César Arístides
El amor que le tiene Jorge Luis Herrera a la literatura es indudable. Su pasión por Dostoievski o Gogol encienden su pluma y sus ojos, y más allá de sus intentos por cerrar con audacia un relato o una novela, siempre ha tratado de acercarse a la escritura, y al escritor, con dicha y cautela. Prueba de ello es esta serie de entrevistas en las que toma por asalto a algunos escritores mexicanos para que nos hablen de su oficio, de su idea de creación y de sus deseos más entrañables en el contexto de la literatura; para que escarben en la infancia o en la biblioteca y evoquen sus primeros pasos en el mundo de la ficción, de la formalidad estilística, las palabras y los símbolos.
Voces en espiral. Entrevistas con escritores mexicanos contemporáneos es una ventana luminosa para apreciar la educación sentimental de narradores y críticos, de escritores que juegan tras los retratos de artistas adolecientes, como José Agustín; de autores que salen de las páginas a la vida para escribir los sueños, la filosofía, la música y la historia, como Pedro Ángel Palou o Vicente Herrasti. La gran mayoría de los escritores convocados tienen en los libros su arca de la alianza y el purgatorio: su biblioteca es el corazón del mundo, así lo confirma Christopher Domínguez: “Mi experiencia de vida esencialmente es la de los libros. En mis lecturas está mi autobiografía intelectual. Uno mismo se inventa antecesores, amistades y enemigos en el mundo literario”. Y añade respecto a la lectura: “La lectura es un vicio como el tabaquismo o el alcoholismo; generalmente se contraen en la juventud. No creo que todas las personas tengan que leer, ni que esta práctica garantice que sean mejores seres humanos, ésa es una mentira del humanismo”. Por estas revelaciones incisivas, nos queda claro que el escritor se arroja a las letras por voluntad propia, en una suerte de caída libre convencido del ensueño literario y sus convulsiones.
Gracias a las entrevistas de Jorge Luis Herrera se confirma que el escritor funda diversas patrias donde sus jerarcas son los literatos de su devoción, y los personajes de novelas o relatos resultan los ministros de su inquietud y deslumbramiento. Por estas reflexiones sabemos que los escritores crean un mundo paralelo a su cotidianidad, un mundo de dolor y fantasía, o de ilusión y de abandono. Un mundo de palabras alimentado por los demonios de la biblioteca o los ángeles de las páginas en blanco.
Así, la literatura se convierte en una obsesión y una reflexión perdurable, una alegoría y una razón de ser, para comprobar esta afirmación basta atender las palabras de Sergio Pitol: “Es muy probable que sin la literatura me hubiera muerto, consumido. Vivía dentro de la realidad de los libros que leía; como yo era un niño, creía que las historias de Verne eran reales. Cuando mi abuela recibía visitas en nuestra casa…, y escuchaba su conversación, las cosas que platicaba me parecían nulas e intrascendentes comparadas con las experiencias de las que me proveía la literatura”. Tal es la fascinación de los libros, los personajes, los cuentos que conmueven y alegran nuestros días.
En un taller de creación poética coordinado por Antonio Deltoro hace algunos años, el poeta comentaba que, aunque era claro que la poesía no se “explica”, él tenía curiosidad de conocer el origen de los poemas, las circunstancias en las que fueron escritos; algo similar me ocurre al leer estas entrevistas porque me permite saber qué pensaba Angelina Muñiz- Huberman de sus ambientes y sus protagonistas, cómo veía Orso Arreola el encantamiento de su padre, o qué inquietudes aguardaban a Juan Villoro para cimentar sus novelas; incluso, qué fascinación tenían los escritores, qué zozobras, ilusiones o temores. Me conmueve la íntima declaración de principios de Amparo Dávila: “Me llamaban la atención los libros grandes, de cantos dorados, pastas bonitas y colores atractivos… así cayó en mis manos una edición de la Divina Comedia con ilustraciones de Gustave Doré. Cuando la empecé a hojear me espantaron mucho los demonios con sus tridentes. Tenía yo menos de cinco años. Como estaba enferma casi no me mandaban a la escuela del pueblo —era a la que asistían los hijos de los mineros—, aunque ya conocía las letras, por lo que las juntaba, formaba palabras y me horrorizaba poco a poco… así llegué a los círculos infernales”.
Cada escritor es una casa de nervios, una imaginación individual que se consume en sus propios deseos y develamientos, a cada uno lo mueve una fuerza artística concreta pero endemoniadamente subjetiva; dice Cristina Rivera Garza: “No escribo para contar historias, ni para comunicarme ni para convencer a mis lectores de que lo que digo es lo correcto… Escribir no es cuestión de pasar un mensaje ni de aclarar asuntos. La escritura, en todo caso, es un proceso de producción de lo real”. Y esta convicción lleva a los escritores a decir una verdad improbable y mágica, los acerca al límite y a su vez al encuentro con la palabra tan buscada. Y es posible saber de este hallazgo gracias a las entrevistas de Voces en espiral, pues en cada afirmación, en cada duda y cuestionamiento, el escritor, tan voraz e indefenso, deja ver desde la ventana literaria, su gesto asustado o indolente.
Jorge Luis Herrera, Voces en espiral. Entrevistas con escritores mexicanos contemporáneos. Universidad Veracruzana (Colección Cuadernos), Xalapa, Veracruz, México, 2010.
