Carlos Ortiz Tejeda

Hará unos cuatro años, recibí una de las criminales llamadas de Monsi: entre más viejo se hacía (él sólo, por supuesto) más temprano discaba. Lo tristón del tono, me impidió el reclamo por su inverecundia. Dijo: “Ortiz servidor, me acaba de hablar Chucho Puente. Me dice que está muriéndose, hablaba para despedirse, que había buscado a Fuentes, pero como no lo había encontrado….”Después de unos segundos de silencio soltamos la carcajada: Puente, hasta el último momento, seguiría siendo la antítesis del tacto, de las buenas maneras y del comportamiento diplomático: como no encontré a Fuentes, pues me despido aunque sea de ti. El manual de Carreño nunca fue su libro de cabecera.

Él, que sin lugar a dudas, había sido el más inteligente, preparado, sensible, fraterno y digno representante de México ante varios países al sur del nuestro, nunca, para su honra, perdió su esencia, su raigambre popular y arrabalera. Jamás, por ejemplo, habría sido capaz de decir a una humilde indígena vendedora de artesanía: “no tengo cash.”  Puente, jamás fue un desclasado.

Bueno, el caso es que la noticia me abrumó e inicié las líneas que a continuación transcribo.

Un contemporáneo, a quien procuré acercarme para conocerlo, porque lo admiraba; al que comencé a respetar cuando lo conocí y, al que desde ese momento, en verdad quiero, está, me dicen, enfermo de gravedad.

Bastaría recordar todo lo que su conocencia y cercanía me obsequiaron, para explicar mi profunda tristeza y abatimiento. A él, como a Armando  Labra o a Juan Saldaña, sin que esta afirmación los inculpe de nada, adeudo acciones u omisiones muy importantes en el trasiego de mi vida.

Pero esto, además de a mí, a nadie tiene por qué importarle: las discusiones, los enfrentamientos, la bohemia, las batallas compartidas y, por supuesto, rara vez ganadas, cuentan únicamente en el ámbito de lo privado. De igual suerte, su “historia de familia”, aunque singular: más de cuarenta años de convivencia con la madre de sus tres hijos y la vida de éstos, merecedora –ahora hay que aceptarlo- de las abrumadoras sesiones que nos endilgaba hablando de ellos en superlativo, tampoco tienen por qué significar algo para los ajenos.

Lo que vale la pena decir en voz alta es que, estudiante y profesionista brillantísimo, siempre ha estado empeñado en corresponder a la universidad pública, el privilegio de la educación superior que en ella, con honores, recibió. Funcionario gubernamental en diversos niveles, impregnó a los órganos de gestión de la administración que estuvieron bajo su mando, un profundo espíritu de servicio, único aval moral que le da al poder su razón de ser. Alguna vez personero importante dentro del primer círculo de mando, nunca sometió sus ideas a la jerarquía, ni jamás calló ante opiniones que no tuvieran otro valimiento que el de la autoridad. Bueno, para ser sincero, eso de callar, al margen de cualquier consideración,  nunca se le ha dado.

 Hasta aquí había yo escrito cuando reflexioné: una vez más hemos caído en un típico garlito chuchesco: no dudo que Jesús esté enfermo, pero de ninguna manera de tal gravedad. Le hablé a Monsi, le expuse mis sospechas, nos destensamos y volvimos a reír. Le mandé mis renglones a Puente y le dije: deja de reclamar reflectores, todos te queremos, además tú nos vas a enterrar a Carlos y a mí. Le atiné a la mitad.                                                                                                                                                                                                  

 Dueño de una gran memoria y practicante de una retórica decimonónica a la Tardiff, Córdoba Lobo o Heladio Ramírez, combinaba, en la más divertida de las peroratas, todos los jingles de la época de oro de la radio nacional, las teorías keynesianas y las convocatorias aperturistas de avanzar “arriba y adelante.” Como siempre fue cuestionador y atrabancado le exigió, en su momento y en su cara, al candidato y luego Presidente Luis Echeverría, que definiera su propuesta: (¿qué tan alto es arriba y que tan lejos es adelante?). Su valentía y arrojo, pero también su sapiencia fueron decisivas para la incorporación temprana al ámbito gubernamental.

 Su estancia en Nacional Financiera fue para los pequeños industriales, una etapa excepcional de orientación y apoyo. Don Rodolfo González Guevara, representante de una empresa yugoslava, siempre dejó testimonio de la actitud honorable, diligente y creativadel funcionario Puente Leyva. En el Congreso, frente al Ejecutivo y sus aláteres, se desempeñó como un diputado responsable, estudioso, participativo y combativo. El Diario de los Debates recogió múltiples intervenciones suyas, todas informadas, brillantes y algunas verdaderamente jocosas. Fue un diputado ejemplar.

Alguna vez me cuestionaron: ¿Quién es el mejor economista en esta legislatura? La pregunta era tan mal intencionada, que mi inocencia saltillense sólo logró responder: Ifigenio Puente Labra.

Chucho era un experto en cuestiones petroleras, y en ese terreno, dio siempre una ardua pelea por que se preservara intocado el dominio exclusivo de la Nación sobre nuestros recursos naturales.

Su relación con el ámbito internacional era inexistente, tanto que, cuando le otorgaron el cargo de embajador, le hacíamos la broma de que su destino natural era la república de Bulgaria. A unos cuantos meses de que llegaba a un país, nos teníamos que tragar nuestras palabras, porque Jesús convertía la embajada mexicana en un inusitado centro de activismo  fraternal latinoamericano, que rebasaba por mucho las responsabilidades formales de su encomienda. Han de haber sido muchísimos ciudadanos de Perú, Argentina, Venezuela a los que les resultaba difícil creer que el crooner que con todo sentimiento entonaba en medio de una variedad de cualquier centro nocturno, las canciones de Luis Arcaraz  o Vicente Garrido o las guapachosas de Bienvenido Granda o Celio González, era la misma persona que escrupulosamente revisaba en la carnicería, la textura de la entraña (arrachera), que iba a poner al asador el sábado, para reunir en la embajada mexicana lo mismo a políticos, funcionarios, industriales, artistas, bohemios, intelectuales y no me extrañaría que también, a disidentes políticos o Testigos (criollos), de Jehova. Jesús era personaje asiduo en las universidades, las librerías, los mercados de pulgas, los cines, teatros y activiades musicales de todo tipo, tanto como en las respectivas cancillerías. Promotor permanente de intercambios culturales y artísticos entre nuestros países, Chucho, más que el clásico representante oficial  de un gobierno, fue un vital vínculo de unión entre México y los pueblos hermanos del continente.

Cada vez que Puente venía, nos presumía de la intimidad que había logrado con los diversos presidentes que trataba Por fin un día, ya hartos le comentamos: ¿y de que te sirve ser tan amigo de todos esos mandatarios si el de aquí te detesta? La primera carcajada fue la suya: el humor es característica de los inteligentes y Puente, por supuesto, lo era.

La grave enfermedad que lo afectó los últimos años le impidió seguir en activo, pero no hay duda, Jesús Puente Leyva ya había hecho mucho por los suyos, es decir, por nosotros los mexicanos.