Primer error de sus asesores
René Avilés Fabila
Hace una semana, Enrique Peña Nieto recibió constancia de su candidatura presidencial por el PRI. Allí, rodeado de sus más cercanos colaboradores y de la cúpula priísta, pronunció un discurso interesante aunque tardío.
No cabe duda, hay mucho que aprender. No es lo mismo gobernar un estado de una inmensa república que a ésta en su conjunto. Le falta un largo y sinuoso camino, como dirían los Beatles, para llegar a Los Pinos. Ya sabe que una nimiedad pondrá en riesgo su certeza de triunfo, sobre todo si no se tiene el nivel requerido y los asesores indispensables.
¿Quién le hubiera dicho que una pregunta boba lo expondría a una multitud de críticas excesivas, torpes o perversas, pero muchas justas? Un ciudadano, por simple o complejo que sea, espera una reacción audaz, inteligente, culta o salvadora. No la hubo. Los resultados están a la vista.
La reacción de sus adversarios, algunos llenos de odio, no se hizo esperar y ahora cada vez que Peña Nieto se enfrenta a los medios aparece una pregunta idiota, esperando una nueva pifia que permita la inmortalidad periodística y la derrota de un candidato que parecía ideal. Es injusto, pero así funcionan las cosas en política.
Una vez que disminuyó la tormenta de simplezas, Peña Nieto mostró su grupo de cercanos colaboradores. Para muchos fue decepcionante: una reunión de familiares y amigos cuando uno esperaba un equipo formidable. De entrada, sus protectores cometen un error: darle mayores cuidados para evitar agresiones o errores. Meter al candidato más sólido en un capelo. La tesis del bajo perfil es buena para Felipe Calderón, no para el puntero de una campaña presidencial.
Ahora sabemos que Peña Nieto tiene talones de Aquiles, pero en la propia crítica que le hizo Carlos Fuentes está la solución: no es un maestro de literatura sino un político, entonces así debe actuar. Las tablas faltaron y por lo visto seguirán faltando si va a estar lejos de las multitudes que buscan elegir al mejor de todos los candidatos.
Sus rivales, Andrés Manuel López Obrador y Josefina Vázquez Mota, para no citar innecesariamente, buscan ese contacto, lo anhelan. Peña Nieto tiene que meterse en medio de la gente y quitarse los lastres de las universidades privadas, no ver a quienes quiere gobernar como “prole”, ser, llegado el caso, uno más con las diferencias del caso: es él quien quiere gobernarnos.
Citó Peña a Luis Donaldo Colosio en la ceremonia del PRI, pues entonces deberá recordar que era un hombre que no sólo era amigo de montones de escritores e intelectuales con quienes solía hacer tertulia, sino que sabía de memoria poemas de Sabines. Es decir, no importa que desdeñe las letras, debe saber que éstas tienen una enorme importancia en la vida de cualquier país, en especial en México, donde tantos escritores, comenzando por el Estado de México, han trabajado en política. Hablo de Isidro Fabela. Pero allí están Justo Sierra, José Vasconcelos, Jaime Torres Bodet o Agustín Yáñez. Desde que Peña Nieto llegó a gobernar su estado, puso algún empeño en la parte cultural, pero fue algo así como para emplear amigos y familiares.
Al menos yo, espero con interés el momento en que nos hable de cultura dentro de su proyecto de nación. O quizá prefiera seguir siendo el blanco de sus críticos, quienes apoyan a verdaderos analfabetos políticos. Lo que cuenta es que sepa cómo gobernar exitosamente y no que nos endilgue una sesión literaria. Colosio sabía de las debilidades del país y del talento de sus principales literatos.
Lo que Peña Nieto necesita es más soltura y menos formalidad, más lecturas y menos oratoria, asesores letrados y no amigos jurásicos. Lo demás él puede hacerlo, ya tiene la experiencia exitosa del Estado de México.
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