérrez Barrios  y entre los ponentes están Fernández de Ceballos, por el PAN; Jorge Alcocer, del PSUM y, nada más ni nada menos, que Froylán López Narváez y don Miguel Ángel. Estos dos últimos y el abajo firmante, ya lo dije antes, militantes del pleistoceno (no se precisa si lacustre o tardío), de la friega de eternidades, por la vigencia del derecho a la información.

Inicié mi intervención con un abierto reconocimiento a Froy y a ti, diciendo más o menos: siempre ha sido para mí una distinción participar en cualquier debate en el que comparta la trinchera con quienes han sido siempre obcecados, necios luchadores por la libertad y la democratización de la información.

El debate, en el que los buenos íbamos como costumbre arriba en el score, continuaba tranquila y civilizadamente, hasta que al provocador de Jorge Alcocer se le ocurrió proponer que el PRI incorporara al periódico El Nacional, como órgano oficial de difusión partidaria, pues después de todo éste había sido su origen en 1929, ser un apéndice del PNR. Así se justificaría el irredento priismo que caracterizaba a ese periódico. Como todo el mundo le festejó el gracejo, me vi en la obligación de contestar.

Recojo la propuesta del Lic. Alcocer pero, para que ésta tenga más validez, por qué no nos predica con el ejemplo, y el PSUM reconoce a La Jornada con esa misma categoría, al fin y al cabo bastantes méritos hace todos los día con su información y comentarios.

No había terminado de hablar, cuando más furioso que en Guadalajara, tomaste el micrófono y me increpaste: “El burlón  comentario de Ortiz Tejeda  es una falta de respeto para un diario integrado por periodistas libres que no aceptan consignas de ningún tipo. La Jornada está al servicio sólo de la verdad y sus lectores. Es independiente de credos y militancias. Pero en fin qué se puede esperar de alguien que no es capaz de expresarse con propiedad. Al inicio de su intervención Ortiz se refirió a Froylán y a mí como “necios”  defensores de la libertad de expresión, usa esa palabra porque  ignora que necio es el obstinado sin razones, el ignorante de lo que debía saber. En su vocabulario no existen términos como: contundentes, pertinaces, convencidos y otras que le permitirían expresarse con mayor coherencia.”

Yo pensé contestarte amistosamente, haciéndote ver que tu sabías, perfectamente, la intención mis calificativos y que, por otra parte, tu derecho de réplica estaba prescrito, pues ya habían pasado varias intervenciones tuyas sin que me hubieras formulado reclamo alguno.

 Las miradas de todos presentes me atenazaban para que me defendiera, pero la mía estaba fija en el Hospicio Cabañas y, pese a que esta vez la reprimenda había sido frente a una variopinta nomenclatura, consideré que todavía seguía en deuda contigo. Me callé, agaché mi priista testa y seguimos adelante.

Vayan, al final, tres motivos de mi gratitud permanente, de mi afecto de a de veras por que: a).- cuando presenté el examen de oposición para ser maestro en Ciencias Políticas tú, junto con María del Carmen Ruiz Castañeda y Julio del Río, integraban el jurado. Te comportaste como siempre: imparcial, severo pero justo y decidiendo a conciencia. Mi oponente era Jorge Pinto, a la sazón nada menos que secretario del Rector. Tu comentario me halagó: este es el pleito del pinto contra el colorado, dijiste. b).-Hace unos cuantos meses, en razón de mi cambio en el IFE, hiciste en varias ocasiones reconocimiento al hecho de que todas mis intervenciones y votos se habían ajustado,  durante mis cuatro años de desempeño, a los principios que sostenemos en AMEDI. Le rogué a tu biógrafo  Humberto Musacchio, que te expresara lo mucho que eso significó para mí. Y, c).- lo más importante: no hubo ocasión en que Shulamit y tú platicaran con mi hija Ana, en que no te excedieras, tú siempre tan comedido, en  opiniones demasiado cálidas y generosas sobre mi persona. ¿Cómo no ser tu deudor permanente?