Vicente Francisco Torres
(Primera de tres partes)
Hace veinte años murió el gran escritor judío Isaac Bashevis Singer. A manera de recordatorio voy a referirme a Amor y exilio (Barcelona, Ediciones B, 2002) que en 430 páginas cuenta la infancia, juventud y exilio norteamericano del narrador. Su vida fue una novela y está escrita como tal, pero no idealiza ninguna validez inherente al género: “De hecho, es imposible escribir la verdadera historia de la vida de una persona. Supera el poder de la literatura. El relato completo de cualquier vida sería absolutamente aburrido además de absolutamente increíble”.
Si es un lugar común decir que infancia es destino, en el caso de Isaac Bashevis Singer el adagio se cumple cabalmente. Por su ocupación, el rabino Pinjos Menájem Singer, su padre, no tenía un comercio ni un caballo como los cocheros. Si en las casas de sus vecinos había adornos y chucherías, en la suya sólo estaban los grandes tomos de la Torá. En la cocina, la madre leía pequeños volúmenes y, los primeros juegos del futuro escritor consistieron en pasar las páginas de los grandes volúmenes de adelante hacia atrás y viceversa.
Isaac Bashevis escuchaba las enseñanzas de su padre y las de los jasidim, que profesaban el fervor religioso y predicaban la religión por medio de la alegría. Antes de entrar a la escuela primaria, Bashevis leía historias en yiddish sobre reyes y príncipes, hechos espeluznantes con demonios, duendecillos, vampiros y almas de muertos que, al correr de los años, poblarían con largueza sus novelas y cuentos. Yehoshúa, su hermano once años mayor, llevaba a casa algunas traducciones al yiddish de Tolstoi, Dostoievski, Turguéniev, Knut Hamsun y Mark Twain. Los periódicos le mostraron los caprichos del hombre, las fuerzas de la naturaleza, los avances científicos y los ideales de los seres politizados. Para nuestro autor fueron fructíferas las ideas sobre literatura que, muy tempranamente, le transmitió su hermano y le permitieron ensoñar que, algún día, él sería escritor.
