Se vale decir cualquier estupidez
Carlos E. Urdiales Villaseñor
En México hay dos y medio millones de cuentas activas en Twitter. En Facebook existen cerca de 10 millones de usuarios. Las redes sociales han tenido un crecimiento exponencial tanto como todo aquello que está relacionado con internet. Las redes se han convertido en un medio de comunicación alternativo, que no depende de concesiones del Estado y que tampoco requiere de constituirse como empresa, revista, periódico o similar. Sólo hay que estar conectado para poder interactuar. No hay reglas, no hay parámetros que normen los criterios para su uso y consumo.
En Veracruz se modificó el Código Penal estatal a partir de un incidente. Un par de usuarios difundieron por la red social que había balaceras en escuelas jarochas, lo que desató el pánico y caos en el puerto. A los twitteros, con antecedentes absolutamente legítimos de activistas sociales, los encarcelaron y luego soltaron. El escándalo fue mayúsculo. La presión en Internet fue importante pero sólo el gobernador Javier Duarte sabe si aquello lo hizo modificar un criterio o no.
Un día antes del accidente del helicóptero en el que perdieron la vida el secretario de Gobernación, José Francisco Blake Mora, y siete personas más, un twittero bromeó sobre lo que ocurriría aquel singular 11 del 11 del 11. Una tontería seguramente, pero suficiente para que el susodicho fuese entrevistado y referido por verdaderos medios masivos de comunicación. Peor aún, otro twittero comentó, palabras más, palabras menos, “no me levantaba tan temprano desde lo de Mouriño”.
Esas palabras le valieron ser buscado y localizado por la PGR para que de manera, por demás cuestionable, lo llevasen a rendir declaración en calidad de testigo. Eso dijo la autoridad.
Obvio, en ambos casos los twitteros pasaron de una mediana cantidad de seguidores, a multiplicar la fama, perene pero fama al fin y al cabo, alias cibernéticos que por supuesto no son los reales. Fenómenos de la popularidad virtual.
La libertad que existe para subir cualquier comentario, opinión, gracejo, tontería, hipótesis o lo que se le antoje en la red es incuestionable. No hay regla ni mucho menos norma que lo regule. Cualquier intento por hacerlo estará destinado al fracaso y a la hoguera que los defensores de las libertades inútiles encenderán con gusto y prontitud. Internet no está ni estará regulado. Ahí está lo bueno, lo mejor, lo malo y lo peor del asunto.
¿Cómo establecer límites y responsabilidades? ¿Es la libertad sinónimo de impunidad para agraviar a diestra y siniestra? ¿Para acusar sin necesidad de probar? ¿Dónde se pasa del uso privado de una súper red informática a la posibilidad de difundir masivamente cualquier locura disfrazada de sospecha? ¿Cómo deben interactuar las redes sociales con los medios convencionales y masivos de comunicación?
Nadie dirá de manera políticamente correcta, que esa ventana debe estar regulada. Probablemente sea el uso y abuso de la misma el que determine que es favorecido o castigado por las mayorías. Quizá el consumo de redes sociales está en una etapa de madurez aún incipiente. Lo cierto es que hoy la anarquía es la que impera, se vale decir todo, de todo, cualquier estupidez y eso lo puede proyectar a la televisión nacional e internacional, cual oráculo viviente. Quizás un día las estrellas del firmamento noticioso nacional decidan no dar valor a lo dicho sin sustento racional.
Por lo pronto la fama twittera ha logrado trascender y marcar nuevos parámetros de lo que puede ser una fuente confiable. Van ganando terreno. Otros lo pierden.
Los espero, de lunes a viernes, en Radio Trece Noticias, 1290 de AM o www.radiotrece.com.mx y en twitter.com/CarlosUrdiales
