Así inició su gira de los adioses
… y esa ocurrencia se había hecho destino,
se había hecho fatalidad inexorable
Demian/Herman Hesse
José Alfonso Suárez del Real y Aguilera
Reacio a la inexorable llegada del lapso de su desgobierno, Felipe Calderón Hinojosa pretende fortalecerse ante el imaginario colectivo utilizando todo tipo de estratagemas para contrarrestar los reclamos y acusaciones de una sociedad indignada ante sus profundos y letales desaciertos.
En su afán por autonombrarse salvador de la Patria no ha expresado el más mínimo reparo por manipular pasajes bíblicos, como lo hizo el 1 de diciembre, al afirmar que ha enfrentado “las siete plagas”, en clara referencia a las desgracias que Jehová lanzó en contra de los egipcios ante la negativa del faraón a liberarlos, descritas en el Éxodo.
Con tal invocación el michoacano trató de comparar la aciaga situación que merced a su empecinamiento y cerrazón —actitudes que comparte con el bíblico faraón— se han abatido sobre Mexico y su pueblo durante su apocalíptica gestión.
Días más tarde, el domingo 4, eligiendo para ello el Campo Marte como escenario de un pletórico encuentro con sus afines y leales, Felipe Calderón además de refrendar su autoritarismo ante sus críticos, a quienes acusó de errados, mezquinos, viperinos y demás linduras embozadas en un discurso bélico, tan acorde a sus deformaciones dictatoriales, dio rienda suelta al autoelogio presentándose como el rebelde ante la fatalidad, el sembrador de la democracia, y entre líneas se autodefinió como el gran incomprendido y vilipendiado por la ingratitud a quienes su ceguera les impide ver su sacrificio, entrega y altura.
Con dicho evento, oficialmente el michoacano inició la gira de los adioses, proceso que piensa disfrutar “a lo grande” —lo que pone los pelos de punta a cualquiera, dada su proclividad a la violencia y a la sangre— y por ello aprovechó una vez más los reflectores para dar cauce a su furia en contra de quienes han tenido la convicción y el valor de denunciarlo —junto a varios de sus subalternos y a capos como El Chapo Guzmán Loera y otros delincuentes de esa calaña— como presunto responsable de la crisis humanitaria en la que ha sumido al país bajo la infamante bandera de la guerra contra el crimen organizado y la ilegal y violenta respuesta que los criminales han desplegado en contra de tan irresponsable decisión gubernamental.
Acreditando una vez más su mezquindad, su doble discurso y sus perversos cálculos políticos, Felipe Calderón, como ave de mal agüero que se regodea en la desgracia de los otros, como agorero del desastre, vaticinó la presencia de los cárteles en el proceso electoral de 2012.
Su aviesa declaración da pauta a suponer que sus adversarios políticos están coludidos con el crimen organizado al que dice combatir, y en su retorcimiento asume la responsabilidad que implica el impacto que dichas figuraciones generan, pues aprovechando su investidura está alertando al mundo sobre la posible claudicación del Estado mexicano ante las fuerzas del crimen, y tal supuesto da pauta a las inquietudes internacionales reiteradamente expresadas en los más diversos círculos y ámbitos políticos del mundo.
Los aciagos y siniestros pronósticos de Calderón tienden a fortalecer la exigencia mayoritaria del Partido Republicano, de sus congresistas, y de ciertos sectores demócratas de Estados Unidos para calificar a su vecino del sur de Estado fallido, y con base en ello aplicar sus protocolos de protección interior y los convenios impulsados por ellos desde la Organización de las Naciones Unidas, para tomar cartas en el asunto mexicano a fin de salvaguardar su seguridad doméstica bajo la figura de intervención humanitaria a favor de la democracia mexicana.
Ante esa posibilidad es menester que la sociedad mexicana actúe en defensa de su soberanía y su democracia a fin de disipar e impedir que las ocurrencias de Felipe Calderón se hagan destino, y éstas, fatalidad inexorable como puso en voz de Demian el extraordinario escritor alemán Herman Hesse, para aconsejar al joven Sinclair.
