Carmen Galindo

Cuando uno llega al Museo del Papalote, sorprende que los jóvenes –muy jóvenes-  que guían al visitante ¿o será mejor decir usuario? ostentan uno de esos botones que, según uno ha visto en las películas, se usan como propaganda electoral en los Estados Unidos. Lo que anuncian es la marca Bimbo, que con su otro nombre de Wonder, monopoliza el pan de caja y el resto de los panes empaquetados con el nombre de la esposa del señor Servitje, Marinela.
Uno (incluso los niños) se divierte saltando de nota en nota en un piso de mosaicos musicales. Los más pequeños son invitados a reptar sobre cojines de alegres colores. A niños y adultos se les prestan colores y cartulinas para que armen un tambor, porque (espero a estas alturas ya sea evidente) se trata de un museo  interactivo. Los niños son invitados a indagar sobre sus cuerpos o a medir (mediante ondas cerebrales graficadas en un papel) el grado de estrés. A crear, en fin, una historieta.
Empieza uno a sospechar que no todo está bien, cuando invitan a los niños a algo tan práctico como tomar un carrito a su medida, para acumular productos de los anaqueles de un súper que, con todas sus letras, se anuncia como Wall Mart.
Lo que más preocupa es que hay un juego en que los pequeños eligen una tarjeta para jugar a ser empresarios, porque, aclara la propaganda adjunta, gracias a ellos, usted y yo y naturalmente que todos los niños que visitan el Papalote, tenemos alimentos, vestidos, casas, muebles y todo lo demás. Tal vez, los empresarios han de considerar pensamiento marxista que se hable de los campesinos, de los albañiles, de los carpinteros, de las costureras o tapiceros. De un conjunto de tarjetas se saca una que dice que el pequeño es ahora el empresario de una universidad, el dueño de la central de abastos (sí leyó usted bien, una central ya privatizada), de una línea aérea, de una carnicería, etcétera.
El Museo del Papalote según recuerdo fue inaugurado por Cecilia Occelli, la esposa de Carlos Salinas, yo entendí, y me pareció muy bien, que era un proyecto gubernamental. El edificio, obra del arquitecto Ricardo Legorreta, está ubicado como dice la propaganda “en el corazón de la segunda sección del Bosque de Chapultepec”, que en mi entender, son terrenos federales y protegidos, de los que no pueden disponer los particulares. Desde el principio se invitó a la Sra. Marinela Servitje para que se creara una asociación civil sin fines de lucro.
Los empresarios del Papalote son bastante generosos, porque permiten la entrada libre a 4 mil niños, previo acuerdo con sus escuelas, pero al resto de las personas, que seguramente todos son empresarios le cobran 120 pesos por visitar el museo, 99 pesos por la proyección del domodigital Banamex para viajar por el cosmos y otros 99 por la función de la megapantalla para ver distintos documentales. Como saben que la visita tiene que ser familiar, el precio por familia (de cuatro personas) apenas cuesta 649 pesos. Precios que comparados con el salario mínimo, sólo equivalen a dos diarios el de 120, casi a dos diarios el de 99 o unos once días de salario mínimo, si se trata de la oferta por cuatro personas. Ellos mismos aseguran que han recibido en éste y el de Cuernavaca, desde su inauguración en 1994 hasta la fecha, 40 millones de personas. Corrijo el inicio de este párrafo, los empresarios son generosos, porque descuentan sus impuestos con museos, pero no lo son, desde luego, con el salario mínimo que apenas alcanza los 59 pesos diarios.
A lo mejor me juzga usted, como se decía antes, catastrofista, pero si bien es cierto, como afirma Bertolt Brecht, que el aprender es un deseo innato y un placer para el ser humano, me parece que se ha exagerado de tal modo que ahora se pone en primer término que la persona que asiste a un acto cultural se divierta. La belleza, el significado del arte, la cosmovisión del artista, los valores que refleja o denuncia, todo sale sobrando, de lo que se trata es que la gente se divierta, el museo como sustituto del antiguo bufón. Y ahora, el museo (nombre que deriva de las musas) no se preocupa por el arte, le importa la tecnología y que el niño se divierta interactuando.