Edgar Esquivel

El más reciente libro de Alex Domínguez, El médium, narra a través de las distintas edades y etapas de su protagonista, “el médium”, una disputa conocida y constante: la batalla entre el bien y el mal. Miremos un poco más allá: cada uno de nosotros no deja de ser un cúmulo de decisiones que se apegan a valores y aprendizajes, es decir, somos el resultado de una disputa entre el acierto y el error, el silencio y el desahogo: experiencia que no se priva de principios —o de la ausencia de ellos—, mucho menos de creencias. Vale recordar lo dicho por el filósofo Isaiah Berlin acerca de que es posible conocer todo lo cognoscible, y aun abrazar el mal si uno está dispuesto: si el hombre no fuera capaz de escoger el mal, no sería verdaderamente libre. Alex Domínguez lo dice de esta manera: “donde no hay recuerdos no hay vida”.

El Diccionario de uso del español de María Moliner define el término “médium” como la persona que se supone utilizada por los espíritus para comunicarse a través de ella con los que los invocan, situación que no deja de ser, a los ojos del libro confesional, una encrucijada por el despojo que supone tener la propia identidad en vilo ante un ente con el que no alcanzamos a abrevar de los cauces de la razón o la comprensión. ¿Hasta dónde puede definirse como una enfermedad el ser médium?

La historia de esta novela, que entraña ambientes íntimos y pasajes por momentos estremecedores, es la de un niño chiapaneco que hereda el “don” de atraer a una serie de espíritus que no dejan de buscarle: es un puente entre dimensiones, recuerdos y vidas que no se agotan con la muerte física (no hay familia ni pueblo en Chiapas que no posea una anécdota, una historia o una leyenda al respecto, el espiritismo es historia colectiva) y que a lo largo de buena parte de su vida (desde la infancia hasta la etapa que podemos entender como vida adulta plena) se debate entre aceptar o rechazar el papel tan complejo que el destino parece haberle designado: “… esa era la misión del niño, ayudar a seres en penumbra a encontrar la luz…”.

Y en el escenario de la existencia de “el médium” (que así es como se designa al personaje que da forma y sustento al relato) confluyen pasajes que pueden parecernos demasiado cercanos: familia que busca afanosamente la unión y la cotidiana sobrevivencia; abuelos que significan origen y ejemplo; un padre trabajador pero ausente y con doble vida (comerciante de todo y nada); hermanos destinatarios de los dramas que les ponen al borde del desencanto (el mayor de todos ellos, médium también, termina por hundirse en la inhóspita tiniebla de la adicción: es el poseído) y una madre que le da crédito a Nietzsche cuando éste habla de que sólo se entiende su sabiduría, abnegación y sufrimiento (conditio sine qua non) por las acciones de los hijos que no asimilan límite alguno.

Así pues desde el comienzo de la vida de “el médium” cohabita en su ser él (Armagedón), espíritu mayor que significará a la postre el protagonista de un duelo final en contra de el Ángel, su opuesto en el espectro de lo inmaterial. Su niñez está rodeada de percepciones atípicas, miedo y sensibilidad extrema: ve, escucha, siente y huele lo que el común de las personas no y esa propensión de sustraerse de la realidad le acompañará en todo momento, desde el apoyo que daba a su padre en el trabajo (viajar junto a él en los recorridos de las ventas), el apego a su hermano mayor, así como el resto de las actividades “normales” que los chicos hacen conforme crecen: relacionarse, escuela, amigos, escarceos amorosos, música o distractores como el deporte. Y de ahí la universidad, trabajo, familia propia y una movilidad constante entre Chiapas y la Ciudad de México.
Pero “el médium” se niega a abrirse a los espíritus, pese al esfuerzo del padre por lucrar con ese don para hacerse de fortuna, prevalece en él un inaudito intento de ignorarlo: como adolescente, después como universitario. Ni siquiera la tragedia del hermano adicto representa una oportunidad para saber encausar la energía acumulada por espectros sin voz que ansían manifestarse a como dé lugar desde su cuerpo y mente. Y ahí radica en buena medida ese combate: “la mente domina la materia”. Las lecciones a distancia de un añorado Kalimán le abren, cual autodidacta, al niño “médium” el elemento fundamental para intentar dominarse, a saber, que lo racional puede estar por encima de las circunstancias, por desfavorables que sean, y que el fracaso continuo de su familia en prosperar económicamente tenía una explicación que no alcanzaba el ámbito de la suerte o el capricho venturoso o desalentador de designios supra o infrahumanos.

El relato advierte que las experiencias (duales siempre) acumuladas por “el médium” le prepararán para ese enfrentamiento que no podía esquivar. Cual fábula donde por más vueltas que le demos a nuestra vida hay puertas que debemos abrir sin importar el orden, la racionalidad concedió un espacio no a la barbarie, sino al deseo que implora por darle forma a lo inexplicable que tiene lugar, esto es, que lo más profundo e íntimo de cada conciencia es un espacio en el que se debaten razones y sentimientos, creencias y hechos, verdades e interpretaciones. Después de todo, decir que hemos tenido fe en el progreso es brindarnos alternativas y caminos que pese a ser contrapuestos derivan senderos donde metas y aspiraciones alternan pasos de escépticos y creyentes. Ambos voluntariosos e impredecibles.

Sucede con esta novela, ágil y emotiva, una inevitable conexión con el tema, siempre punzante, de las caras que una sola verdad puede desdoblar.

La elección se reduce a dos ámbitos: lo material o real o la invención, la irrealidad. ¿Con cuál quedarse? El director de cine Federico Fellini solía decir que lo verosímil le interesaba cada vez menos. Cualesquiera de sus filmes muestra o narra una serie de retratos y anécdotas en los cuales la imaginación y los sueños son protagónicos. En Giulietta degli spiriti (Julieta de los espíritus, 1965) película colorida y caprichosa, por ejemplo, el personaje principal —Giulietta— que de niña había manifestado esa peculiaridad de ver como en medio de ensoñaciones momentáneas espíritus chocarreros, al crecer su vida se torna cómoda y excesivamente tranquila: el ser el ama de casa perfecta representó también para ella la clausura (no definitiva) de esa afinidad espiritual.

Pero justo en el momento en que las “puertas de su percepción” o “tercer ojo” (como le ocurre a “el médium” del relato de Domínguez mediante una atípica operación: sin sangre, sin doctores) son nuevamente abiertos (en este caso por conducto de un médium que es invitado a la fiesta de aniversario de su matrimonio) su existencia da un nuevo giro: vuelven las alucinaciones y las visiones, no en forma de seres tenebrosos o pálidas sombras, sino como demonios irreverentes y jocosos, pero no por ello menos delirantes. Por más que Giulietta cerrara los ojos no podía abstraerse de esa inclinación que al final le puso nuevamente en la senda de la irrealidad a la que había estado predestinada. Esa hipótesis que manejan algunos críticos de cine sobre la posibilidad de que ella misma era un espíritu atrapado en una realidad que no era suya y que al final acepta su naturaleza no parece descabellada. Por supuesto que el final no es dramático (pese al inminente abandono del marido infiel y el olvido del resto de su vida tal y como la conocía) ya que termina por entregarse a un mundo en el que se siente cómoda.

Todo lo contrario ocurre en el relato de Alex Domínguez, pues no deja de transmitir esa angustia por la que “el médium” atraviesa al hacer evidente su incomodidad (incluido el temor y la negación) por un mundo que insiste él en serle ajeno. ¿Qué hacer cuando nuestra propia naturaleza nos limita para tomar decisiones?, ¿cómo hacer efectiva la elección de posibilidades cuando no tenemos paz?, ¿por qué el médium no quería ceder ante el acoso cada vez mayor de los espíritus que invocaba su ser?

Paradójicamente en El médium no parece haber un final sino el anuncio de una transformación o transmutación. La línea de la vida es continua, cambian las rutas y los ambientes, pero nada se detiene. El destino no es más que la suma de voluntad, fortuna y necesidad, pero es sobre todo producto de la confrontación más importante que cada uno tiene, sin excepción: la confrontación con nosotros mismos. “Qué sentido tiene la vida sin sentido?”, después de todo, “en verdad somos más que nosotros mismos, cada quien es la suma genética de sus antepasados que no lo dejan en paz”.