Existencia y misión de Anonymous

Raúl Rodríguez Cortés

El pasado 6 de octubre, el grupo autodenominado Anonymus en las redes sociales de Internet subió un video que anunció la llamada Operación Cártel. Explicaba que era su respuesta al secuestro de un integrante de ese movimiento virtual ocurrido en otra de sus operaciones, la llamada Paperstorm (tormenta de papel) realizada en Veracruz entre el 20 y 29 de agosto anterior, con la intención de evidenciar la violencia criminal de los Zetas. De manera que si el secuestrado no era liberado —advertía Anonymous— harían pública la red de informantes de la organización criminal y sus vínculos con los gobiernos. Esa era la misión de la Operación Cártel anunciada por un hombre oculto en la peculiar y ahora famosa máscara usada en el filme Con V de Venganza y que correspondería al rostro de Guy Fawkes, un líder católico inglés de principios del siglo XV que conspiró, sin éxito, para volar el Parlamento británico en noviembre de 1605.

El pasado viernes 4 de noviembre, Anonymous informó de la liberación de su secuestrado quien —dijo— les transmitió la advertencia criminal de que por cada nombre revelado del cártel de los Zetas, diez integrantes del movimiento virtual o sus familias serían “ajusticiadas”, altísimo riesgo que los orillaba a suspender la Operación Cártel.

¿Ante qué estamos? ¿Anonymus es realmente lo que dice ser o es una máscara más que encubre a cualquiera de los intereses involucrados en la fallida guerra contra el narcotráfico? ¿Es, en realidad, una libérrima expresión ciudadana a través de la Internet o la herramienta más reciente de la estrategia del miedo?

Como blog existe, ahí está en la red y tiene en el mundo entero un buen número de seguidores, lo que permite hablar ya de un movimiento. Es, pues, una idea que circula en los millones de mensajes que se intercambian en las redes sociales quienes los remiten anónimamente, sin decir su nombre, lo que fue el origen de su actual denominación.

A diferencia del Wikileaks de Julian Assange, Anonymous no filtra información documental obtenida por buenas relaciones, venganzas o abiertas compras de la misma. En este caso se trata de expertos informáticos que penetran redes para obtenerla o simplemente para desquiciarla. Son hackers y su inspiración, por lo visto, sería anarquista.

Y en México —aunque la información fue minimizada en su momento— irrumpió el pasado 15 de septiembre al hackear páginas de Internet de dependencias del gobierno federal, entre otras la de la Defensa Nacional.

Su presunta existencia en México incluso fue motivo de un reciente análisis de la corporación global de seguridad e inteligencia Stratfor, hecho que no debe ser tomado en cuenta sin olvidar que fue ahí donde se empezó a hablar de México como un Estado fallido y a comparar a los cárteles del narcotráfico con organizaciones terroristas, lo que nos acerca a otro hecho: han irrumpido en Internet, en el contexto de la guerra contra el narcotráfico, usuarios y activistas generadores de contrainformación.

De manera que Anonymous sí existe pero el punto sería escudriñar si es un movimiento ciudadano que actúa por sí mismo reivindicando la absoluta libertad de expresión que prevalece en Internet o si son un recurso virtual manipulado o inventado por las propias organizaciones criminales o por las instancias de inteligencia gubernamentales que las confrontan.

Esa libertad en el uso de las redes sociales presenta, además, otra cara: la difusión de versiones falsas o incompletas de determinados hechos que acaban por crear pánico, como ocurrió en Veracruz con dos personas que subieron a Twitter y a Facebook, cuando tenían lugar enfrentamientos armados, la versión de que estaban por desencadenarse secuestros de niños en escuelas públicas, lo que desató una ola de histeria colectiva.

Los responsables fueron encarcelados en una decisión que provocó una corriente de opinión contraria el gobierno veracruzano, lo que presionó su posterior liberación pero no anuló la idea de hacer reformas al código penal del estado para tipificar como delito punible los avisos o falsos rumores difundidos a través de las redes sociales.

¿Deben o no regularse esos instrumentos? ¿Hacerlo equivaldría a violar la libertad de expresión o envolverse en esa bandera sólo propicia desinformación con fines aviesos?

Voces expertas y muy autorizadas creen que deben regularse sin menoscabo de la libertad de expresión. Es el caso del mundialmente famoso juez español  Baltazar Garzón (que ha llevado a las Cortes famosos casos de violaciones a los derechos humanos), quien reunido el viernes 4 de noviembre pasado en Xalapa con el gobernador Javier Duarte recordó que el código penal de su país castiga el uso irresponsable de lo que llamó “medios alternativos” y por tanto avaló las reformas hechas al código veracruzano.

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@RaulRodriguezC