Entre los referentes más destacados de lo que podríamos denominar la generación de poetas españoles del exilio, sobresalía con voz propia Tomás Segovia (Valencia, 1927).
Su actitud y su obra mantuvo siempre esa muesca de la historia, esa soledad, ese extravío, esa otra luz del vivir según las circunstancias obligan. El autor de ‘Estuario’ (su último libro, de este mismo año, publicado por la editorial Pre-Textos), falleció a consecuencia de un cáncer en México, donde pasó la mayor parte de su vida desde que tuviera que abandonar España.
Su obra abarca, además de la poesía, la traducción, los diarios (El tiempo en sus brazos) y el ensayo. El exilio, junto a los asuntos de pensamiento literario, son parte del cañamón principal de su escritura. Una escritura que es, esencialmente, reflexión, cuerpo de ideas, silencioso caudal que va de las estelas del romanticismo a la formación de un cuerpo lírico donde la palabra esencial adquiere todo su volumen.
Tomás Segovia regresó de nuevo a España en 1985. Cuatro décadas después de su salida (primero en dirección a Casablanca y después rumbo a París, antes de llegar a la meta de México D.F.), se instaló en Madrid durante un tiempo y algo después, impulsado por uno de sus ‘compañeros’ de exilio, el pintor y escritor Ramón Gaya, cambió la ciudad por las bondades de la huerta murciana.
Resulta difícil ubicar a Tomás Segovia dentro de los estrechos compartimentos estancos de la historiografía literaria española del siglo XX. El, por condición y por destino, se movió al aire de su vuelo.
Y al final le llegaron reconocimientos múltiples en forma de premio: Juan Rulfo, Octavio Paz, el García Lorca, entre otros. “Siempre he estado al margen de los centros de decisión y de los hechos notorios, nunca me he codeado con las grandes figuras y me es imposible imaginar que mi testimonio tenga algún valor objetivo”, decía.
Redacción/mc
