Larga historia de dignidad y entrega

Manuel Espino

 

“Sé que la historia habrá de juzgarlos y recordarlos como lo que son: héroes, héroes que en un momento de desafío mayor se atrevieron a dar el paso al frente”, afirmó el presidente Felipe Calderón al referirse a los militares mexicanos durante una ceremonia oficial celebrada esta semana en el agobiado estado de Tamaulipas.

No podríamos estar más de acuerdo con este discurso presidencial. Es evidente que las fuerzas armadas han actuado con una bravura que es reconocida y agradecida a cabalidad por todos los mexicanos de bien.

De hecho, es tal el aprecio de la sociedad por las mujeres y los hombres del Ejército que éste, en sí mismo, se ha erigido como un símbolo de unidad entre mexicanos.

Al margen de visiones políticas, la mayoría de quienes habitamos este país coincidimos en que si un integrante del Estado se ha distinguido por su valentía y su amor al pueblo en este sexenio, es aquél que porta el uniforme de la patria.

Ante unos miembros de la llamada clase política que no acaban de comprender la valía de mantener un frente sólido contra la delincuencia —con unidad que se eleve por encima de líneas partidistas—, más valioso aún resulta tener una institución tan firme.

Lealtad bajo fuego

Debemos puntualizar, además, que esta lealtad se ha mantenido a pesar de no contar precisamente con un ambiente de placidez política y social, sino todo lo contrario.

El sexenio calderonista ha impuesto severas tormentas a los castrenses. Hasta quienes invariablemente hemos designado a los militares como un digno pilar del Estado, hoy nos vemos obligados a reconocer que hay múltiples cuestionamientos a su labor.

Es preocupante, por ejemplo, que seis de cada diez personas que recientemente fueron encuestadas dijera percibir que se ha incurrido en violaciones a los derechos humanos. Asimismo, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y organismos internacionales han hecho válidos señalamientos, que deben ser atendidos.

No obstante, ocho de cada diez mexicanos siguen apoyando la presencia del Ejército en la guerra contra la delincuencia organizada. Este hecho, que podría parecer contradictorio, seguramente se debe a la larga historia de dignidad y entrega que distingue a nuestros militares de los de cualquier otro país.

A pesar de que se les ha puesto en una situación difícil, nunca han dejado de seguir órdenes del poder político. Su lealtad al pueblo se expresa en la obediencia a los líderes civiles que ocupan la pirámide institucional del Estado.

No ha sido bajo el precio de acatar órdenes, pero los militares lo han pagado. Si hoy padecen las más fuertes críticas de su digna historia, es por su apego a una línea de comando.

Por todo ello, resulta acertado que el Presidente señale que nuestros militares son héroes, pero no basta con discursos. Hay que asumir también que resulta indispensable que todos los mexicanos, todos, sigamos su ejemplo de apego a la ley y de subordinación de los intereses personales al bien superior de trabajar con unidad y generosidad por la patria.

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