En una nación enferma

Humberto Musacchio

El lunes 12 de diciembre, en Chilpancingo, criminales con placa policiaca asesinaron a dos muchachos de la Escuela Normal de Ayotzinapa, quienes participaban en un plantón que había ocasionado el bloqueo de la carretera México-Acapulco.

Dos meses antes, el gobernador de Guerrero, Angel Eladio Aguirre, había visitado esa escuela donde estudiaron el líder magisterial Othón Salazar y los guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas. En una reunión con los alumnos, el mandatario estatal respondió afirmativamente a sus demandas, pero el tiempo pasó sin que se concretara lo prometido.

Los jóvenes que asisten a la Normal de Ayotzinapa son de origen campesino. En un estado ensombrecido por el analfabetismo, por más de cuarenta años los estudiantes de ese plantel han enfrentado con firmeza los repetidos intentos de cerrar la escuela con el argumento de que ya no se requieren más maestros, aunque en realidad se busca acabar con lo que las autoridades han considerado desde siempre un foco de agitación.

Lo cierto es que los muchachos de la Normal Rural de Ayotzinapa llegan de un medio rural adverso, con altos índices de morbilidad y mortalidad, especialmente infantil. Son sobrevivientes de la miseria que desde siempre se ha enseñoreado en el campo guerrerense. Son, por lo mismo, seres humanos directos, templados en el combate a la adversidad, dispuestos a ganarse un lugar en este mundo.

Ante el incumplimiento de las promesas, los jóvenes se trasladaron a Chilpancingo y ahí pidieron una y otra vez que los recibiera el gobernador y se diera solución real a sus demandas. La actitud oficial fue de absoluta cerrazón, el Ejecutivo estatal se negó a entrevistarse con ellos y los muchachos interpretaron todo aquello como una burla, una más en la larguísima historia de abusos, prepotencia y promesas incumplidas que han tenido que soportar los normalistas ayotzinapenses.

Cerradas todas las puertas, la chamacada recurrió al bloqueo de la carretera. Para eso el gobernador sí tuvo respuesta: mandó a sus genízaros y entre ellos a un grupo de élite que disparó contra los jóvenes, como consta en todos los videos. El general Ramón Miguel Arreola, quien iba al mando del grupo de hampones con placa, después de la matanza declaró ufano: “A mí el gobernador me ordenó que limpiara la carretera y la carretera está limpia”. De modo que el gobernador ordenó “limpiar” la carretera y el general interpretó la orden como asesinar a jóvenes inermes. Y nada más.

Un país donde es tan fácil matar a los jóvenes es un país enfermo. México parece estar agónico.