Vicente Francisco Torres
(Primera de dos partes)

Luis Arturo Ramos es uno de los mejores narradores mexicanos en estos tiempos en que priva la publicidad sobre la calidad literaria. A pesar de que vive alejado del mundillo intelectual, en un cubículo de la Universidad del Paso, Texas, los años y la vastedad de su obra hacen que ya tengamos los primeros libros sobre él. Los académicos también se han interesado y enfocan sobre sus novelas y cuentos un arsenal teórico que los hace verdaderamente temibles. Porque resulta que, salvo excepciones, la crítica académica es inatractiva e inaccesible para quien no esté iniciado en los misterios de la teoría.

El párrafo anterior viene a cuento porque Una poética de la desolación. La construcción del sujeto femenino en las novelas de Luis Arturo Ramos (Universidad Veracruzana / Universidad Autónoma de Chiapas, 2011), a pesar del tufillo académico de título y subtítulo, es un libro iluminador y amable pero, sobre todo, muy bien escrito. Ésta, que podría ser una observación de Perogrullo, no lo es. Porque la necesidad de mostrar un aparato crítico abrumador y la suficiencia doctoral suelen cristalizar en una escritura pedestre, y los cientos de llamadas al pie de la página o las citas textuales con reloj, del tipo (19:91), hacen que el lector se acalore y vaya a tomar el fresco.

Guadalupe Flores Grajales, en Una poética de la desolación, hace un estudio minucioso y ordenado sobre la obra de Ramos y evita los escollos más peligrosos en este tipo de trabajos. Sí hay teoría literaria en su libro (muy poca) pero apenas se le deja asomar y, en el mejor de los casos, se le traduce. Efectúa lo que Alejo Carpentier sugería a los novelistas latinoamericanos en su teoría de los contextos. Por otro lado, sus fuentes tienen que ver más con la sociología, la psicología, los estudios de género y la historia que con los tecnicismos literarios.

Lo primero que hace Guadalupe Flores es ubicar a Ramos como descendiente, en lo social, del 68 mexicano y, en lo literario, de dos escuelas profundamente revolucionarias: el boom latinoamericano y la Onda mexicana. Para enriquecer su estudio, la autora echa mano de un método hoy caído en desuso: el biográfico.