Dionicio Morales
En estos tiempos, o quizá desde siempre, no se ha podido apreciar en México como debiera la obra pictórica de los artistas latinoamericanos, y la de los mexicanos en otros países, por una serie de circunstancias que nos sería largo y difícil de enumerar, y más de especular o de averiguar. Pero a veces tenemos por estas tierras la presencia de alguno de ellos, como en esta ocasión, la obra de Alfredo Alcalde, de Perú —a veces nos visita Fernando de Szyszlo—. Nacido en Chimbote, Perú, en 1961 —está cumpliendo el medio siglo—, Alcalde, en plena madurez creadora, trae a nuestro país, a través de la Fundación Sebastian, A.C., muestras de algunas de sus series realizadas en los últimos cinco años.
Pintor para el que la figura humana —y muchas de las cosas que se derivan de su naturaleza toda— se ha convertido desde hace algunos años, como en un buen número de los artistas contemporáneos de varias latitudes, en el leit motiv de su propuesta pictórica, con un sello personal, contemporáneo, claro, sin dejar atrás ciertos rumores de los diálogos sostenidos con algunos de los grandes maestros de la pintura universal, como Van Gogh —marca indeleble en el impresionismo—, y Goya; así como el genio del siglo xx: Picasso. Y en algunas de sus obras creo descubrir algo del espíritu, de las composiciones, de los colores de Manuel Rodríguez Lozano, y uno que otro conocimiento interior de la Escuela Mexicana de Pintura.
Estas “acotaciones intertextuales” acerca del artista peruano Alfredo Alcalde, hay que tomarlas como ciertas visiones básicas para el desarrollo de una propuesta personal que a través de su pintura deja de lado los destellos primeros para descubrir o reinventar un mundo con otras realidades o con otros ensueños. Esto es, me parece, lo trascendente de una obra que no se queda en las márgenes de los discursos ajenos, sino que a partir de ellos, aunque sea muy tangencial el aporte para el pintor, éste impone su muy humana concepción —muy a lo César Vallejo si se quiere, su ilustre paisano— para perpetrar sus propias visiones con sus raigambres terrenales para mostrarlas al mundo. También hay que decir que el señalamiento de la figura humana como su razón de ser en su trabajo no quiere decir que no haya tratado con fortuna el paisaje y la abstracción, por ejemplo.
Tanto los hombres como las mujeres, en una parte importante de su pintura, acusan un develado espíritu ancestralmente triste. Si no supiéramos que el autor de estas obras es peruano, nos quedaríamos con la idea de que ellos arrastran el dolor y cierta amargura de siglos, lo que equivaldría a pensar de siempre, de una raza que a pesar de los adelantos que nos han llevado a lo que hoy conocemos como “civilización”, son unos marginados, a veces hasta de ellos mismos, como sucede en los países de nuestra América. Pero como sabemos que el pintor es peruano, creemos ver en sus personajes no a los protagonistas de Lima la horrible, la famosa novela de los sesenta de Sebastián Salazar Bondy, sino a los habitantes de las zonas rurales, de las más empobrecidas, de los marginados, de los olvidados hasta de Dios.
¿Cómo se reflejan, quizás, estas características personales en los cuadros de Alfredo Alcalde? En primer lugar un poco por el aspecto físico de los hombres y de las mujeres que pueblan los cuadros —no olvidemos que por saber su origen nuestra visión se mueve ya alrededor de esta verdad—, y por los colores utilizados en cada una de las obras con sus sabias gradaciones que nos confrontan con un universo equis enmarcado en paisajes planos, dolorosos, quizás áridos, que pueden parecernos paisajes humanos, sí, pero más que nada por el desastre que ocultan, esconden o guardan.
Otra parte de la pintura de Alfredo Alcalde nace de su gusto profesional —eso quiero creer yo— por exponer ciertos alcances cognoscitivos acerca de la muerte, lo que nos habla al mismo tiempo acerca de la vida. Autor de una exposición anterior titulada Eros y Tánatos, en algunas de las obras que hoy expone arrastra el denodado esplendor de la muerte en figuras en cuyo rostro las imágenes hablan por sí solas. Los rostros vienen siendo unas máscaras de carne y hueso donde el irremediable quebranto de los sentidos muestra la fealdad intrínseca del alma aglutinada en el horror por la ausencia o la pérdida de algo o de muchas cosas.
A veces el pintor suaviza la composición del cuadro y además de Tánatos redivivo en su paleta —que es extraordinaria, hay que decirlo—, nos llama la atención sobre ciertos elementos de composición, terrestres y vivos, contrarrestando los desequilibrios de la muerte, con una flor amarilla y un perro; o un hombre pensativo, alejado de todo lo que no sea su proyección interior, entre amarillos ocres singulares y una flor roja; o en el abrazo desolado de una pareja, sin remedio de lo sucedido —por la expresión de la mujer—, y la flor reluciente en las manos de ella que, pese a todo, es un pequeño canto a la esperanza, dejados al azar en un lugar impensado, pero con un sentido más allá del realismo o un expresionismo invocado.
En la pintura de Alfredo Alcalde también nos llama la atención, y no es para menos, la corpulencia de la mayoría de las figuras trabajadas como para resaltar su presencia física —que al mismo tiempo agrava su condición, cualquiera que ésta sea—, como para que la mirada del espectador se detenga un poco más de lo normal en su discurso pictórico impregnado de palabras silenciosas y de silencios murmurantes que gritan o susurran, de acuerdo a la expectativa de cada quien, su verdadera esencia, con un fondo casi desolador que, a propósito, acrecienta el espíritu original de la obra.
En contrapunto, Alfredo Alcalde recurre, en varias de las obras, a maquillar el rostro de sus personajes para darnos la impresión de que pueden vivir una vida que no es la suya, pero que por momentos los aleja de la vida rutinaria que más que gozar la padecen. O quizá sea, en el concepto pictórico de su autor, el comienzo de la degradación humana, física y espiritual, que los llevará hacia una muerte, más pronto que tarde, irremediable. Algunas de estas obras son visiones picassianas, hay que decirlo, a veces hasta en el colorido, pero con un estricto sentido de la propuesta siempre personal del pintor, que no olvida la tierra, el dolor, la humanidad, los hombres, las mujeres, el desencanto y la esperanza de su región —o de cualquier región. O puede ser una configuración de ciertas festividades sincréticas a las que estamos acostumbrados aquí en nuestra América en las que la vida y la muerte cantan al mismo tiempo un secreto y antiguo esplendor.

