Juan José Reyes
De pequeños ojos con los que lanzaba sonrisas quedas pero poderosas, cortés, cálido, Daniel Sada escuchaba, hablaba poco, siempre en modo pertinente. Tenía una relación apasionada con la literatura, que removía, reencendía a todas horas, en largas sesiones de lectura y escritura, de enseñanza y aprendizaje. A final de cuentas: de sonrisas. Vivía en, entre la literatura, y pescaba al vuelo y atesoraba palabras, frases de interlocutores desconocidos que parloteaban en medio del cotidiano trajín. Tenía una memoria excelente, y le encantaba el juego, como el béisbol y (me parece) el ajedrez. Cuando hablamos acerca de beis sonreía con la misma callada y fuerte energía que cuando hablamos de literatura. Creo, inclusive, que llegó a practicar con fortuna el “rey de los deportes”.
Su obra literaria es deslumbrante. “Trastorna”, para emplear el verbo que usó alguna vez en un inteligente prólogo a su Antología presentida (Lecturas Mexicanas, Tercera Serie, 82) el inteligente crítico Evodio Escalante. Deslumbra, asombra su consistencia y sus infaltables triunfos. Lo primero: si la escritura es o debe ser un reto formal a lo largo de toda narración (crónica, cuento, novela), en el caso de la escritura de Daniel Sada el desafío ocurre en cada frase. Como si el narrador estuviera haciendo poesía; de hecho Sada medía aquellas frases, construía octosílabos, lo que va haciendo de la escritura narrativa un tejido de veras formidable, único. ¿Cansa al lector? Es probable, si pensamos en los lectores no avezados en los mínimos secretos de la literatura. Pero vale la pena ir con un poco de calma…
A Daniel Sada se lo ha comparado con José Lezama Lima, el escritor cubano autor también de una obra rebosante de luces, una obra que deslumbra. Pero hay desde luego diferencias. Una muy clara: el mundo de Lezama Lima es el mundo del Trópico, mientras que el de Daniel Sada está en el norte de la República mexicana, zona calurosa, a menudo en el mero desierto. Además, la prosa del autor cubano parece más abierta y más cargada de elementos; por decirlo así: más barroca. La de Sada es más ceñida, está llena de localismos y no cesa de acertar al hallar en el lenguaje común, en el de todos los días aquellos ritmos que bien pueden repetirse.
¿Por qué aquella reiteración, aquella insistencia, esa “no salida de tono”? Daniel Sada piensa, sabe que lo que se cuenta es posible, tiene existencia sólo si es en sí mismo un cuerpo vivo, poseedor de fondo y de forma. Sus novelas son como catedrales: en ellas mora, vive y puede respirarse el espíritu.
Puede verse sin dificultad que es muy probable que no haya en nuestra lengua y en nuestros días un proyecto tan ambicioso como el de Daniel Sada. Evodio Escalante lo ha comparado con otros dos grandes prosistas de la narrativa nacional (y en todo el castellano): Martín Luis Guzmán y Juan Rulfo. Habrá que decir que la comparación no parece injusta. Los lectores que quieran conocer esta literatura excepcional han de buscar la Antología ya mencionada y muy especialmente la novela Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de gran belleza y de vivo interés en su trama perfectamente estructurada.
